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La Trata islámica del África Oriental

La Trata islámica del África Oriental

diciembre 26
18:05 2012

TombouctouDesde el siglo XI la costa africana que besan las aguas del Océano Índico y el Mar Rojo fue el principal punto de salida del continente de las rutas de esclavos organizadas por los dominios musulmanes con destino al Medio Oriente, Arabia y el resto de Asia. Sólo por mencionar las caravanas de africanos capturados en los actuales territorios de Ruanda, Kenya, Tanzania, Etiopía y Eritrea, estas partidas conducían hasta veinte mil cautivos, de los cuales muchas veces llegaban vivos a su destino menos de la mitad. Sus cifras de bajas fueron muy superiores a los escalofriantes resultados de las travesías de la Trata europea en ruta hacia las Américas, provocados por la fatiga, los malos tratos, el hambre y las enfermedades.

Cargados con personas en cautiverio destinadas a la servidumbre y a los harenes de la Arabia Feliz, el Califato de Bagdad, las cortes persas y los reinos musulmanes de la India e Indonesia, durante un milenio las caravanas del Sahara y los daos negreros árabes que partían de los puertos del reino musulmán de Zanzíbar trazaron ruta con el rastro de las osamentas de sus víctimas. Aun hoy muchas regiones del este de África permanecen poco pobladas como resultado de esa rebatiña. Al sumarse al despojo los navíos y comerciantes de esclavos europeos (portugueses, daneses, holandeses) en el Índico, aumentaron a niveles increíbles el comercio de esclavos, aunque no sólo con los nativos de África, como veremos más adelante.

El mundo del Islam para los esclavos blancos

Como consecuencia directa de la expansión norafricana y en sucesivas olas invasoras, las taifas árabes y bereberes concluyeron su marcha hacia occidente conquistando buena parte de la península ibérica en el siglo X, creando allí un poderoso destino de venta para los esclavos europeos de origen eslavo.

Eran capturados en las ciudades, estepas y bosques de Rusia y las montañas del Cáucaso, primero por las salvajes incursiones de la Horda de Oro, y después por los guerreros cazadores de esclavos del Khanato Tártaro de Crimea. Al igual que sus sufridos congéneres africanos, en un principio los eslavos  fueron conducidos por miles a las cortes y serrallos de Al-Andaluz, el dominio musulmán que dominaba la península ibérica, transportados en barcos de los mercaderes daneses que dominaban ese negocio de carne humana en los ríos Volga y Dnieper y arreados por los tratantes judíos. Más otros millones acabaron sus vidas desperdigados en servidumbre por todas las inmensidades de Asia.

Como adicional demostración de que los circuitos del mundo del comercio de esclavos islámicos eran muy extensos, en pleno siglo XV el incansable viajero árabe Ibn Batutta reportaba haber visto un mercado de esclavas europeas en lo profundo del África ecuatorial, en la ciudad de Tombouctou, del extenso reino de los Almorávides.

Mas no sólo los europeos orientales sufrían tal asolo. Las rampantes incursiones islámicas en el corazón de la Europa Occidental llegaron a extremos impredecibles. Las crónicas reportan que en el año 846 las hordas árabes saquearon la ciudad de Roma, y que en 911 el obispo de la ciudad francesa de Narbona no pudo retornar desde la Ciudad Santa a su grey porque infieles musulmanes controlaban todos los pasos en los Alpes.

La pujanza del Islam pareció imparable en Occidente. Desde la época de las Cruzadas, primero bajo la égida de los árabes y más tarde de los otomanos, el Islam facilitó la creación de virreinatos artificiales en Argel, Trípoli, Túnez, Salé y otros puertos del norte del continente africano. Estos serían los puntos de partida de las correrías dedicadas a la piratería, el saqueo y la captura de europeos. Como primera fase, los numerosos bajeles berberiscos se empeñaron a fondo en asolar las costas mediterráneas, devastándolas desde Venecia hasta Málaga. Así saquearon todo, desde villorrios como Almuñecar en España hasta ciudades como Lipari en Italia. En todas las tropelías capturaban al más buscado botín, sus habitantes. Los continuados ataques dejaron desiertos de pobladores todos esos litorales hasta bien entrado el siglo XIX, como se puede comprobar en algunas muestras de pintura paisajística inglesa en la España de principios del siglo XIX, con desoladas imágenes de las costas peninsulares.

Mas los asaltos no se limitaron al territorio circundante del viejo Mare Nostrum romano. En el siglo XVII el Atlántico fue el escenario de saqueos semejantes en pequeñas y grandes poblaciones y capturas de prisioneros por miles para venderlos como esclavos. Las incursiones arrasaron desde el Peñón de Gibraltar hasta el gélido Norte, y fueron sus víctimas los súbditos de los reinos portugueses, franceses, holandeses e ingleses, afectando también el comercio y el crecimiento económico de esas regiones. Como botón de muestra, entre 1609 y 1616 los comerciantes británicos perdieron más de cuatrocientos buques mercantes y todas sus tripulaciones… ¡en el estrecho espacio de mar que fluye entre Irlanda y Gran Bretaña! Así, a partir de los rampantes ataques a la villa de Baltimore en Irlanda, en 1631, y a Reikjavik en Islandia en 1627, siendo arramblados todos sus habitantes y vendidos en el gigantesco mercado de esclavos del norte africano, nadie que viviera cerca del mar estaba a salvo en Europa. En su “Historia de la piratería”, el historiador Phillip Gosse cita a un testigo contemporáneo, el padre Dau, que afirmaba que en 1634, y solamente en Argel, había 25,000 esclavos cristianos y 8,000 más convertidos al islamismo.

Mas para entonces otros grupos étnicos de Europa Oriental también sufrían la misma suerte. Con la máxima expansión lograda por el Imperio Otomano en el siglo XVI, los actuales territorios europeos de Grecia, Albania, Bulgaria, Rumania,  Hungría y Polonia, forzados por las tropas invasoras turcas, fueron ordeñados de millones de sus pobladores, los que concluyeron lanzados a las mismas milenarias rutas de Asia que los conducían, junto a sus contemporáneos africanos, a una segura servidumbre de por vida.

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