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Las brujas, la Iglesia y la subversión sexual

Las brujas, la Iglesia y la subversión sexual

Las brujas, la Iglesia y la subversión sexual
diciembre 18
02:29 2013

La cristianización, no obstante su misoginia arrasadora, no logra eliminar de su liturgia elementos politeístas anticristianos en los que destacaban las diosas de la fertilidad. Esto es visible en el “ciclo arturiano”, donde la mujer y la cultura alternativa mágica personifican un cometido positivo, diferente al ciclo cristiano del Grial, del siglo XIII.

La mujer tuvo mayor aceptación en lugares públicos y en las cortes; el tema femenino retornó a los poetas y los cantores de gesta; la Virgen María era una deidad reverenciada en servicios sacro–mágicos; era el momento del amor romántico, de Reina Leonor de Aquitania y sus hijas María de Champaña y Alix de Francia. Así, se desató el paganismo y el hermetismo en las prácticas religiosas de los medios rurales, liberándose las ataduras sexuales impuestas por el catolicismo, practicándose el magismo y las festividades con igualdad de participación femenina, entre ellas la “brujería”, considerada por el dogma judeocristiano como una apostasía residual.

La leyenda del Santo Grial fue construida para atajar la tambaleante hegemonía cultural, y reafirmar una masculinidad no contaminada por la persistente subversión sexual. El atractivo y la seducción femenina, la pasión amorosa, al provenir de una tentación diabólica engañosa, obstaculizaban la “perfección moral” del Grial. Ya el amor cortés no era la más noble de las virtudes, ahora, devenido sensual, fue radicalmente contrapuesto al empeño de redimir a la humanidad con abstinencias cuaresmales que amparaban la castidad y la virginidad del Grial.

Simultáneamente, tenía lugar la práctica de ciertos cultos religiosos antiguos, como los de Diana, Baco, Dionisio, etcétera. A nivel popular, la sociedad cristiana coexistía con cultos pre–cristianos, algunos de origen antiquísimo, y la iglesia toleraba estas prácticas “paganas”. La práctica de ceremonias antiguas enmascaradas bajo los siglos constituía un elemento de importancia en la existencia de los europeos hasta el siglo XVI, por lo cual pagaron con sus vidas centenares de miles de ellos.

El “anti–femenino” que se desata a partir del siglo XIV resultará un gran giro en el pensamiento occidental y, en realidad, fue preparado por la filosofía misógina de Santo Tomás de Aquino, el cual proporcionó una “demostración” lógica, en el terreno ideológico, de la inferioridad de la mujer. Esta será una visión radicalmente destructora del ser femenino, con un movimiento cultural que propugnó “el amor cortés”.

La existencia de un real “Dios de las brujas”, el caprino cornudo, resulta válida si se piensa en su analogía con Dionisio (el Dios cornudo es presentado como demonio por los cristianos). Asimismo, el culto de Diana será considerado como parte de la religión de las brujas.

El papel de las mujeres en los movimientos heréticos medievales es la señal de su insatisfacción por el puesto que se les reserva en la sociedad. La mujer campesina es el trabajo, las mujeres de la clase superior son las obreras textiles del grupo señorial. Esas figuras femeninas religiosas del arte románico–gótico: madonas hieráticas, vírgenes sabias y vírgenes necias en el diálo­go del vicio y de la virtud, Evas turbadas y turbadoras en las que el maniqueísmo medieval parece interrogarse: “¿Ha creado el cielo este conjunto de ma­ravillas para la morada de una serpiente?”.

Durante el Medioevo, la mujer resulta el médico, su medicina es verde y táctil, libre de dogmas, con acceso a órganos censurados como la matriz, el seno, los genitales masculinos, el parto, las funciones digestivas. Así, bruja y brujería resultan prácticas milenarias que engloban la médium, la parasicóloga, la telépata, las dotes telecinéticas, repudiadas por el patriarcado. Con la revolución mecanicista del Universo–aparato, la naturaleza ya no es la Madre sino un sistema maquinal inanimado de recursos administrado por un dios–padre ingeniero.

El ciclo arturiano

La importancia en la persistencia de este “mundo mágico”, aunque a niveles ocultos en las poblaciones rurales, se vislumbra en el poema caballaresco del personaje de Viviana y el Mago Merlín. El origen y la invención del mítico reino de Arturo y del ciclo arturiano tiene que ver con las antiguas leyendas celtas y la tradición druídica, que cobran expresión en el ensayo histórico de Goffredo di Monmouth (1137), antecesor en dos décadas al Polycraticus de Giovanni de Salisbury (1159) y que puede ser considerado como el primer tratado político medieval, y en las baladas de Chrétien de Troyes, el mayor poeta medieval previo al Dante, y que también es anterior en pocos decenios a la Magna Carta dedicada por un barón inglés a Juan Sin Tierra (1215).

La lectura de la romanza arturiana arroja una visión de la sociedad y sus componentes en aquella época; el ambiente posterior al primer milenio cristiano. En la corte arturiana, lo mágico, lo encantado, lo brujesco, los elementos positivos y negativos, se entremezclan.

Merlín es a la vez mago y consejero de Uther Pendragón, el padre de Arturo, y luego de éste mismo. Merlín es hijo de una muchacha clarividente y de un diablo incubo, figura que devendrá típica en los futuros procesos inquisitoriales; hermanastra de Arturo y de la “fata” Morgana, creadora del encantamiento. Viviana, la dama del Lago, es amiga de Merlín, y ella enseñará a sir Lancelot el arte femenino y el control del sueño; Viviana es hija de Dione, hijastro de Diana, la cazadora de los bosques y diosa de las amazonas griegas.

La concesión de poderes paranormales en la mujer, como el vuelo nocturno, estaba generalizado en el período de la institucionalización de la iglesia. En el folclor popular europeo se consideraba que la diosa Diana volaba por las noches; esta imagen fue luego utilizada por la iglesia para describir a las brujas. Mago y encantadora, personajes positivos y negativos del ciclo arturiano, son expresión de la persistencia de una cultura definida como el “culto a Diana”. En un pasaje que tiene como protagonista a un caballero de origen celta, Peredur, este y Arturo colaborarán con la bruja para castigar al tío del héroe, indicando que el Rey puede aliarse con la bruja en la tradición celta, con la sacerdotisa druida.

Los héroes que no han asimilado la enseñanza moral de la iglesia eran castigados: el anatema que marca indistintamente a los hijos de Eva, todos pecadores y por naturaleza dispuestos a rendirse ante el placer de la carne. Un baño de sangre culminará la ronda arturiana: el padre asesinará al hijo, el amigo al amigo; Lancelot se lanza con furia homicida contra su propio hermano; Excalibur es la espada fatal femenina, cuyo nombre hebraico significa “talladora de hierro” y que Arturo ha extraído de la roca para asestar un golpe mortal a su hijo, Mordret, fruto de su incesto con su hermanastra.

En el ciclo arturiano, la mujer y la cultura alternativa mágica personifican un papel positivo debido a la derivación celta, diferente al ciclo cristiano del Grial, del siglo XIII, desvalorizador de la mujer, referente a la copa sagrada que contiene la sangre de Cristo –sangre real–, que fue portada a Inglaterra por José de Arimatea. La belleza de la mujer, la seducción femenina, no como engaño o tentación diabólica, la pasión amorosa resultaban un obstáculo formidable a la “perfección moral” del Grial. Anteriormente el amor era exaltado como la más noble de las virtudes, ahora era considerado una lujuria y en su lugar triunfaba la castidad y la virginidad, consideradas como un bien supremo para la salvación del mundo.

El “anti–femenino” que se desata a partir del siglo XIV resultará un gran giro en el pensamiento occidental y, en realidad, fue preparado por la filosofía misógina de Santo Tomás de Aquino, el cual proporcionó una “demostración” lógica, en el terreno ideológico, de la inferioridad de la mujer. Esta será una visión radicalmente destructora del ser femenino, con un movimiento cultural que propugnó “el amor cortés”.

La leyenda del Grial fue inventada para consolidar una hegemonía cultural donde prevalece la masculinidad contra la persistente rebelión sexual. El amor cortés, devenido sensual, fue radicalmente contrapuesto al empeño de redimir a la humanidad con valores como la castidad, vía el Grial.

Además, comparecerá la literatura germánica, de gran filón racionalista con el Parsifal, de Wólfram von Eschenbach, totalmente devaluado ante la mística dominante y el Tristán e Isolda, de Gottfried von Strassburg.  Si bien a los ojos de la Iglesia Isolda merecía la pira inquisitorial, el racionalismo germano no era la contraposición más peligrosa al misticismo, sino la emotividad erótica de las tituladas “brujas” y de los cultos antiguos. Los elementos fundamentales y la manifestación central de esta contracultura fueron la explosión del erotismo femenino, que la cultura victoriosa calificará como demoníaca o que estarían representadas como damas licenciosas del Decamerón, del escritor humanista Giovanni Boccaccio, o en el Diablo de Loudun, de Aldous Huxley.

Sobre el autor

Juan F. Benemelis

Juan F. Benemelis

Juan Benemelis (Manzanillo, 1942). Diplomático, historiador y ensayista. Ha publicado más de una veintena de libros centrados en diversas temáticas, que van de lo científico a lo histórico. Entre ellos, "Las guerras secretas de Fidel Castro", "Castro: subversión y terrorismo en África", "Paradigmas y fronteras. Al caos con la lógica", "De lo finito a lo infinito", "El Corán y el Profeta", "Islam y terrorismo" y "La memoria y el olvido". Reside en las afueras de Miami.

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