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Las flores del chiquero fidelista

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Las flores del chiquero fidelista

Las flores del chiquero fidelista
octubre 10
12:38 2016

 

¿Se habrá extinguido la perra Porla? Lo dudo. Pero lo cierto es que ya apenas se le menciona. Como se recordará, este animal mitológico proliferó en La Habana en los inicios del siglo XXI. Perra al fin, era la mejor amiga de las jineteras.

Cada vez que un cliente extranjero invitaba a una jinetera a comer o a merendar –y debía hacerlo siempre, como trámite forzoso, antes que cualquier otro convite–, ella le pedía que ordenase algún comestible extra para llevárselo a su perra Porla. El nombre de la perra era una sigla que en la pícara jerga jineteril se traducía más o menos así: para la perra hambre que voy a pasar “por la” noche, una vez terminada la faena. Desde luego que el hambre no es hoy menor en su entorno. Pero las jineteras han encontrado nuevas formas de encararla.

Envueltas en la corriente de cambios para que nada cambie que tiene lugar ahora en la Isla, las jineteras habaneras están dejando un tanto atrás el merodeo por las calles para reorganizarse en burdeles, cuya existencia, si bien es más vieja que escupir, al menos les pone a tono con la práctica de grandes ciudades en el mundo real. Y de paso, devuelve a la nuestra una porción de aquel paisaje urbano que se presumía abandonado para siempre en los 60 del siglo XX.

Pues, pasen y vean los renacidos burdeles de variados tipos y categorías. Desde las discretas y “distinguidas” Casas de Cita, con facilidades de acceso previo, mediante fotos y videos para elegir el producto, y con amplio rango para el servicio de ofertas por encargo, hasta el catálogo por Internet. Desde los Salones de Baile, con su novedad en la apariencia de fiestas familiares, hasta el inefable bayú de cuartería, infectado de viejas mamadoras y mamadores sin dientes y de mariconas con grandes nalgatorios, pero ya fofos, a precios de liquidación.

Tal vez por eso la prensa extranjera acreditada en La Habana, siempre tan proclive a irse con la de trapo, no le dedica ya espacios al jineteo. No porque no continúe siendo un tema revelador de nuestras crisis. Menos aún porque, como han reportado algunos, mintiendo a conciencia, la práctica haya disminuido en los últimos tiempos, sino porque al situarse en línea con el mundo (visto el mundo en su ángulo más oscuro), la prostitución dejó allí de ser noticia.

Sin embargo, también sabemos que este tema, como casi todos los relacionados con el mísero día a día en nuestra Isla, está repleto de tópicos, falsos por lo general, que se repiten hasta el aburrimiento, a veces por desidia, pero otras veces, la mayoría, por ambigua intención de quienes juegan a decir (o hacer creer que dicen) la verdad mencionando apenas sus constituyentes menos graves.

Por ejemplo, ¿se vio alguna vez que en los despachos reporteriles que desde La Habana abordan o abordaban la prostitución, fuera mencionado, ni de pasada, el drama de nuestras putas baratas, las de barrios marginales, brutas, cochinas, hambrientas, empobrecidas de raíz, las cuales, por cierto, abundan desde mucho antes del florecimiento de las “cultas” y “glamorosas” jineteras del turismo?

Estas infelices flores del chiquero, que siempre han superado ampliamente el número de las dolarizadas, tienen sus cotos en la llamada Habana profunda, junto a tiros de ron de mala muerte, en el entorno de las pipas de cerveza a medio cocinar, en las congestionadas terminales y paradas para pasajeros categoría zeta, en los callejones intransitables de tuberías reventadas, entre la metralla social, en los suburbios, a la vera de cualquier sucia y peligrosa oscuridad…

Es muy difícil que en cada cuadra de las barriadas pobres capitalinas no hallemos por lo menos a una de estas meretrices de bajo perfil, lista para desempeñar su arte del “francés” (felación) por unos cuantos pesos en moneda nacional, o para prodigar un calentón a cambio de un plato de comida o de un par de tragos.

Especialmente entre los ancianos solitarios suelen disponer de un mercado estable y que no les demanda, digamos, extraordinarios esfuerzos. Poco parece importarles que este tipo de usuario sea por lo general muy descuidado en materia de aseo. Ellas tampoco se distinguen por ser limpias. En compensación, los ancianos resultan menos violentos y a la vez más generosos que el resto de su clientela. Sin contar que muchos les brindan sus cuartos inmundos en oportunidades de privilegio para pasar la noche bajo techo.
Excluidas entre los excluidos, abandonadas, indigentes, sin horizonte más allá de sus narices y sin santo al cual encomendarse, estas infelices resultan tan poco atractivas que ni siquiera han llamado la atención de los cronistas extranjeros que cuando no encuentran otro asunto poco peligroso de qué ocuparse, vuelven a incurrir en la fábula de nuestras rameras respetuosas, saludables y bien vestidas, sobre las que no pocos entre ellos han llegado a escribir boberías tales como que no jinetean para satisfacer necesidades económicas de primer orden, sino por amor al arte o por el afán consumista, en fin, movidas por influencias, gustos y aspiraciones que les llegan desde el extranjero.

Tanto más les hubiese valido (aunque todavía están a tiempo, si se atreven) bajar a cagarse las suelas de los zapatos recorriendo a pie los cotos de estas pobres flores del chiquero fidelista. Al menos tendrían argumentos para imprimirles un poco de realidad a sus reportes, que es por lo que se supone que les pagan.

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Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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