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Lady Gaga, Taylor Kinney y la sombra de Britney Spears

Lady Gaga, Taylor Kinney y la sombra de Britney Spears

abril 13
03:59 2012

1-0_gaga_taylor_headerLa decepcionante noche en que Lady Gaga abandonó la gala de los Grammys sin siquiera un mísero premio de consuelo, asaltada por la imagen de una Adele atiborrada de reconocimientos, resultaría decisiva. Fue la noche en que decidió casarse con Taylor Kinney. Apenas la víspera Whitney Houston había aparecido muerta en su bañera, muy probablemente ahogada tras mezclar monumentales cantidades de barbitúricos, cocaína y marihuana, y esa vida preñada de excesos ya no la quería para ella. Necesitaba un hombre. Un hombre de verdad. De preferencia un vampiro.

¿Acaso no había vencido la tenaz resistencia de Britney Spears, resistido al pie del cañón el resurgimiento de la rubia de fuego, apartado, como quien desecha una colilla, el vapor absorbente de la Femme Fatale? ¿Qué más podía pedírsele a una carrera acosada por el fenómeno de Blackout? Toda una vendedora de humo la chica. Cierto que la muy Britney se había besado con Madonna, y sin duda Madonna había insistido en perseguir aquellos labios afrutados, ignorando a Gaga con olímpica insistencia. “Pero quien ríe último, ríe mejor”, sonrió. La boda iba a celebrarse por todo lo alto y al diablo si alguna vez Britney Spears se había atrevido a abandonarse en los brazos de Taylor Kinney. Sólo Lady Gaga existía para él. Sólo Lady Gaga podía dormir sola, sin él, inmediatamente después de casarse con él. Sólo Lady Gaga tocaba el piano como los dioses en las noches deliciosas de la capital del mundo.

Su madre, Cynthia Germanotta, se lo había advertido muchas veces (a ella y hasta a Oprah Winfrey): 26 años es la edad perfecta para casarse, y 27 para parir. “Y 28 para divorciarse”, le había contestado Gaga socarronamente, cuando en verdad sospechaba que nunca ninguna unión suya con ningún hombre tendría posibilidades de ir más allá de unas pocas semanas de persecución y sometimiento. Pero, ¿se atrevería Spears a disputarle ahora su novio, cuando ya casi era su marido? ¿Tendría el descaro de arrimársele en una boda a la que, por cierto, la familia pensaba invitar 18.000 comensales, un tercio de ellos italianos o descendientes de italianos? Oprah le había sugerido la posibilidad de invitar al mismísimo presidente Obama (Oprah se había comprometido a convencerlo contra la casi segura renuencia de la Primera Dama, siempre tan enérgica y viril), y ante una estocada así ni la mismísima Adele estaría en condiciones de hurtar el cuerpo.

Tomado de la novela inédita “Las aventuras de Lady Gaga”

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