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Lecturas de César Reynel Aguilera

Lecturas de César Reynel Aguilera

junio 17
15:59 2012

1-0_aa_cesar_rCésar Reynel Aguilera, médico y escritor, nació en La Habana y se exilió en Montreal, Canadá, en 1995. Sus artículos y ensayos son frecuentemente reproducidos en Internet, y su novela R.U.Y. (Alexandria Library, Miami 2007) ha sido felicitada por la crítica: Se trata, según la también novelista Teresa Dovalpage, de una de las mejores crónicas habaneras que ha dado la literatura cubana.

Kiko Arocha. ¿Qué libro estás leyendo ahora?

César Reynel Aguilera. Dos excelentes libros que me traje de Nueva York.  “La máquina del olvido”, de Rafael Rojas; y el poemario “Presentación del olvido”, de Emilio García Montiel.

Estoy en una racha de olvidos.

Los dos libros son un regalo de Verónica Cervera y Emilio García Montiel. Nos vimos allá en Nueva York, durante el evento “Cuba por fuera” (organizado por la NYU), y regresé cargado de libros y recuerdos inolvidables.

KA. ¿Dónde y cuándo acostumbras a leer?

CRA. Donde puedo y cuando puedo. Cada libro invita a una lectura distinta. Los hay que pueden ser leídos con una mano en el vaivén del Metro; y los hay, como el poemario de Emilio García Montiel, que exigen un tiempo de comunión.

KA. ¿Cómo lees? ¿Subrayas y haces notas en los márgenes?

CRA. Leo feliz, siempre feliz.

Durante mucho tiempo creí que podía leer sin tomar notas. Soy médico, y la medicina entrena la memoria hasta niveles muy cercanos al ridículo; pero ya voy envejeciendo y, para más, las cosas que aprendí en español se me confunden con las que después aprendí en inglés o en francés, y se forman unos arroces con mago —plato exquisito, por demás— que me obligan a tragarme el orgullo y aprender a tomar notas.

Subrayar no, eso nunca lo haré sobre un libro de papel.

KA. ¿Cuánto lees?

CRA. No sé. Antes leía más; ahora los ojos se me cansan; y he aprendido a pensar y meditar sobre lo que leo. También leo mucho en función de lo que escribo; para “Razones de Angola”, por ejemplo, a veces leo dos libros para poder escribir un párrafo.

KA. ¿Cuál fue el último libro extraordinario que has leído?

CRA. Son dos —casual y felizmente—: “Vida y Destino” de Vasily Grossman; y “The Road” de Cormac McCarthy.

Me gustan los libros generosos, esos que llevan dentro, en unas cuantas páginas, historias que otros autores nunca habrían resistido la tentación de convertir en libros independientes. “Cien años de soledad”, por ejemplo, tiene epidemias de insomnio y galeones en la selva que habrían dado, sin gran esfuerzo, para novelas independientes; pero ahí están, tendidas como el regalo de un narrador generoso.

“Vida y destino” tiene eso. Es un libro en tres partes, cada una con viñetas numeradas desde el inicio. Las tres viñetas 49 están hilvanadas en una simple historia de amor, odio y perdones. Una historia sepultada —desmembrada— dentro de mil ciento cuatro páginas; como hace la vida con nuestros cuentos, con la única diferencia de que la vida no numera ni deja rastros para que podamos reagruparlas. Igual, casi nunca lo intentamos; o peor, hacemos todo lo posible por evitarlo; pero a veces no podemos, a veces los nombres y los hechos —narrados o vividos, qué más da— saltan para hacernos ver que tres fragmentos distantes y con aparente vida propia están hechos para confluir en algo tan indecible como una novela dentro de otra, como un código perdido dentro de otro… o como eso que llamamos —para protegernos— casualidad. Porque puede ser casual que un escritor de apellido Grossman escriba la historia de un niño judío —de entre cinco y seis años de edad— que protege crisálidas dentro de una cajita de fósforos, que le teme a la ilustración de un libro de cuentos para niños y que termina desvaneciéndose, dentro de una cámara de gas, entre los brazos de una rusa desconocida que lo abraza y sólo atina a decir, antes de su propio fin, un “soy madre” que después estará escrito en el mendrugo de pan que otra madre rusa le dará a un prisionero de guerra alemán. Puede ser casualidad que el escritor sea de apellido Grossman, que el niño de la historia se llame David y que mi hijo, de cinco años y medio, se llame David Grossman; todo eso puede ser casualidad, pero la generosidad de ese escritor es cualquier cosa menos algo casual.

“The Road” es un libro hemingwayano; está hecho de oraciones cortas, párrafos escuálidos y de una historia que cuenta exactamente lo que quiere contar; pero es un libro —al menos para mí— extraordinario y valiente. Un libro que en plena época de demonización de padres y hombres se atreve a contar una historia de ternura masculina en medio de la hecatombe; una historia de valentía existencial — ¿qué es la ternura si no eso?— cuando parece que en el mundo ya nada está. Terminé de leerlo y concebí un texto que me gustaría escribir para hablar, también, de un film titulado “The earthling”, y de otro libro, “Solomon Gursky was here” (escrito por el autor canadiense Mordecai Richler); un texto que he ido dejando por falta de tiempo y que quizás habría olvidado; pero que ahora, después de haber leído la “Oración por el día de los padres”, de Daína Chaviano, sé que escribiré.

KA. ¿Cuáles son los libros que han tenido mayor impacto en tu vida?

CRA. Los seres humanos, como los diamantes, tienen muchas caras o facetas. Cada una de ellas necesita, para brillar mejor, de sus golpes y caricias. Los libros son parte de esa talladura.

Así, al vuelo, puedo hablar de un libro, o de un pasaje de un libro, que me impactó.

Leí “El conde de Montecristo” con nueve años de edad; y el pasaje del Abate Farías negándose a matar me dejó turulato. Yo sacaba los ojos del libro y veía a mi alrededor un mundo de “Patria o Muerte”; y ahí estaba ese viejito diciendo que de matar nada, que él prefería la lenta y compleja tarea de cavar con sus manos en la roca viva antes que matar a su carcelero. La imagen quedó.

KA. ¿Lees ficción o no ficción? ¿Cuáles son tus géneros favoritos y tus autores favoritos?

CRA. Leo las dos; pero disfruto más la ficción. Creo que todo texto que merezca ser leído debe estar hecho para enseñarnos a entender, aceptar y —de ser posible— disfrutar la complejidad del mundo real. Creo que una buena parte de nuestros males se debe a esa tendencia que tenemos a vivir las simplificaciones de la realidad como si fueran la realidad misma, a despojar a las metáforas, por ejemplo, de su hermoso carácter germinal para convertirlas en tristes simplificaciones terminales. La literatura es uno de los pocos antídotos que tenemos contra ese afán reduccionista. A veces me parece, sin embargo, que la no-ficción tiene una marcada tendencia a taladrar semillas para convertirlas en collares; mientras que la ficción, cuando es buena, disfruta plantándolas en esa tierra tan fértil que llamamos imaginación. Al mismo tiempo, creo que la no-ficción es muy buena para entender la complejidad del pasado y del presente; pero la ficción es idónea para enseñarnos a copar con la complejidad del porvenir.

No tengo géneros preferidos. En cuanto a autores favoritos sé que a cada rato regreso a Borges y a Salinger, a Cervantes y a Kundera, a Vargas Llosa y a Octavio Paz. En estos momentos mi escritor favorito es un guajiro de Caimito del Guayabal que se llama Francisco García González.

KA. ¿Prefieres reír o llorar cuando lees?

CRA. Casi nada puede existir en ausencia de su contrario (ni Dios). La risa sin la posibilidad del llanto es imbecilidad; y llorar en un desierto de risas es un desbalance químico del cerebro que llamamos depresión. Vaya, que prefiero los libros que logran alternar entre la risa y el llanto. Eso no quita, por ejemplo, que “The Road”, uno de los libros más deprimentes que he leído en mi vida, me parezca una obra extraordinaria.

KA. ¿Prefieres un libro que te entretenga o uno que te enseñe?

CRA. Hace años que dejé de establecer una diferencia entre esos dos conceptos.

KA. ¿Solamente lees libros de editoriales consagradas o te arriesgas a leer libros autopublicados?

CRA. Las editoriales consagradas están matando la literatura. Cada vez que leo un libro publicado por una de ellas me siento cómplice del crimen.

KA. ¿Cómo escoges el próximo libro que leerás? ¿Vagando por las librerías? ¿Leyendo reseñas? ¿Oyendo recomendaciones de los amigos? ¿Atendiendo a las promociones?

CRA. Amigos e intuiciones.

KA. ¿Cómo compras los libros, en las librerías o a través de la Red?

CRA. Compro muy pocos libros. Dependo mucho del préstamo o del regalo. El último que compré en una librería fue “La mujer del Coronel”, para que Don Carlos me lo dedicara.

KA. ¿Qué títulos para leer están en tu horizonte?

CRA. Ahí están, en una montañita mágica. De arriba hacia abajo: “Cuentos de salir” de Orestes Hurtado; “Jacques y su amo” de Milan Kundera; “De qué hablamos cuando hablamos de amor”, de Raymond Carver; “La conexión bellarosa”, de Saul Bellow; y “La plaza del diamante” y “La calle de las camelias”, de Mercé Rodoreda. Todos sugeridos, prestados y/o regalados por el escritor cubano Enrique del Risco.

KA. ¿Lees libros electrónicos en la pantalla de tu computadora? ¿Compraste un lector de libros electrónico o lo tienes en la mirilla?

CRA. En la pantalla de mi computadora leo el internet, pero no puedo leer libros; cuentos sí puedo leer, pero los libros se me antojan muy largos para estar sentado siempre en mismo lugar y en una misma postura.

Estoy loco por tener un Kindle. Creo que a finales de este año, cuando los precios bajen, me voy a comprar uno, o dos, porque también estoy loco por regalarle uno a mi madre.

El libro de papel y tinta siempre me ha parecido un objeto arcaico e incómodo; una cosa que se rompe, se ensucia, se le desprenden las páginas o cambian de color; que ocupa espacio, cría polvos, polillas y resulta un verdadero tormento a la hora de buscar una información puntual. Así que en cuanto me pueda comprar un libro electrónico me voy a sentir como en un sueño cumplido.

http://www.alexlib.com/

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Sobre el autor

Kiko Arocha

Kiko Arocha

Modesto Arocha (Kiko). Nació en La Habana en 1937. Ingeniero en Electrónica y doctor en Ciencias Técnicas. Llegó a Estados Unidos en 1995 y decidió reinventarse como traductor y editor de sitios web y de libros, para lo cual fundó la editorial Alexandria Library (www.alexlib.com) en Miami. Es autor del bestseller "Chistes de Cuba", una antología de chistes populares contra el castrismo que recopiló en la Isla.

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