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Las heces de la utopía revolucionaria

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Las heces de la utopía revolucionaria

Las heces de la utopía revolucionaria
diciembre 17
16:08 2016

 

La mayoría de los habaneros parece coincidir en el criterio de que nunca antes se vieron tantos adolescentes, jóvenes y hasta niños enajenados en las calles de la ciudad. Ello no significa necesariamente que ahora la situación esté peor que en décadas anteriores. Tampoco tiene que significar sin más una señal del modo en que la Isla se despide del edulcorado modelo “socialista”, para presentarse, sin afeites, tal y como nunca dejó de ser: una republiqueta subdesarrollada y tiranizada. Lo que más bien significa, creo yo, es que continúa fructificando el mal que en mala hora sembramos hace más de medio siglo.

Son las heces de la utopía revolucionaria. Frutos del alcoholismo, los hogares disfuncionales, las guerras en suelo ajeno, la zozobra, la desnutrición, el chasco.

La gente les llama loquitos, entre despectiva e indulgentemente. A cualquier hora del día o de la noche, zapatean las calles de La Habana, buceando en los basureros, acopiando desperdicios, o asumiendo cualquier encomienda (limpiar parabrisas, hacer mandados, cargar y transportar objetos, o ensayar payasadas de locos, las que se les pida), con tal de llevarse a la boca algún mendrugo.

No hay una sola calle céntrica u otro lugar de concurrencia en que no se impongan a la vista, recordándonos que no somos tan inocentes como nos conviene creer, de cara a la debacle que condenó su existencia desde el germen.

Más y menos dementes, más y menos agresivos o confianzudos o retraídos, más y menos abandonados por sus familiares, eludidos por la sociedad, desprotegidos por las instituciones oficiales, los loquitos son víctimas por igual de la encrucijada económica y del laberinto espiritual en los que nos embarcó el fidelismo.

Chupi, el galán de la calle Rayo

Chupi, el galán de la calle Rayo

Entre Chupi, el autodenominado Galán de la calle Rayo (hoy ya en la treintena, pero que desde niño anda y desanda por el barrio chino, alimentándose con sobras de los restaurantes), y El Mosca, enajenado total que malvive en las aceras de la calle Zanja, discurre una historia de frustración, miseria y desamparo que, aceptémoslo o no, es parte de la historia personal de cada habanero, con la que todos estamos comprometidos, aunque no sea más que por aquello de que tanta culpa tiene quien mata a la vaca como quien le aguanta la pata.

En ningún otro caso encaja tan puntualmente como en el nuestro aquel diagnóstico de la célebre politóloga alemana Hannah Arendt, según la cual el primer causante de las desgracias humanas no es el embate irracional de los políticos y los poderosos, sino la banal indiferencia y la impotencia gregaria de las masas.

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Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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