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Las armas de la democracia

Las armas de la democracia

Las armas de la democracia
octubre 08
07:24 2015

 

Cuando en 1789 James Madison presentó un grupo de enmiendas a la Casa de Representantes, proponiendo insertar unos derechos dentro de la Constitución norteamericana, algunos de los cuales conformaron poco después lo que conocemos como el Bill of Rights, se creaban las bases de una Sociedad Democrática. Estados Unidos, entonces naciente país independiente donde crecía el capitalismo con gran fuerza, propugnaba, muy acertadamente, que el Individuo y no un grupo sectario, o de poder, disfrutase de los derechos necesarios para la búsqueda de la felicidad y la procuración de la existencia. Las libertades de Expresión, de Religión, de Asociación, entre otras, derechos puntales de una Sociedad Libre, quedaron oportunamente incorporados para consolidar la Ley Suprema. En particular, el derecho a tener y portar armas constituía una necesidad vital. Además de surgir en reacción a las restricciones que venía imponiendo el Imperio Británico sobre sus colonias, y como parte del movimiento de independencia, era el Oeste propiamente, y el embrionario sistema jurídico se mostraba aún insuficiente para acotar los conflictos humanos y la lucha leviathánica del hombre por el hombre.

Han transcurrido más de dos siglos y, para satisfacción póstuma de los Padres Fundadores, Estados Unidos es la nación más próspera del planeta. Al margen del universo de los indicadores económicos, de los cuales podríamos extraer disímiles análisis, y aun conscientes de que determinados aspectos son mejor llevados en regiones como Escandinavia y Canadá, por citar algunas, es consenso general que desde principios del siglo XX aquellos que deciden emigrar apuntan su brújula hacia este gran país. Pero, a mi juicio, hay un elemento que ha recibido justa crítica desde entonces y se ha agudizado en las últimas décadas, o peor, en los últimos años: la violencia. Hace pocos días otro terrible tiroteo masivo tuvo lugar en Oregón. Como si un grupo de padres ya no fundadores, pero sí habitantes de esta gran nación, se hubiesen puesto de acuerdo para enviar a sus hijos el día equivocado a la escuela. Horrible suceso.

Urge preguntarnos: ¿dónde radica el error? ¿Es prevenible? ¿Cómo podemos continuar defendiendo nuestra democracia, tan necesaria, sin estar expuestos a que un día sea alguno de nosotros, porque también somos todos, quien reciba la espantosa noticia?

A mi juicio, la posesión irrestricta de armas, y lamentablemente en muchos casos armas de asalto, no es garantía del sostenimiento de una democracia sino más bien un falso mito. Las democracias se apoyan en las instituciones que han sido creadas para estructurarlas, en el respeto a la Constitución, que en el caso del mundo libre es el respaldo fundamental al individuo y sus derechos, en los propios mecanismos de elección de los cargos públicos, en las transacciones económicas con base en el derecho a la propiedad, en la tradición que va transfiriendo valores de una generación a otra por el simple hecho de que realmente funciona. Todos son ingredientes de un orden que automáticamente repele cualquier inicio de fisura, rechaza toda propuesta que pretenda desacreditar a un Congreso o Parlamento e intente promover al Poder a algún candidato caudillista, extremo populista o creyente de un linaje superior. Este orden ha protegido al mundo libre por varios siglos y es reclamo de quienes concebimos la libertad en la cima de la escala de valores.

En otras democracias la tenencia de armamento por parte del individuo común es restringida y altamente controlada. Léase Gran Bretaña, o por ejemplo Australia, en donde se implementaron estrictas medidas tras la masacre de Port Arthur en 1996 y el Gobierno logró sacar de circulación más de un quinto de todo el armamento existente fuera del ejército, o el caso de Japón, donde un policía solo puede portar su arma durante las horas de servicio activo. Por una parte, aunque la lógica individual lo contradiga, la presencia de un arma en cada casa no es garantía de no estar expuestos a una tragedia, que generalmente ocurre en nuestra ausencia. Y de otra, la Historia no cuenta que la tenencia “irrestricta” de armas es determinante para evitar que una democracia ceda y un déspota se apodere de una Sociedad Libre. Los tiranos no llegan por la fuerza sino disfrazados de redentores de males, con los bolsillos llenos de carisma para las mayorías. A menudo, ocurre en sociedades que ya han sufrido el quiebre de su Orden Constitucional. La tiranía es un proceso posterior, se alcanza en medio de la confusión, el acorrale de la información, la tergiversación de la verdad y finalmente la fuerza en nombre de lo que El Cabecilla cree que el pueblo desea. Una vez detectada, solo una minoría sale a enfrentarla y el resto, armado o no, históricamente queda a la espera. Por otra parte, el opresor tampoco suele ametrallar a un pueblo entero porque lo necesita, vive de él. No son las armas a quienes teme, sino a la repulsión y al rechazo masivo.

Ellos necesitan permanecer en el poder bajo consenso sobre una mayoría engañada. Hitler no consta que haya ametrallado a alemanes en Berlín, Stalin mandó los tanques soviéticos a Praga en el 68’ pero le hubiese costado mucho soltarlos en Moscú, prefería eliminar enemigos cercanos en purgas ocultas. Castro se vio en peligro en el “Maleconazo” del 94 y escogió presentarse acorazado por sus guarda-cuerpos en vez de enviar katyushas a Galiano. Solo movilizaciones gigantes, pacíficas y replicadas serían fórmula de éxito, resultando más efectivo lograr una unión verdadera y no precisamente acumular pistolas o granadas antitanques. Tampoco podemos registrar masacres masivas por dictadores de derechas como Trujillo en la República Dominicana y Pinochet en Chile. El Fouché, devenido falso jacobino, también a conveniencia, vestido de “Metrallero de Lyon” (mitrailleur de Lyon), es por suerte un caso bastante aislado en la era moderna. Luego entonces, ¿es Estados Unidos la excepción? ¿En este lugar, en el cual muchos vivimos con orgullo, para defendernos de un dictador tenemos que procurar que cada ciudadano porte un arma, y si es posible de asalto?

En Cuba, justo después del 59, los alzados se refugiaron en el Escambray armados, mas fueron derrotados. Castro no utilizó ejército de Congreso alguno sino al mismo pueblo, la parte que ignorantemente creía en él. Esa porción, y penosamente no eran pocos, entendió que la solución a los males de un Estado está en manos de un iluminado. Un pueblo sumido en la barbarie de la excesiva credibilidad en ídolos y líderes.

En estos días, el mismo país que mucho admiramos por la fortaleza de su economía y su grandiosa Constitución, por ser escenario verdadero de la igualdad de oportunidades, es a su vez teatro de tragedias sin sentido y, más recientemente, con una frecuencia espantosa. El individuo, por derecho, posee armas, y la razón asistió al hombre como resguardo de lo primordial: estar vivo. Pero no se supone que lo que una vez nos protegió hoy se vuelva en nuestra contra. Coincidir con un partido político, en democracia, no significa que estemos ciegamente de acuerdo con todo lo que de ahí proviene. Seamos republicanos o demócratas, ejerzamos el derecho a escoger, seamos libres, pero nunca irracionales. Resulta indudable que no es en defensa de la democracia que están siendo utilizados esos artefactos letales. Puede que la solución esté en enmendar lo que una vez pareció incuestionable. Es el turno de América.

Es inconmensurable el dolor que deben sentir los familiares de las víctimas. Muy probable no encontremos modo alguno de imaginarlo. Lo de educar mejor resulta magnífico pero lleva tiempo y, ¿a cuántas tragedias estaríamos del momento de recoger los frutos? Los trastornos psíquicos están llamados a concurrir siempre. Tenemos que hacer en pro del bien común, incluso cuando tales medidas no representen lo que personalmente preferimos. No olvidemos que lo primario es existir y procurar que existan nuestros hijos. Sin ellos, sin nosotros mismos, ¿de qué nos sirve la democracia?

Sobre el autor

Erick Nogueira

Erick Nogueira

Erick Nogueira (La Habana, 1976) es graduado de Licenciatura en Economía en la Universidad de La Habana en 2005. Graduado de Técnico Medio de Química (La Habana 1995). En la actualidad reside en Miami y es Ejecutivo de Ventas para Limco Logistics Inc., así como administrador de Dumemotors Trading Corp. Es aficionado a la Historia y los fenómenos sociales.

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