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Las peñas del ron

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Las peñas del ron

Las peñas del ron
septiembre 17
19:20 2016

No hay en La Habana un solo barrio que no posea por lo menos una peña del ron. Así es como suelen llamarle, en plan de choteo, a esas concurrencias de curdas que se apelotonan a diario y casi a toda hora en las esquinas o en los parques o en los portales del barrio, con el fin de beber alcohol y de arreglar el mundo, filosofando sobre lo humano y divino, y disponiendo cómo deben hacerse las cosas para que salgan bien, sea un juego de pelota o la guerra nuclear.

Nuestro clásico borracho del vecindario, antes solitario y desdeñado, ha dejado de ser excepción. Ya no tiene que brindar únicamente con la luna. Se multiplicó en comunidades, para su suerte, y a veces para el fastidio de los que no beben.

Las peñas habaneras del ron son el único espacio en que se hizo realidad la utopía revolucionaria de que todos los hombres sean iguales y deben dispensarse el mismo trato. En ellas confraternan, a título de íntimos, compartiendo la metralla que se llevan al pico, el estibador y el académico, el vago y el obrero vanguardia, el ladrón y el policía, el comunista y sus antagónicos, el dirigente tronado y la puta vieja, el chivato y su cosecha, el rockero y el bolerista, el rudo veterano de tantas guerras en África y el homosexual tragaespadas, el sabio y el ñame, el protegido y el perseguido, el ateo y el creyente… Cada peña del ron es como un pequeño cementerio, pero al revés: allí sólo quedan espíritus, en tanto la totalidad de la materia ya se fue al infierno.

Nadie se explica cómo sus afiliados logran mantenerse en pie (es un decir), sin comer caliente y cargándose las tripas con pólvora viva, todo el tiempo y a como dé lugar.   

En vez de echar al fuego las pestañas en conferencias y foros, consultando estadísticas fementidas y yéndose con la de trapo detrás de lo que cuenta el Granma, los progres europeos y norteamericanos, así como los cubanólogos de gabinete, debieran dejarse caer mientras puedan por alguna peña del ron habanera. Es el modo más expedito para desenhebrar sesenta años de mogolla fidelista.

En las peñas del ron desagua de cabo a rabo la historia de nuestras frustraciones, fruto del desastre político más estrepitoso y dramático del hemisferio. 

En un futuro que se estira mientras más lo halan, como el pan de la libreta de racionamiento, los sociólogos y los psicólogos sociales necesitarán alinearnos en tres grupos, aunque sólo sea para organizar sus materias de estudio: a) los que escaparon hacia el mundo real, atravesando mares y selvas; b) los que lograron vivir agazapados como súbditos de la dictadura, sin perecer en el intento; c) los tertulianos de las peñas del ron. Así como la Isla, que otrora fue famosa por la magia de sus alambiques, terminó convertida en fuente de inmundicias alcohólicas, nuestra gente de a pie se ha visto privada para siempre de agarrar la nota saboreando el auténtico ron del patio, sólo apto para extranjeros, nuevos ricos y jefes. Pero ni falta que hace, o es lo que demuestran en las peñas del ron, donde el más preciado líquido sobre la tierra es el ron de pipa: sumo de bagazo y gasoil. Con un pepino (pomo plástico de 1 y medio litro) alcanza para brindar todo el día, entrechocando las canecas y los jarros, mientras se repiten unos a los otros, con lastimera ironía: “Salud, porque belleza sobra”.

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Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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