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Las formas de la idea de Cuba

Las formas de la idea de Cuba

Las formas de la idea de Cuba
julio 17
17:50 2017

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Partamos de afirmar que, desde el punto de vista de quienes hemos soñado siempre con obtener colectivamente la mayor ventaja de la Isla en que nos tocó nacer, las ideas de Cuba adoptan a lo largo de su historia tres formas básicas: Como Ideíta, como Idea propiamente dicha, y finalmente como Ideota.

Como todo suele ir de lo mínimo a lo desmesurado, la primera que surge, claro está, es la Ideíta. Es ella producto de algunos prohombres de la Generación de 1793, por sobre todo de uno de los más grandes estadistas que las Américas hayan dado a lo largo de su historia: Don Francisco de Arango y Parreño. Le sigue la Idea, y tiene un muy bien determinado lugar de nacimiento, el Seminario San Carlos y San Ambrosio, y un partero ilustrísimo, el Padre Varela. Finalmente aparece la Ideota, y es nada menos que obra de un individuo injustamente relegado en nuestra historia, el santaclareño Eduardo Machado. ¿Cuándo? Pues cuando este pilongo, uno de los cubanos más inteligentes y cultos de todos los tiempos, se convierta en el único representante del Gobierno en Armas en oponerse de plano al pedido de anexión que firmaran Céspedes, Agramonte, Cisneros Betancourt… y si los hubiesen dejado y hubieran sabido hacerlo, hasta los negros que servían de ayudantes a cualquiera de estos personajes.

Aclaro aquí que me refiero a las ideas de Cuba, no a esa absoluta falta de ellas que puede apreciarse en alzamientos de vegueros isleños o los más frecuentes de negros esclavos; en general en toda respuesta instintiva de los de abajo ante imposiciones desacostumbradas o injustas por los de arriba . Tener una idea de Cuba implica superar el limitado ámbito del individuo particular cuyos intereses no se mueven más allá del portón del Ingenio, de las últimas casas del pueblo, o de los límites estrechos del barrio habanero, de sus intereses personales y familiares más primarios e inmediatos; tener en fin un plan concreto de cómo solucionar de manera permanente las causas de la injusticia que se ha sufrido, o del problema que se enfrenta. En este sentido, el haber concienciado, al menos de la manera más elemental, el intrincado contexto internacional en que siempre ha vivido la Isla, es condición indispensable para que el producto final del pensador en cuestión pueda considerarse una idea de Cuba.

Las tres ideas de Cuba no siguen trayectorias separadas, en que cada uno de quienes le dan vida en un instante determinado pueda afirmar a la suya libre y pura de la influencia de las ajenas. Tampoco hay una continuidad histórica estricta de las mismas. No es infrecuente en nuestra historia que la Ideíta se transforme en Idea, o ésta en Ideota, pero tampoco es raro que entre Ideíta e Ideota, o a la inversa, haya continuidad inmediata. El castrismo, por ejemplo, que comenzó como Ideota, va en camino, tras la muerte política de Fidel Castro (la de 2006), de dar en una ideíta, sin haber transitado nunca por el estadio Idea.

La realidad es que no solo no habría podido surgir la Idea sin la existencia previa de la ideíta, sino que para mantenerse ella misma necesita constantemente contrastarse con esta y con la ideota. Sin las cortedades de la ideíta, y las desmesuras de la ideota, muy difícilmente seríamos capaces de encontrar ese más realista punto medio, ese nacionalismo racionalista y cosmopolita que es en esencia la Idea.

En consecuencia, las tres estarán siempre presentes en los imaginarios de la Nación Cubana, como mismo siempre habrá en su cuerpo social individuos con toda su atención volcada a los asuntos económicos más prosaicos, a un tiempo que visionarios, iluminados, charlatanes, pícaros y toda esa ralea de “anormales” que le dan color a cualquier nación de fuste.

Y es que puede afirmarse que el día que no los haya ya no hablaremos de nación, sino de rebaño (bajo el castrismo hemos estado muy cerca de ello, aunque lo cubano resulta un generador de diversidad tan eficiente que siempre ha terminado por impedir ese peligro rebañezco).

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Dos son los puntos que nos permiten clasificar en alguna de las tres categorías antedichas a cualquier representación de lo cubano: La percepción que de la situación internacional de la Isla tiene cada uno de los que le dan vida, previa concienciación de la misma; y el punto de vista que sobre la participación de los cubanos en el gobierno de la sociedad isleña (y más allá) se tiene en cada una de ellas.

La ideíta, aunque ha comprendido lo privilegiado de la posición de la Isla, sobre todo desde el punto de vista económico, siempre ha supuesto que lo mejor es mantenerla enlazada a alguno de los centros de poder mundial que la apetecen. Ante los riesgos que traería la independencia política, al convertir a la Isla en el campo de batalla literal, ya no diplomático o comercial, de los Imperios Mundiales, los ideitosos han preferido siempre arrimarse, subordinarse a uno de ellos. Con lo que, sin embargo, terminan por limitar y hasta hacer desaparecer sus posibilidades, al convertirla de encrucijada de los caminos mundiales en área subordinada del Imperio Mundial escogido (bastante lo demuestran el desenvolvimiento histórico de nuestras dependencias políticas y económicas unilaterales a España y los EE.UU.).

En cuanto a la posición de la ciudadanía, en el modelo de convivencia por ella preferido, la ideíta siempre ha sostenido un punto de vista elitista: Para los ideitosos el pueblo cubano o no importa, al promover un modelo de sociedad estratificado semejante a la inglesa de la primera mitad del siglo XIX, o en todo, si demócratas, han supuesto que es endémicamente incapaz de gobernarse a sí mismo, y que por tanto o necesita de un poder fuerte extraterritorial que lo gobierne por los siglos de los siglos o al menos que lo eduque poco a poco en el mejor gobierno democrático para que solo así se justifique algún día una posible independencia política (allá por las calendas griegas, y en el caso específico de los autonomistas, para el más lejano día en que la política española consiga abandonar sus innumerables vicios de fondo).

Es de destacar que la ideíta siempre está asociada a una magnificación de lo económico, y por tanto en su ideación está muy asociada a los intereses más prosaicos de sus promotores. En este sentido es bueno aclarar que a semejanza del hombre común antes mencionado, el ecónomo no suele tampoco necesitar vitalmente de las ideas. Pero lo que lo diferencia radicalmente del hombre común, que en su lugar tiene tradiciones y costumbres, es que en su caso además suele tener ambiciones e intereses, y ya se sabe que los tales suelen hacer que el mundo de quien los posee no se restrinja al limitado espacio de vida del hombre común de la época respectiva. Y en ese vasto espacio que está más allá de lo tangible, el ecónomo necesariamente tiene que echar mano de ideas que lo ayuden a conducirse en él. La ideíta, en el caso cubano, sea como autonomismo, reformismo, anexionismo, plattismo… por lo general es la llamada a cumplir esa función; aunque aclaramos que no siempre, que no todos los ecónomos son recortados de algún molde platónico.

El sostenedor de la Ideota, por el contrario, es un individuo que no logra nunca percibir con claridad la situación de la Isla en el contexto internacional, con su atención demasiado volcada a lo que considera es más que nada un proceso interno, autárquico, de evolución insular. De hecho para el ideotoso el contexto internacional se convierte en algo abstruso, en el gran peligro y el obstáculo a esa evolución insular que debería de seguir la Isla en el mejor de los mundos posibles: Aquel en que Cuba reposará en la cara oculta de la Luna, bien resguardada de cualquier influencia foránea, aun alienígena. En un final la concepción del ideotoso es más o menos la de su batey, su pueblo, o su barrio habanero, pero ahora mal estirada a trompicones hasta cubrir a toda la Isla, e incluso, en su forma más extrema, el castrismo inicial, a toda Latinoamérica o incluso al Tercer Mundo en pleno.

En cuanto a la posición que le asigna a la ciudadanía, la Ideota no puede ser más contradictoria: Por un lado pretende ser la idea propia de las grandes mayorías, de los hombres comunes de la época en cuestión, a quienes ellos mediante un proceso uniformizador reúnen idealmente en una entelequia, el pueblo. Por otro, debido a que el tal agrupamiento no tiene bases reales, al menos mientras los sostenedores de la Ideota no se hacen con el poder y comienzan a practicar la uniformización popularizadora a la fuerza, no tarda en presuponer que esas mayorías tienen que ser conducidas y enseñadas a descubrir en sí mismas esa supuesta idea propia de ellas. Por un lado pretende ser la idea del hombre limitado, pero a la vez comprende que semejante pretensión solo funciona si se le conserva a tal hombre sus limitaciones: Por ejemplo, sus sostenedores dicen no pedirle al pueblo que crea en ellos, sino que lea, pero a su vez implantan una rígida censura, o una descarada manipulación, sobre lo que el pueblo lee (las cartillas de la Campaña de Alfabetización resultan el mejor documento de esta espuria práctica ideotosa).

De lo anterior se desprende que la Ideota no promueve formas políticas participativas, sino autoritarias, en las que una élite asume el gobierno en nombre del pueblo, de cuyas aspiraciones es mucho más consciente que él mismo. Una élite que, como en el caso extremo del castrismo inicial, llega a pretender comunicarse místicamente con el pueblo.

El ideotoso sincero es un visionario, un profeta, que como se cree portador iluminado de la revelación de la grandeza del Pueblo Cubano suele poseer una visión de sí mismo algo desmesurada y por lo tanto unas muy acusadas tendencias autoritarias. Pero no solo hay ideotosos sinceros: A la vera de la Ideota se arriman muchos charlatanes u oportunistas, tanto aquellos que solo buscan pasar bien, medrar a costa de la idea que tiene el sartén de lo cubano cogida por el mango, como esos otros miles de veces más peligrosos, aquellos que están siempre a la caza de un medio para dar rienda suelta a sus ambiciones autoritarias, y que son capaces de adoptar la Ideota solo con ese interés: ¿Fidel Castro, acaso?

La Idea, que como hemos dicho más arriba nunca podría existir sin sus hermanas la ideíta y la ideota, en eterno contraste con ellas, parte de la certeza de que la colectividad que reside en esta Isla nunca sacará más provecho de la misma que bajo un régimen de independencia política, en que no obstante se aprovechen las enormes posibilidades que le dan a Cuba su situación privilegiada en la encrucijada de los caminos mundiales. Sostiene además de la independencia política la plena soberanía nacional, o sea, no la soberanía de alguna élite cubana residente en el país, en base a su superioridad económica o patriótica, sino de toda la Nación Cubana, de todos los cubanos.

Sobre el autor

José Gabriel Barrenechea

José Gabriel Barrenechea

Investigador y periodista independiente cubano, durante años ha estado escribiendo artículos sobre cultura, historia y actualidad cubana para publicaciones independientes en la isla y el exilio, entre ellas 14ymedio, Convivencia, Cubaencuentro, Cubanet y Voces. También ha pertenecido al equipo editorial de revistas independientes como Cuadernos de Pensamiento Plural. Reside en Santa Clara, Cuba.

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