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Leche condensada

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Leche condensada

Leche condensada
marzo 28
09:17 2017

 

Ella lo miró como quien tiene en mente una bola de gofio con leche condensada.

Eran muy románticos (como un amante, un agujero en el techo, algún pedazo de intemperie, una carie sin dolor, una cal sobre una mancha de lluvia), sus citas culinarias y sus recuerdos de aquellas escuelas de trabajo obligatorio eran además un bálsamo.

A veces preferían andarse de rama en rama que grabar sus nombres en algún árbol. Su generación ya estaba de regreso, pero ella y él eran solamente lo que va después del antifaz y su única diversión en tal desequilibrio denunciaba a sus mentes dispersas, es decir, sin responsabilidad ni conciencia que los salvara de algo concreto, aunque tampoco necesitaban simular que los demás lo entenderían.

Una tarde, cuando regresaban de la playa con toda la sal arriba, al cruzar frente a una zanja de desagüe, ella tuvo una iluminación, como decir una consigna ya repetida: ¡Y si nos vamos para el carajo! El la miró como aquella vez, en otra tarde ya olvidada, donde todo era cancelado por inercia, incluso la forma en que uno en presencia del otro respiraba; tenía ella esa mueca en el rostro como si todo el gofio del mundo no se pudiera meter en una lata de leche condensada.

Para ellos no existían los finales como un éxito, otra exageración, algún sarcasmo. Se trataba de sobrevivir y no de la dignidad. Cortaron la lata donde antes el gofio y la condensada, como su amor, ya habían cuajado un himno para tales circunstancias. Se fueron al malecón, el mismo frente donde la cárcel y el mar les daban selfis, la retro, hasta el forro de sus costuras. Echaron el recurrente al agua y con los pies colgados y de espaldas, en silencio, como pasa después de una destrucción, con toda la ruina como peso.

De pronto, es decir, como un espejismo, la lata fue devuelta por el mar. Y ellos salieron de su acomodo. Estupefactos, como en la vida tropical bajo un sol donde el libre albedrío o la libertad son como las cosas muertas, que tienen su momento de acidez, el golpe de efecto de alguna visita que espolea su falta de esperanza. Y todo pasó, como los carnavales, las puñaladas, los desfiles y los entierros.

Ella leyó un fragmento de la novela rosa de su vida. Él no tuvo una crítica severa sobre nada, como muchos de su generación, como un cine mudo que hace que las galletas de sal y la condensada siempre sean un pasado de muy atrás. Y por resignación ella le releyó el fragmento, no sin antes aclararle, es como el tiempo en que evadimos toda la libertad posible que deberíamos fabricar, pero somos importadores de chatarra, y sin respirar continuó: No es que nos haga más miserables, es que somos como la miseria nacional, siempre en un combate equivocado, sin soluciones. Y chico, tú que eres tan macho, dime si ir a contracorriente de una revolución no es la cara prieta de aquella azúcar que en los centrales llamaban la cosa gorda, la de la ración.

Fragmento de la novela rosa de ellos leída por Ella:

Insistía en mostrar la rosa de su pelvis. Pero la conexión se cortaba. En fragmentos pudo ver algunos pétalos. Su aceptación era tan remota que algunas veces los párpados dejaban ver la sombra de su enojo. Ella intentó persuadirlo de que era su timidez. No hubo alguna queja sobre la forma de mantenerse comunicados. Él desde un punto oscuro en una zona de una ciudad también a oscuras. Ella en la habitación, cerca de una lámpara china, con la imagen de una cruz en el espaldar y una figura de porcelana, también china, junto al vaso con una sola flor.

La vida era para ellos ese blanco y negro de las cosas que continúan así, sin que intenten ser una inconformidad, ni siquiera por contradicción.

Luego se despidieron, él se volvió la oscuridad total, ella todavía con la rosa como un ovillo sobre la pelvis. Al apagar la lámpara, la cruz sobre su cabeza tenía esa forma, como una contraseña con letras y números.

Para él, desde otro ángulo, el gofio era una mente en su luto, pero sin riesgo de padecer por algo que pudiera definirse como una bola de esas.

Nunca amaneces ni dos veces en una sola vida, le dijo ella sin pensarlo. En el silencio en que él se quedó, daba para interpretar que le parecía un disparate. Nuestras vidas y las de nuestros padres tampoco lo fueron –replicó a su silencio–, por eso te digo que no hay formas de hacerlo. Mira ahora hasta donde puedas, el mar lo regresa todo, incluso el silencio, los cadáveres y las historias. Entonces él le dijo en susurro: Tiene sentido, por eso aquello de hundirnos en el mar era la metáfora equivocada. Exacto, dijo ella con alivio. Es como en una cárcel –continuó animada–, le llaman disciplina a la tortura y luego la gente solo espera que te muelan a golpes para entender que es una confrontación entre el poder y las víctimas. Y él la miró con orgullo, como si descubriera que todo el gofio del mundo estaba en esa zona de su cerebro que a veces, cuando despertaba, era como aquella lata de leche condensada que ponía azúcar a las desgarraduras.

Terminaron abrazos por el sudor de sus vidas, sin que ni el gofio ni otra bola pudiera llevarlos más abajo, es decir, al final de aquella calle que era como su país, prisionero de una vida insulsa.

Sobre el autor

Juan Carlos Recio

Juan Carlos Recio

Juan Carlos Recio (Santa Clara, 1968). Poeta y narrador. Su libro “El buscaluz colgado” fue Premio de la Ciudad de Santa Clara en 1990. Obtuvo también una primera mención en el Premio Julián del Casal de la UNEAC, en 1991, con su poemario inédito “Hay un hombre en la cruz”. Ha publicado, entre otros, los poemarios “Sentado en el aire” y “La pasión del ignorante”. Desde el año 2000 reside en la ciudad de Nueva York, donde edita el blog Sentado en el Aire.

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