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Lecturas de Gabriel Cartaya

Lecturas de Gabriel Cartaya

agosto 02
21:10 2012

0_cartayaGabriel Cartaya nació en Cuba en 1951. Fue profesor de Historia en la Universidad Pedagógica de Manzanillo durante las décadas de 1980 y 1990. Es Máster en Estudios de América Latina,  El Caribe y Cuba,  por la Universidad de La Habana.  Ha impartido cursos de postgrado y conferencias en universidades de Cuba y los Estados Unidos. Ha publicado los libros Con las últimas páginas de José Martí, Editorial Oriente, Cuba, 1995; José Martí en 1895, Ediciones Bayamo,  2001;  Luz al universo, Editorial Gente Nueva, La Habana, 2006, y De ceca en Meca, Editorial Betania, Madrid, 2010. 

Vive en Tampa, Florida, y dirige la Revista Surco Sur, de arte y  literatura hispanoamericana.

Kiko Arocha. ¿Qué libro estás leyendo ahora?

Gabriel Cartaya. Estoy leyendo algunos libros que me faltaban de Camilo José Cela, ese prolífico escritor español del siglo pasado que manejó la lengua española como uno de sus grandes maestros. Me refiero a Nuevas escenas matritenses, Tobogán de hambrientosOficio de  tinieblas, libros que me ha regalado la poetisa puertorriqueña Maribel Sánchez-Pagán, excelente amiga. Es impresionante el desenfado con que trató temas que hoy llamaríamos marginales, con la misma exquisitez que profundizó en lo culto, lo clásico. Ese equilibrio entre lo culto y lo popular lo convirtió en un escritor de amplias multitudes. Su primer libro La familia de Pascual Duarte es tal vez la obra más traducida después del Quijote. El humor es uno de los signos sobresalientes en la obra de CJC, en una escritura donde el manejo de la lengua alcanza los más altos niveles. Yo había disfrutado mucho el humor de otro escritor español, Enrique Jardiel Poncela, quien nos hizo reír y pensar con La Tourneé de Dios, con Pero hubo alguna vez once mil vírgenes y otras obras, y después me encontré con CJC, de un humor aún más elaborado, para muchos insuperable. El erotismo –del que no siempre se escribe desde sus verdaderas esencias– tiene en este autor un sentido muy natural, descarnado, muy agudo y del que se sirve para juzgar tanta moralidad aparente. Por ejemplo, en Oficio de tinieblas, hay que ver en sus líneas a un Diógenes masturbándose por toda la ciudad de Atenas, delante de todos, sin dejar de ser virtuoso porque respetaba las instituciones.  O decir que las mujeres de los ajusticiados  dejan que el verdugo palpe sus nalgas  y otros lugares subsumidos, porque sus manos fueron las últimas en tocar el cuerpo del amado. O que Arquímedes traicionó al cuerpo al proclamar que todo falo introducido en una vagina desaloja el justo volumen de carne que precisa para la eyaculación del macho y el orgasmo de la hembra. Cosas de Cela, claro.

KA. ¿Dónde y cuándo acostumbras a leer?

GC. Cuando tienes la costumbre de leer, que en mí viene desde la niñez gracias a la influencia de mi padre, solo necesitas un fragmento de escritura y un hilo de luz, donde quiera que estés, a cualquier hora en que andes despierto,  para viajar línea a línea por el mundo físico, real, fantasioso, alegórico, espiritual, histórico, alucinante,  que se te abre párrafo tras párrafo  mientras vas con el imaginario encendido. Eso no niega que hay lugares especiales, donde el silencio, el entorno natural, aportan mucho al disfrute de la obra que tienes en las manos. También depende del contenido del libro: para leer historia con mirada investigativa he preferido las bibliotecas y los archivos, incluidos los personales que uno ha ido montando donde quiera que ha vivido; con una novela ha sido bueno el campo y con poesía el mar.  Pero es una experiencia particular, por lo que han significado estos espacios en lecturas que te marcan para siempre, más desde el impresionismo incontaminado que con el ojo crítico del investigador.

KA. ¿Cómo lees? ¿Subrayas y haces notas en los márgenes?

GC. Con muy pocas normas, igualmente. En general, hago muchas notas en los márgenes de los libros que he adquirido y también subrayo, a veces usando diferentes colores. Comprendo que esto puede tener consecuencias perturbadoras para quienes después necesiten leer estos libros. Y de verdad que si al obtener un libro ya alguien lo espera, evito hasta donde puedo hacerle marcas. Pero creo que es la manera de personalizar tus libros, como se hace ahora con una computadora. Las notas que pones allí, interrogantes, signos, abreviaturas, a veces enredadas y con flechas en busca de espacio donde terminarlas, alcanzan una identificación con el texto que no siempre puede ser igualada en una página en blanco.

KA. ¿Cuánto lees?

GC. Depende del tiempo. No me refiero a la disponibilidad del tiempo físico, que a quien le gusta leer siempre lo encuentra. He escuchado a muchas personas decir que no leen porque no tienen tiempo. No creo que esa sea la razón, porque cuando te envicias con la lectura –que es una adicción que solo va disminuyendo con la pérdida de la visión– siempre encuentras un fragmento del día para abrir un libro, una revista, una hoja suelta. Estoy pensando en el tiempo psíquico, en el condicionamiento mental. Y es como en todas las cosechas: hay años buenos y menos buenos para la vendimia. También depende del tipo de lectura en que estés concentrado. En la época más productiva he podido leer una novela de 400 páginas en un día, así fue con los cinco tomos de Los Miserables que publicó Ediciones Huracán, en Cuba, por los años 60. Ahora no es así, si estoy leyendo una novela que me gusta y tiene alrededor de 400 páginas (para seguir con esa cifra), le dedico una semana. Muchas veces se están leyendo varios libros a la vez: una novela, algo de poesía, algo de Historia, algún ensayo. Con la edición de la Revista Surco Sur, que hago en la actualidad,  muchas veces leo varios ensayos al día y cuando termino este trabajo, abro una novela para leer algo que no tiene nada que ver con el trabajo que he estado haciendo.

KA. ¿Cuál fue el último libro extraordinario que has leído?

GC. El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura. Uso el adjetivo desde una impresión personal, es un libro reciente y aunque ha sido bien recibido por la crítica, el tiempo dirá si queda anotado en esa casilla que corresponde a extraordinario. Por cierto que el primer libro a que adjudiqué ese calificativo se llama Un verano extraordinario, de Konstantín Fedin, autor que se incluye en la tendencia del realismo socialista, pero a aquellas novelas iniciales no les buscábamos escuela. Bueno, el libro de Padura disecciona esta época, por la mirada profunda que se detiene en los años del poder soviético, con todas las ramificaciones que desprende de la figura de León Tortsky. La manera en que Padura logró imbricar los hechos históricos de la revolución rusa,  la caída de la república española, ambientes de la revolución cubana,  el pulso entre discurso y acción, entre sueño y realidad,  modelando la figura del elegido para matar a Trotsky, es realmente genial.

KA. ¿Cuáles son los libros que han tenido mayor impacto en tu vida?

GC. Primero, La Edad de Oro, de José Martí, ese manojo de cuentos, poesía, historias,   cargadas de belleza y enseñanza que, aunque fueron publicados por él dispersos en cuatro números de una revista que solo pudo vivir igual número de meses, por suerte los tenemos desde hace muchos años agrupados en forma de libro. Porque fue un impacto desde la niñez. Después de La Edad… casi toda la obra de Martí: cartas, ensayos, periodismo, poesía. No solo por toda la renovación y riqueza que Martí imprimió a la lengua española, lo que muy temprano reconocieron Darío, Unamuno y tantos grandes escritores, sino por la elevación moral, espiritual, por la sinceridad del humanismo que se respira en cada una de sus palabras. Pero son muchos libros, casi todos dejan un efecto, algún servicio, unos temporalmente, otros para siempre. No he sido un lector con un sistema, con un programa de lecturas,  pero en algún tiempo pude seleccionar lo que quería leer: literatura rusa, la del siglo XIX, la grande (Dostoievski, Gogol, Tolstoy, Chéjov), tal vez la más alta de su siglo; la hondura psicológica, la penetración en el comportamiento de la sociedad humana, es insuperable en estos autores. De los franceses Hugo, Balzac, Stendhal,  Flaubert. Todos ejercieron un gran impacto, es como si Jean Valjean, Papa Goriot,  Julien Sorel, Madam Bovary, hubieran seguido acompañándonos como amigos. De los autores españoles la permanencia de los poetas, la relectura a cada rato, es muestra de su impacto: Juan Ramón Jiménez, Machado, Lorca, Miguel Hernández, para no hablar del Siglo de Oro, a quien  tanto deben todos los escritores de la lengua española. De la literatura hispanoamericana, un impacto especial, por la cercanía cultural. La literatura de la barbarie, de la selva, del hombre frente a la brutalidad del medio físico y social, en una época de juventud fue impactante: Don Segundo Sombra, La Vorágine, Doña Bárbara, anduvieron por ahí. Y de la literatura norteamericana, el impacto más permanente ha sido Ernest Hemingway, con todo lo que influyó Poe, Mark Twain y otros. Finalmente, no puedo dejar de recordar El Principito, para toda la vida.

KA. ¿Lees ficción o no-ficción? ¿Cuáles son tus géneros favoritos y tus autores favoritos?

GC. Leo ficción y no-ficción en proporciones bastante equilibradas. Claro, ficción esencialmente cuando recrea, enriqueciéndola, la realidad. Mis preferencias están en el cuento, la poesía y la novela, para no hablar de los libros de Historia, que han sido, centralmente, mi trabajo. Pero aún para leer historia, doy mucho mérito a su exposición novelada. Entendí mejor la batalla de Waterloo cuando la encontré en un capítulo de Los Miserables, y la grandeza del dos de mayo en la historia española cuando se la leí a Benito Pérez Galdós. Ya te dije anteriormente sobre autores favoritos, pero ahora me permites ampliar: en cuento, los cubanos Onelio Jorge Cardoso y Félix Pita, Borges, Horacio Quiroga, O’Henry, Chéjov, Maupassant… En novela, García Márquez,  Kafka, Rulfo, Thomas Mann, Joice, Umberto Eco, William Faulkner,  Marcel Proust, Carpentier, José Soler Puig (ese gran novelista de El pan dormido, que casi nadie menciona), y un largo etcétera. Algunos por una obra, otros por la totalidad de su escritura.

KA. ¿Prefieres reír o llorar cuando lees?

GC. Creo que existe un placer estético innombrable en el instante de la rara combinación de un sentimiento de tristeza expresado en una sonrisa. Para mí, es un acto de solidaridad muy hondo hacia la pena por la que pueda estar atravesando un ser humano. La grandeza de la literatura, está en saberlo equilibrar. Por ahí encuentro una vox veritatis. Y prefiero sonreír con el descubrimiento de una intención que el autor no te está regalando cómodamente, cuando te obliga a un ejercicio mental para disfrutar la frase.

KA. ¿Prefieres un libro que te entretenga o uno que te enseñe?

GC. No hay mayor entretenimiento que el placer de aprender, sentir aquellas palabras de Martí cuando decía que el hombre debía echarse a llorar si le ha pasado un día sin aprender algo nuevo. De manera que el mismo libro abierto ha de entretener y enseñar, de lo contrario no es un buen libro.

KA. ¿Solamente lees libros de editoriales consagradas o te arriesgas a leer libros autopublicados?

GC. Es una pregunta complicada, pero de mucha actualidad. Creo que una editorial consagrada, incluso un autor consagrado, puede ofrecer un mal libro. De manera que limitarse a leer lo que ofrecen estas casas establecidas, con todo y lo selectivos que puedan ser a la hora de decidir lo que publican,  pudiera privarte de leer una buena obra que un autor desconocido pudo ofrecernos con el sacrificio de una impresión pagada por él.

KA. ¿Cómo escoges el próximo libro que leerás? ¿Vagando por las librerías? ¿Leyendo reseñas? ¿Oyendo recomendaciones de los amigos? ¿Atendiendo a las promociones?

GC. Hay un poco de todo esto, creo que exceptuando lo de las promociones, que viene siendo algo así como los especiales que nos ofrece el mercado. Con las reseñas tengo también mis dudas, como con los prólogos, que prefiero leerlos después de terminar el libro. Atiendo más las recomendaciones de amigos, con aquellos que he compartido lecturas, discusiones, búsquedas. Pero a esta altura, busco el libro esencialmente por el conocimiento de su autor.

KA. ¿Cómo compras los libros, en las librerías o a través de la Red?

GC. Compro más en librerías, pero comprendo que cada vez va siendo más cómodo adquirirlos por internet.

KA. ¿Qué títulos para leer están en tu horizonte?

GC. Por lo menos dos novelas absolutamente diferentes. La caverna, de José Saramago, donde el autor valora la sociedad consumista de nuestro tiempo, bajo el prisma de lo que él llamara: “vivimos observando sombras que se mueven y creemos que eso es la realidad, esa realidad que hoy llamamos virtual”. Y Los hijos del Grial, de Peter Berling, que va al medioevo y donde creo poder encontrar entrecruzadas mucha historia e imaginación, aunque tal vez no a la altura de El nombre de la rosa, a cuya versión cinematográfica está vinculado este autor. 

KA. ¿Lees libros electrónicos en la pantalla de tu computadora? ¿Compraste un lector de libros electrónico o lo tienes en la mirilla?

GC. En la pantalla de mi computadora puedo leer algún cuento, narraciones cortas, pero en ningún caso disfruto la lectura igual que en el papel. Tal vez porque me hice lector en el siglo pasado. Para una novela necesito el papel, acariciar la página con la yema del índice y pulgar, como nos enseñaron desde niños. La ternura, el calor del papel,  no puede sustituírmelo una pantalla fría. A determinadas lecturas, como al amor, no les quiero virtual. De hecho, no he adquirido todavía un lector de libros electrónicos, aunque respeto mucho a quienes ya lo están disfrutando. Tampoco busqué nunca, no sabría hacerlo, una novia por Internet.

KA. En caso que tengas un lector de libros electrónico como Kindle, Nook o iPad, ¿puedes compartir tu experiencia?

GC. Me falta la experiencia, pero en cuanto la alcance, voy a compartirla. Creo que cuando los jóvenes de hoy envejezcan, recordarán a su viejo Kindle –al que seguramente también acarician– con la misma nostalgia que ahora estoy mirando al papel, al que retengo con mucha fidelidad.

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