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Las narrativas pictóricas de Juan Benemelis e Iván de Oliveira

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Las narrativas pictóricas de Juan Benemelis e Iván de Oliveira

Parte de la obra de Juan F. Benemelis

Las narrativas pictóricas de Juan Benemelis e Iván de Oliveira
junio 10
22:37 2016

 

Convergen experiencias existenciales que conducen a personas, nacidas y crecidas en lugares distantes entre sí, a encontrarse o reencontrarse en algún punto de sus vidas. En general, la historia nos puede condicionar a tener encuentros y rencuentros, o depararnos desencuentros.

En esa historia, en la cual heredamos y creamos culturalmente hablando, se ha producido el reciente encuentro entre dos artistas de la plástica. Entre dos hombres negros y con conciencia de afrodescendientes que, nacidos y formados en lugares distantes, Cuba y Brasil, se complementan en su hacer.

Se trata de Juan F. Benemelis e Iván de Oliveira. Manzanillero y santiguero el primero, bahiano y cachoerense el segundo. Dos afrodescendientes sobre cuyas vidas y obras pictóricas estuvimos hablando durante la última aula abierta, en el mes de abril, en la ONG brasileña Abrazo Cultural, en su sede de Sao Paulo.

Hasta allá llegaron, a descubrir a los hombres y sus historias, a disfrutar una parte de sus obras pictóricas, algo a lo cual accedimos a través de la bendición de internet, unas doscientas personas. Para regocijo de esta autora, quien tuvo a cargo la presentación, narrativa e intercambio con los presentes, se constató el interés expresado en una próxima exposición, que contará con las obras disfrutadas y el descubrimiento de otras.

La vida de un artista está en su obra incluso si puede que sea para negarla. O para expresar aquello que desearía o que está en su subconsciente. Pero existen otros muchos más objetivos, que expresan con sus creaciones o que completan con estas otras de sus realizaciones.

De estos últimos son Benemelis y De Oliveira. Ambos con tantas coincidencias. Ambos confluyendo en el mismo camino, pese a no transitar por la misma senda. Por eso, con obras muy personalizadas, con estilos propios y recursos expresivos diferentes, coinciden como exponentes de las narrativas artísticas postcoloniales.

Y ahí, en esa postcolonialidad, van expresándose sus historias de vida, sus posicionamientos de militancia antirracista y sus comportamientos de hombres feministas, por ejemplo.

Por eso sus representaciones rompen con la mirada colonialista estereotipada sobre la mujer negra y el hombre negro. Nada divisamos en ellos al estilo del hispano Landaluce o de portugués decimonónico en sus representaciones de la población afrodescendiente. Porque en ellos este es un ser que siente, no una representación bufonesca ni caricaturizada.

Sus hombres y mujeres negros expresan emociones. Son sujetos en la historia y, en correspondencia, contra todo obstáculo, son hacedores de esta. De ahí que sus mujeres, ya corpulentas o estilizadas, transmiten fuerza o también dolor, pues es esa la realidad de, por ejemplo, una mujer transversalizada por la tríada opresiva sexo-raza-condición social, a la que pudiera añadirse el género.

Las figuras de Iván muchas veces son presentadas en posiciones en las que no podemos divisarles rostros. Mucho menos ocurre esto con las de Juan. Las mujeres que nos revela suelen tener rasgos definidos, fuertes y sugestivos. Sus máscaras, por ejemplo, parecen revelarnos continuidad. Nos dan la oportunidad de pensar si el artista nos regaló variaciones de un ser o su prolongación en otras generaciones. Todas desafiantes y adoloridas.

Quizás, las mujeres negras de Benemelis sean una secuencia. De la ancestralidad africana a las generaciones afroamericanas, afrocubanas tal vez, en las que las esencias remiten a la frase de la querida africanista que fue la Doctora Leyda Oquendo. Ella, afrofeminista, nos recordaba a las entonces más jóvenes intelectuales negras: “somos fuertes, porque somos las hijas y las nietas de las negras africanas que sobrevivieron resistiendo e imponiéndose al dolor de la monstruosidad de la esclavitud”.

La paleta y el trazo de ambos pintores difieren. Mas, nacidos y formados en escenarios caribeños, ambos se nos revelan en su caribeñidad. Con trazo en apariencia más simple en De Oliveira, y con una obra por momentos más tendiente al barroco en Benemelis, ambos enfrentan la espiritualidad de la afrodescendencia.

Iván lo hace con una paleta que transita de los colores fuertes a los neutros, tenues y por momentos lúgubres. En tanto Juan generalmente lo expresa a partir de una explosión de colores que semeja todas las posibilidades de la paleta natural de su Santiago adoptivo, del Caribe y de la propia África, dificultándonos precisar entonces de dónde le viene la herencia. De toda esa mezcla, puede ser.

Ahí el hombre calmado y de apariencia taciturna que él es, se transmuta. Puede que llevado por la fuerza espiritual de la ancestralidad africana. Ahí aparece su revelación del mundo interior que brota en muchas de las imágenes a las que él da vida o que, tal vez, sólo usan al artistas para visibilizársenos.

Ese origen del uso cromático puede quedarnos más claro en Iván. La bahiana ciudad de Cachoeira es culturalmente caribeña aunque su costa sea bañada por más frías aguas. Allí la negritud se ve, se siente y respira con todas sus consecuencias. También las más dolorosas, pagando el elevado costo del intento de secular etnocidio y del ya sistemático genocidio.

Aunque la obra de este carece de la explosión cromática de la de aquel, en sus tonalidades suaves, el azul y el verde son ahí recurrentes. También el blanco. Quizás una expresión de su asumida afrorreligiosidad. Tal vez una necesidad de paz en medio del caos social.

La paleta sobria de Iván se emparenta con el dolor causado en el ser negro por la traumática experiencia de la forzada diáspora, de la esclavitud, de la impuesta inferiorización de su cultura y por la subalternidad. Por la imposición a experimentar la clandestinidad.

En contraste, la paleta colorida de Juan se emparenta con la expresión de todo aquello presente en la obra de Iván. Eso, en el sentido de reflejarlo como necesidad de libertad y como canto a esa libertad interior, espiritual, que difícilmente nos pueden expropiar. Aunque no hay que engañarse. Las mujeres de Benemelis, fuertes y muchas veces sensuales, sí, también lloran. Lo cual se denota en sus rasgos, a veces una expresión del rostro, otras en la mirada.

Es interesante que esa melancolía por momentos cuasi luctuosa presente en la obra de Oliveira, se manifieste con fuerza mayor en la última etapa. Coincide con el retorno a su ciudad natal, tras décadas de exilio. Su obra de estos dos últimos años la ha realizado ahí, en el Estado de la federación donde hay más población negra fuera de África. Y donde la población afrobrasileña sufre una descomunal violencia institucional, incluso policial.

En la explosión de colores de Benemelis pudiéramos encontrarnos con una compensación al dolor, a la melancolía y puede que a la nostalgia que expresan los colores lúgubres de Iván. En lo cual no necesariamente habría dos posicionamientos. Pudiéramos tenerlos por dos momentos que históricamente consiguen ser simultáneos, que no tienen que remitir al mismo sujeto individual y sí a dos partes del sujeto colectivo que es la afrodescendencia.

De ahí que el mejor correlato de las pinturas de ambos sean las yoruba-americanas moyugbas (invocaciones) para los ancestros o el lamento hecho llanto cantado del espiritual afroestadounidense. Como pudiera serlo también el espíritu del lamento presente en el guaguancó o la enérgica vitalidad del rap.

Es dable avizorar que también ahí, en el uso del color, que en uno y otro se complementa visibilizando dos posicionamientos de la afrodescendencia, quizás apenas dos momentos del angustioso proceso de superación de la consciencia dupla o del yo dividido. Que en ellos no tiene que ver con el sujeto-objetivado afrodescendiente. Porque en ellos no hay ocultamiento tras el velo referido por Du Bois.

Con una diversidad interesante, las obras de Iván de Oliveira y de Juan F. Benemelis nos dan frutos heterogéneos sin ser divergentes. Y, lo más importante, sin ser panfletarios. Nada tienen de realismo al pedante estilo del desusado “realismo socialista”. Los panafricanistas que son se expresan artísticamente desde la mencionada postcolonialidad con la naturalidad del ser conscientes de su identidad. Los frutos son naturales a partir de las miradas posicionadas de sus hacedores.

Frutos que tienen diversas etapas o manifestaciones. Que son expresiones de nuestras mixturas sociológicas y antropológicas, en las cuales destacan fuertemente los elementos afros que genéticamente ambos portan, con los cuales culturalmente se han desarrollado y con los que conscientemente se comprometen. Elementos afros que en ellos contribuyen como base primaria a hacer posible los hombres que ambos son. Así como los intelectuales, los políticos y los artistas que son.

Por eso en sus obras se destaca la negritud no sólo como pertenencia étnica y racial, y nunca como modismo. Destaca ahí la negritud como una perspectiva que enriquece la visión del mundo y en la cual anclar para expresar el orgullo por lo propio, individual y colectivo.

Una consciencia de la negrura que en Benemelis transita por todas la posibilidades de tonos, mostrándose más en rasgos y cabello. Que Iván por el contrario transmite en pinceladas visiblemente oscuras. Porque mientras Iván parece más radical al respecto, en Juan, quien ha trabajado la problemática del mestizaje como trauma, drama y posibilidad de enriquecimiento, nos habla la multiplicidad de fenotipos de la afrodescendencia.

Quienes le conocemos, sabemos que la radicalidad de este afrobrasileño es un recurso artístico y militante para reafirmar la negritud. Es su modo de decir, claro, que no hace concesiones con las esencias. Pero él no tiene problemas para aceptar la diversidad cromática de las personas negras. Aunque sí es, como el colega Benemelis, tan radical con el racismo y el etnicismo, como con las colocaciones ambivalentes de las personas negras colonizadas psicológica y culturalmente.

En concordancia con ese posicionamiento es menester recordar que el afrocubano es visiblemente mestizo, y la piel de Iván tiene un tono más oscuro que sólo indica una mayor cantidad de melanina. La mayor o menor cantidad de esa sustancia en la piel, no garantiza los niveles de conciencia étnica y racial, ni indica su ausencia. Mas ambos tienen, sí, conciencia de su condición de afrodescendientes. Por eso se identifican como hombres negros.

De esos desplazamientos en las miradas que sobre el sujeto afrodescendiente han venido ocurriendo en las historias generales de Brasil y de Cuba. De esos desplazamientos que tienen lugar en toda la historia de este vasto territorio que el estudioso Paul Girou ha calificado como Atlántico Negro, intercambiamos en esa última aula cultural de la ONG Abrazo Cultural. Y lo hicimos, repito, centrados en las obras pictóricas de Juan F. Benemelis y de Iván de Oliveira.

Resultó sumamente interesante la necesidad de los presentes por descubrir más sobre sus vidas. Cómo han venido aconteciendo esos desplazamientos en las experiencias vitales de estos dos hombres afrodescendientes.

'Delicados instrumentos musicales', de Juan Benemelis

‘Delicados instrumentos musicales’, de Juan Benemelis

El afrocubano con una sólida y amplia obra intelectual, abarcadora de más de cuarenta títulos, algo que sorprendió gratamente a los brasileños. Tanto como el saberlo testigo y protagonista en una historia que inició cuando, con 21 años, en Egipto, frente a las enormes figuras de faraones y faraonas, confiesa, se sintió aplastado. De aquellas imágenes le impresionaron sus características nítidamente negroides, que no había visto bien valoradas en su país.

Nunca más fue el mismo. De allí debe venirle su insubordinación consciente y cardinal frente al racismo y al etnicismo primero, frente al castrismo después. Porque en Egipto se descubrió como un hombre negro en todas sus potencialidades. Allí posiblemente rompió con la conciencia dupla referida por el afroestadounidense W. E. B. Du Bois (1).

Formalmente inició entonces Benemelis sus andanzas de descubrimiento de África, de la afrodescendencia y, entre esta, de la afrocubanidad. Caminos de los cuales nunca se ha apartado.

De ambos impresionó a los asistentes sus historias de hombres doblemente afrodiaspóricos. Sus experiencias del exilio político. Sus implicaciones con movimientos de la negritud y los frutos intelectuales y artísticos que todo ello ha generado.

En esas posibilidades de diálogo pictórico de dos artistas afrodescendientes, cubano y brasileño, constataron los asistentes, están inmersas las posibilidades de diálogos más abarcadores. Está la historia de la afrodescendencia y de nuestras naciones nacidas de la colonización, de la esclavitud y de la violencia. Mal aferradas a estructuras racializadas. Con Estados distorsionadores de las naciones multirraciales y pluriculturales que, por etnogénesis, nos correspondería ser, y ya tener eso expresándose en toda la estructura política, manifestándose a su vez en las posibilidades de realizaciones para todas las partes.

Por eso resultó tan importante ver en sus obras eso que ellos, por medio de sus realizaciones artísticas e intelectuales, nos avizoran como realizaciones colectivas. Y están en condiciones de anticiparnos ese futuro, porque a diferencia de otros y afortunadamente como tantos más, Benemelis y De Oliveira no tienen dos almas, dos pensamientos, ni tienen que hacer dos esfuerzos irreconciliables. En sus psiquis no habitan dos ideas que se combaten en un cuerpo oscuro cuya fuerza obstinada únicamente impide que se destroce (2).

Como tantos afroamericanos, ya ellos pasaron con éxito ese proceso de impuestas duplicidades. Resolvieron ese trauma y ese drama, por eso no es para ellos una tragedia. Como tantos otros de sus similares, ellos son afrodescendientes, son afroamericanos, por herencia y por decisión. El problema no son ellos. El problema son los connacionales que no tienen superado el momento identitario transversalizado por el color y por la cultura.

Para reflejarlo, están sus paletas y sus libros. Sus narrativas bien articuladas sobre la identidad. O, en todo caso, sobre nuestras posibilidades identitarias. Y, finalmente, está el encuentro reciente y sólido entre ellos. Esa amistad que salva distancias. Ese confluir y complementarse de miradas y de resultados que supera cualquier posibilidad de destino trágico (3) que nos impongan.

NOTAS:

(1) Con el concepto consciencia doble o de yo dividido, el intelectual y político que fue el afroestadounidense W. E. B. Du Bois hizo referencia a lo que él consideró una duplicidad psicológica presente en el negro de su país. Ver: Du Bois, W. E. B. As almas da gente negra. 1999. Lacerda editores. Rio de Janeiro (Brasil). Capítulo primero.

(2) Du Bois, W. E. B. As almas da gente negra. 1999. Lacerda editores. Rio de Janeiro (Brasil). Capítulo primero. Pág. 54.

(3) Sobre la superación del destino trágico del ser afrodescendiente esta autora ha dialogado en extenso y en repetidas ocasiones con el Dr. Juan F. Benemelis. Esencialmente, creo que todas nuestras conversaciones versan sobre eso. Ese, que es tema recurrente en su obra, ha sido explicitado por otros autores afrodescendientes. De los caribeños Aimée Cesaire, George Glissant, Franz Fanon y Marie Condé, hasta otros más recientes como los intelectuales afroestadounidenses Alice Walker y Henry Louis Gates. Cientistas sociales y literatos, activistas cívicos o no, coinciden en la necesidad y en la urgencia de darnos a la recomposición de nuestros seres individuales y colectivos afros. Y hacerlo partiendo de la re-significación de lo que significa ser afrodescendiente, pero llevando con nosotros nuestras esencias de sujetos negros afrodiaspóricos.

Ensayo publicado en el tercer número de la revista Puente de Letras, del Club de Escritores Independientes de Cuba. Un número que usted puede leer gratuitamente en Calameo: https://en.calameo.com/read/004629645a9ac1c00b660

Sobre el autor

María Ileana Faguaga

María Ileana Faguaga

María Ileana Faguaga (Mimi) es historiadora y antropóloga. Nació en La Habana, Cuba. Investigadora y Profesora-Directora del programa de diálogo cultural e interreligioso de CEHILA-Cuba (para el Estudio de la Historia de la Iglesia en Latinoamérica). Fue corresponsal en LH de Radio Única (Miami). Actualmente reside en Brasil.

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