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La última conquista de los generales

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La última conquista de los generales

La última conquista de los generales
Marzo 15
01:28 2017

 

Finalmente ocurrió lo que se esperaba desde hace años: las autoridades del régimen han resuelto acabar con el más reconocido y frecuentado mercado de libros de La Habana. Luego de unas dos décadas de exitoso funcionamiento, las tarimas de los libreros independientes de la Plaza de Armas fueron trasladadas hacia un sitio mucho más pequeño, menos céntrico y con espacio cerrado, mediante una operación que exhibe toda la pinta de anulación disfrazada.

Nunca los libreros de la Plaza de Armas se sintieron seguros. Como los exponentes de cualquier otra de las iniciativas particulares que se han desarrollado en Cuba durante los últimos tiempos, ellos pasaron cada día de su vida esperando recibir la orden de desalojo. Lo curioso no es que al fin les llegara, sino que suceda en un momento en que ya ese mercado no constituía el “peligro” político ni la competencia comercial que representó para el régimen en sus inicios.

Bajo el acecho oficial, y apremiados por la conveniencia de hacer más productivos sus negocios, centrándolo en los intereses del mercado turístico, los libreros de la Plaza de Armas fueron renunciando a la variedad y calidad del surtido que llegó a caracterizar sus tarimas en los años 90 y aun en los inicios del siglo XXI. Esta insana deriva terminaría convirtiéndolos en un instrumento más del poder político, pues al día de hoy no era ya posible comprar en aquel mercado sino textos relacionados con la revolución cubana, sus líderes y sus presuntas conquistas sociales, más otros sobre personajes y hechos de la izquierda internacional, y en el mejor de los casos, libros sobre la santería cubana.

Lejos iban quedando ya los días en que esos libreros conformaron el más peculiar y mejor surtido mercado cubano de libros de uso, y de libros en general.

A través de sus tarimas atestadas (unas 30 en total), habría sido fácil componer un catálogo con los temas y autores que demandaban los habaneros, pues entonces concurrían allí más lectores nacionales que turistas del exterior. Entre esos temas, por cierto, también alineaban los referidos a la religión afrocubana, pero por la sencilla razón de que aquel fue el primer sitio donde pudimos adquirir muchos libros sobre el asunto que no habían sido publicados en Cuba, o que se publicaron en tiradas restringidas, y cuyos ejemplares, o bien no llegaron a las librerías, o se habían agotado desde hacía años. Sobran los ejemplos, sobre todo en casos de autores tan notables como Lidia Cabrera o Fernando Ortiz.

Junto a los ejemplares de este tipo, fueron también novedad para el lector habanero muchas novelas, libros de relatos o de poesía, tanto de escritores extranjeros censurados en la Isla, como incluso de los llamados malditos, o sea, cubanos que se habían ido a vivir en el exterior, fuera o no por motivos políticos, por lo que la impresión y venta de sus libros estaba prohibida por el régimen.

¿Ignoraba Eusebio Leal, entonces virrey absoluto de La Habana Vieja, la existencia de esta línea de mercado underground que de algún modo echó por tierra la veda tan rigurosa y largamente impuesta por el régimen? Es imposible creerlo. Tan imposible como pensar que fuera de su total agrado. Pero el hecho es que lo permitió durante un tiempo y que parece haber tenido suficientes razones para hacerlo. La primera y primordial, el incremento del turismo extranjero, muy especialmente de progres e izquierdosos europeos, ante los cuales era preciso vender una imagen de apertura política que suponía el abandono de viejas posiciones de intolerancia y un nuevo avance hacia la modernidad.

Si los libros de escritores “malditos” se vendían como pan caliente en el más preponderante y concurrido mercado de viejos de La Habana, ¿cómo sería posible convencer al extranjero de que sus autores engrosaban la lista negra del régimen? Pocos lugares habrían sido más ideales para proyectar hacia el exterior, en vivo y en directo, la “nueva política” de fingida apertura y democratización que desarrollaban en los 90 las instituciones culturales de la oficialidad.

Por lo demás, su costo ideológico iba a ser más bien menudo. La compra de libros en divisas no representaba entonces prioridad para el habanero común, y menos si se consideraban sus precios, bajos para la media internacional pero inalcanzables para los bolsillos de la mayoría de los cubanos. Por más que fueran muchos los que añorasen leer aquellos libros, muchos menos eran los que podían comprarlos. Así que el “peligro” de su venta era menor, sobre todo al compararlo con las ganancias tanto políticas como económicas que obtenía el régimen.

Fue una carta en realidad muy bien jugada por la Oficina del Historiador, la cual, más temprano que tarde comenzaría a presionar a los libreros de la Plaza de Armas para que fueran postergando la venta de libros inconvenientes en favor de un mercado turístico que, encima, les era más beneficioso. Nadie necesitaba venir desde España o Francia o Finlandia a comprar en La Habana una novela de Reinaldo Arenas. Debe haber sido así cómo entre la presión y la conveniencia de los libreros, se iría malogrando la idea inicial de aquel mercado.

Actualmente la librería al aire libre de la Plaza de Armas era ya un sitio sin el menor atractivo para los habaneros. Una de las tantas instalaciones devenidas mediocres emplazamientos para el disfrute del turismo extranjero. Otra arista del tercer (y espero que último) período destructor que impuso a Cuba la dictadura castrista. Primero, la transformó, echando por tierra sus estructuras y valores históricos. Segundo, la condenó al abandono y a la ruina. Tercero, la convierte en un set de película vieja, muy mal coloreada, para presentarla ante el mundo como el ave Fénix que supuestamente está renaciendo de sus cenizas.

Como era de ley, los generales, nuevos señores feudales de La Habana Vieja, completaron la tarea de Eusebio Leal limpiando la Plaza de Armas de competidores que, aunque obedientes y plegados, siguen siendo un estorbo. Téngase en cuenta que se trata de la yema del Casco Histórico, punto de partida para la fundación de La Habana, y bordeada por los jardines de una de sus plazas seculares, la más hermosa, por lo que resulta esencial cruce de camino para el turismo internacional que visita Cuba. Aun cuando no ganaran nada material con el control económico de esta plaza (pero sí ganan), los generales no podrían permitirse que permanezca fuera de su total jurisdicción. Si empiezas a conquistar la ciudad, termina de conquistarla, les dejó advertido Napoleón.

Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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