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Las playas de Esculapius (V)

Las playas de Esculapius (V)

Las playas de Esculapius (V)
junio 15
06:43 2015

Según los pobladores de más edad, el pueblo tuvo su época de oro, allá por los años en que una arroba de azúcar se pagaba al precio de una barra de oro. La prosperidad llegó con furia descomunal, casi sacrílega, como la misma locura. Y vino un cambio. Como si les hubiera tocado el premio mayor.  Se construyó la represa hidroeléctrica, cerca de la fábrica de jabones; una gran sala de teatro en la Plaza Mayor y hasta se trajo un tranvía de San Francisco. Todos querían congelar aquello para que les durara muchos años, pero el mundo tenía su propia agenda más realista, menos optimista. El pueblo reconoció que no era culpa de nadie sino debido a los ciclos mundiales. Aun así perdieron el sueño.

A las noches de insomnio siguieron años de franco deterioro. Del tranvía solo quedaron los gastados rieles para la historia. Pronto surgieron coches tirados por caballos pulgosos y flacos. Los muebles del gran teatro se astillaron en pedazos y así fue abriéndose paso la miseria asquerosa y astuta como la lepra.

El sitio pronto quedó oculto por coágulos de yerbajos sin recortar, a escondidas entre la playa y el río.

Los nombres ilustres quedaron grabados en los muros del cementerio de los pobres.

Las mantas de polvo cubrieron los despachos de los grandes capataces, también comidos por el comején. Los jóvenes migraron a la capital al no ver futuro. Los viejos quedaron para contarlo todo como hipnotizados, mirando la calle sin ruidos, escarmentados tal vez por la mala experiencia. Hasta que milagrosamente un día, con la llegada de los egipcios, las cosas comenzaron a tomar otro giro.

Fragmento del quinto capítulo de “Las playas de Esculapius” (Alexandria Library, 2015), novela de Miriam Rodríguez Febles ya en Amazon

Se llamaban Sinué y Lame, hermanos de sangre. Ambos médicos-cirujanos acreditados del Oriente. Eran increíblemente jóvenes y tan pulcros que nunca se les vio mancha alguna en sus vestimentas de blanco lino.

Allá en su tierra habían estado mirando al mar con ansias de levantar vuelo, cuando un shaman hindú se acercó para predecirles un futuro hermoso lejos de allí. Desde entonces les era imposible aceptar una derrota. Apenas llegar se abrió un mundo nuevo para aquel pueblo resistente a la mezquindad y el deterioro. Surgió de pronto la admiración por todo el que llevara un libro debajo del brazo. Y es que los hermanos trajeron consigo el propósito de fundar en aquel lugar, y no en otro, un campo universitario.

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Sobre el autor

Miriam Rodríguez Febles

Miriam Rodríguez Febles

Miriam Rodríguez Febles nació en Cuba y llegó a los Estados Unidos en la década del sesenta. Médico, especialista en reumatología, ha ejercido su profesión por 15 años en Coral Gables, Miami. Sus artículos sobre medicina han sido publicados por diversos medios de prensa, y ha participado en foros educativos en la televisión norteamericana. Su primera novela, "Las playas de Esculapius", fue publicada recientemente por Alexandria Library.

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