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La trova de Santiago Feliú

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La trova de Santiago Feliú

La trova de Santiago Feliú
febrero 12
18:11 2014

Cuando escucho Konchalovsky hace rato que no monta en Lada, tengo la impresión de asistir a un ajuste de cuentas del autor con el tiempo que le ha tocado en suerte. Sólo que enseguida se hace uno la inevitable pregunta: ¿con quién está realmente Frank Delgado, con los indios o con los cowboys? En un fragmento de la pieza el trovador dice: “Alguien a mí me preguntó si había leído El capital / sí, pero a mí no me gustó / pues la heroína muere al final / en fin que no me gusta tanta economía novelada que escribió el tal Carlos Marx”. Más adelante, sin embargo, rectifica: “Hoy que sólo del vodka queda la resaca / yo me niego, amor mío, a cambiarme la casaca”. Y agrega: “Y mientras Fukuyama repite iracundo / que estamos ante el fin de la historia del mundo / mi amigo Benedetti abre el tomo segundo”.

En 1999 o 1998, no recuerdo exactamente, en concierto celebrado en el Teatro Nacional de Cuba, un apocalíptico Santiago Feliú confesó —literalmente— su adhesión al color rojo (“¡soy un rojo!”, gritó varias veces al público). En una época en que el propio Fidel Castro admitía que la lucha armada había pasado de moda, el trovador se dio el lujo de regalar a los asistentes un pormenorizado recuento de su visita a la guerrilla marxista colombiana, de su vocación “alpinista” (compartió con los narcoguerrilleros en su clásico hábitat, la montaña), comunista o como se le quiera llamar. Luego se disculpó por el texto de una canción aparentemente anti-sistema (cubano) que, según dijo, le parecía un pecado de adolescencia. El espectáculo ya alcanzaba tintes grotescos cuando Feliú pegó otra vuelta de tuerca: anunció su retiro de la escena por tiempo indefinido; razones ajenas a su voluntad, balbuceó en tono lloroso, le obligaban a tomar esa decisión.

El caso de Santiago Feliú y su laborioso hara-kiri público no debiera sorprendernos —aunque a veces pueda pasar inadvertido, el eco de muchas otras formas de suicidio cultural continúa estremeciendo nuestras bien entrenadas orejas—. Lástima que sus seguidores, cogidos entre la espada y la pared, no sepan si hacer como que no lo escuchan o escuchar lo que en realidad no dice.

Una versión original de este artículo apareció en Encuentro en la Red a principios de 2001. El link a esa web aparece al final de este texto.

Otro ejemplo bien distinto es el de Carlos Varela. Si Santiago ha mantenido una línea ambigua, cuidándose siempre las espaldas, Varela, al menos usualmente, ha ido mucho más allá. Temas como Guillermo Tell, El leñador, Como los peces o La política no cabe en la azucarera, cuyas referencias y alusiones no dejan lugar a dudas, lo han llevado a liderar la avanzada de la última generación de trovadores del patio. Cualquiera de sus conciertos reunía —probablemente reúne aún— a una multitud entusiasta, inquietante, gente que veía en él a una suerte de vocero de las múltiples disidencias que en la actualidad remolcan la sociedad cubana, que lo imaginaba una especie de neo-revolucionario. Pero recientemente, en entrevista televisada, Varela les dejó un amargo sabor de boca. Y cuando se le preguntó acerca de sus espinosos textos dijo que la gente ve fantasmas donde no los hay, y que bueno, a fin de cuentas, también Silvio Rodríguez fue mal interpretado en su época. Vivir para ver.

En ocasiones me he preguntado si esta serpiente de dos cabezas no es más que la máscara de la de una sola. Se podrá argüir que estos hombres, estos soldados de guitarra y filarmónica, son la vanguardia de una generación desarmada, desideologizada; que no se les puede pedir el suicidio político (léase también cultural y material en un sistema confiscatorio como el cubano); que su verdadera función es la de ir socavando, poquito a poco, y como quien no quiere la cosa, las bases estructurales y sociales del aparato de la censura —y de la autocensura— en Cuba.

Y sin embargo, teorías como estas no resultan demasiado convincentes, al menos no en todos los casos. El movimiento de la Nueva Trova en la Isla es y ha sido siempre —salvo muy contadas excepciones— elitista, y como ha dicho Carlos Ball, basándose en la conocida tesis de Robert Nozick, “la generalizada animosidad de los intelectuales hacia el capitalismo se basa en un profundo resentimiento, al creer que el mercado no premia el verdadero valor de las personas sino más bien a aquellos que satisfacen los gustos y deseos del populacho”. Aquí, como para dorar la píldora, se podría añadir que el verdadero mercado de la última generación de trovadores cubanos (a la que clásicos como Silvio y Pablo le han mostrado el camino del enriquecimiento “ilícito”) está en la Isla: mercado y plaza pública donde airear la quincallería comprada en el más allá, en las “salvajes” y “decadentes” sociedades de consumo; donde recoger en bandeja los guiños de las nativas sin pasaporte ni creyón de labios. Un mercado definitivamente tentador.

Cuando en cualquier entrevista o en los propios textos de sus canciones oigo repetir a Carlos Varela, a Frank Delgado, a Santiago Feliú, que a pesar de todo no abandonan la Isla, que mientras la mayoría lo hace ellos se mantienen firmes, no puedo evitar una sonrisa. Y me viene a la mente la conocida frase de Kafka: “el heroísmo de los que se quedan (aquí debiera agregar, de los que alardean constantemente de ello) es el de la cucarachas, que tampoco pueden ser extirpadas del cuarto de baño”.

Todos los días aparecen indicios de que el castrismo no es una construcción de Fidel Castro, sino de los cubanos (herederos de la hipocresía y la autocensura hispanas). Este, con la unánime distorsión de la realidad en torno al falso disidente Santiago Feliú, es uno de ellos.

http://arch.cubaencuentro.com/lamirada/2001/02/26/1302/1.html

Sobre el autor

Armando Añel

Armando Añel

Armando Añel (La Habana, 1966). Ghost Writer, fue periodista independiente en Cuba. En 1999 recibió el Primer Premio de Ensayo de la fundación alemana Friedrich Naumann. Ha sido columnista de periódicos como Tiempos del Mundo, Libertad Digital y Diario las Américas, y editor de revistas como Perfiles, Encuentro de la Cultura Cubana, Islas y, actualmente, Herencia Cultural Cubana. Ha publicado las novelas "Apocalipsis: La resurrección" y "Erótica", la compilación de relatos "Cuentos de camino", los poemarios "Juegos de rol" y "La pausa que refresca" y las biografías "Instituto Edison: Escuela de vida" y "Jerónimo Esteve Abril, apuntes y testimonios", entre otros. Vive en Miami.

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