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Lecturas de un concurso

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Lecturas de un concurso

Dos de los miembros del jurado, Víctor Manuel Domínguez y Jorge Olivera, junto al ganador, Angel Santiesteban

Lecturas de un concurso
junio 08
05:49 2016

 

Todo concurso literario —como en este caso el Concurso de narrativa Reinaldo Arenas 2016, en Cuba— puede ser una muestra y, según la lectura que el jurado haga del reflejo sociocultural de este certamen, esta indagación podría servir para reconocer de una manera fidedigna lo que en estos momentos está aconteciendo en buena parte de la narrativa nacional cubana y, de hecho, tener una idea de lo que sucede asimismo en determinados sectores culturales de la isla, en específico entre los jóvenes.

Este trabajo no pretende hablar de una encuesta ni de una muestra definitiva. En efecto, estoy muy lejos de pensar así. Solo que aprovecho la oportunidad que he tenido para leerme un buen número de relatos y novelas que me permiten bosquejar una idea de acercamiento, aun cuando sea mínimo, a las ideas que están bullendo en las cabezas de muchos escritores que intentan reflejar alguna parte de la realidad cubana actual.

De aquí que —de las más de cincuenta obras llegadas al certamen— se pudieron extraer una serie de consideraciones negativas y positivas que, en esencia, han terminado siendo enriquecedoras, pues permiten medir un tanto, desde una perspectiva social y literaria, el supuesto valor —como ya dije— de una buena parte de la narrativa actual, por encima, incluso, de toda censura e intimidación del oficialismo político impuesto. Y digo “supuesto”, porque muchas veces, más allá de la censura aplastante de la dictadura castrista, la atmósfera de tensión con que se vive en la isla impone lo que se ha dado en llamar “autocensura”; y todo ello, por supuesto, ha conspirado y conspira contra la mejor literatura posible. Hay que tener en cuenta que el régimen no ha cejado ni un instante en su presión ideológica contra los escritores y artistas cubanos, quienes están bajo un sistema despótico y despiadado hace ya más de 57 años.

Sin embargo, este Concurso de narrativa Reinaldo Arenas da suma importancia a la rebelión intelectual, debido a que proyecta —por la consabida naturaleza iconoclasta de Arenas—un potente llamado literario a la libertad. Por lo que, de hecho, permite hacer desde las obras enviadas al certamen cierta valoración psicosociológica de cómo está, o por dónde anda la fertilidad narrativa, o no, de un buen grupo de escritores que con esfuerzo y valentía se proponen decirnos algo de ese planeta-Cuba tan aislado, extraño y enajenado que les envuelve desde hace ya ¡tantos años!

La insoportable levedad del caos

De modo que desde los primeros cuadernos que leo, en realidad, siento que son relatos que ansían fluir como pensamientos fragmentados; otorgan un tanto la sensación del automatismo del subconsciente, donde en verdad no importa (o más bien, no parece importar) el hecho de contar una historia. Es como que la historia es el caos total, en cada uno de los relatos, y el caos como unidad del conjunto. Así, la automatización y fragmentación, como recursos discursivos, buscan deslizar el objetivo de una ligera (o a veces velada) crítica política, digamos, pero cuidando de no llegar al punto central de una ficción que pueda representarse en uno o dos personajes mesiánicos que sí son el núcleo causal de cualquier historia extraliteraria que rodea a estos libros (aun cuando, en realidad, para la buena literatura no hay nada extraliterario que interrumpa u opaque el curso y final de una fábula bien concebida. Desde una perspectiva del talento o creatividad literaria, mediante elementos semióticos, por ejemplo, se puede llegar al meollo o causa original de toda problemática política, social y, en general, cultural del contexto que rodea a los libros en cuestión).

Por otra parte, en una que otra novela se define algún mundo, también de desorden y confusión, como si todo fuera a diluirse en la Nada; pero en esencia es un contenido de puro existencialismo, porque ¿la novela?, o ¿la descarga de un subconsciente?, parece apuntar a la necesidad de vivir siquiera a través de la palabra, de los engarces de ideas, imágenes y metáforas superpuestas, imbricadas en el deseo del autor de sacar el conflicto de su propio interior.

El primer grupo de las historias que leí —novelas y relatos— no parecen tener ilación. Casi todo se siente fraccionado, como ya he dicho, en ideas como superpuestas. Es de señalar asimismo que se busca un equilibrio con lo hecho por algunos clásicos, y también se recurre al cine. Puedo añadir que lo más importante, al parecer, por supuesto, es querer decir cosas; extraer cosas de adentro de uno, lo cual es muy válido, pero también es de notar que se hace con mucho cuidado; para decirlo más directamente: “no se quiere jugar con el mono, o los dos monos, sino solo con la cadena”, para sobrevivir.

En todos estos relatos y novelas se nota la influencia magnífica (quizás no conscientemente) de un Guillermo Vidal, el escritor tunero fallecido en 2004 y maestro indiscutible de esta consideración de umbral; es decir, maestro de la mejor técnica narrativa y de sugerir corrientes entre dos aguas, además de un depurado poder de léxico y estructura del lenguaje. Con la diferencia de que el “Guille”, en una novela como Matarile, fue incisivo políticamente y con ello dejó ver hasta la médula de los huesos del sistema castrista, como al mismo tiempo el protagonista de su novela proyecta a través de una cuerda-locura la desintegración social e institucional del país, por parte de las coacciones y los mecanismos ideológicos del régimen castrista.

Asimismo, encuentro contactos, de cierta manera generalizada, con una narrativa del Boom latinoamericano, en cuanto a una dispersión un tanto alocada y en la que creo se intenta protagonizar el uso de la palabra; la palabra como un sujeto más de la acción y la palabra como un recurso más de exorcismo.

Otra cosa es que en los primeros ocho libros leídos —aun cuando se intenta dar esa mencionada importancia a la palabra, por otra parte, contrariamente, hay largos fragmentos que reflejan un discurso uniforme, insípido, digamos, como si esos libros fueran escritos por un mismo autor; fragmentos en los que no se puede encontrar estilos individualizados sino una exacta o indistinta expresión; un poco, una misma manera de ver el mundo de la isla, incluso, desde una perspectiva que no tiene que ver nada con el mundo exterior; es como si Cuba —por estos estilos al unísono— fuera la totalidad del mundo.

En la medida que leía más libros de los presentados, iba encontrando una cierta evasión de la acción de cualquier historia, y hasta iba notando la falta de anécdotas. ¿Será ello un síntoma psicosociológico de un buen número de escritores cubanos actuales? ¿Es que la novela, o el relato, se están convirtiendo en Cuba en algo así como una manera de “descargar” (extravagantes desahogos de la psiquis para no explotar), decir cosas aun cuando estén ajenas a la realidad circunstancial del narrador? ¿Es que el narrador, en los nuevos escritores de la isla, se encuentra identificado; o peor, fundido con el protagonista y el autor? Y yo me decía: “Si fuera así, ello podría estar infiriendo que la censura del Gobierno y la autocensura de los autores están ganando la partida no solo en el hecho de que el Estado estaría aún manipulando a una buena parte de los creadores, sino además en que la narrativa no se encontraba reflejando la verdadera realidad de la isla”.

Lo poético-existencial

Sin embargo, más adelante fui encontrando un cierto impulso, que más que instinto era un deseo de expresión y de decir cosas. Esto venía a ser en la psicología que se desprendía de otras nuevas narraciones que continuaba leyendo; y era, realmente, la posibilidad de “encontrarse” con lo poético.

De manera que empecé a tener una sensación más humana, como el hecho de hurgar un tanto en la intimidad inconsciente que el autor necesita proyectar. Y que yo ahora lo observo como una mayor connotación y gusto por la palabra, pero que, al mismo tiempo, se siente con fuerza el paso por un tamiz o filtro de la conciencia. Hay ya un sentido de la imagen que se llena de belleza y al mismo tiempo trasciende por su desgarramiento existencial.

De hecho, he comenzado a sentir un intento más logrado de experimentación; aunque esto puede verse también como un modo de dar —los autores de otros ocho libros— algunos pasos existencialistas sin complicarse mucho la vida; es decir, la vida circunstancial que tiene todo escritor y artista cubanos en estos momentos.

No obstante, a veces hay ideas (o conjunto de ideas) de una realidad profundamente bella que sale a flote, como por ejemplo, en este párrafo de Carlos Esquivel, en su Diario de Caín:

Por supuesto que en esas historias estoy yo. Encabezo el cast simbólico, la rutilante estrella de los sueños. Bueno, yo y las inclemencias que persiguen a un personaje como el mío, que es el mismo (sin que lo sea en la voluntad de su máscara) al de la vida real, trasplantado a otra dimensión pero con el mismo equipaje. Hay diferencias entre el sueño y lo que es mi vida. Como Teseo crucificado en la inútil simbología de su viaje. Aquí mi familia no es mi familia. Mi país, y esto es lo peor, no es mi país. Quizás se trate de un país escondido en un futuro medianamente lejano. Quizás se trate de otro país aunque tenga el mismo nombre, las mismas coordenadas geográficas de mi país.

El día de mañana es el día de no soñar. Mañana estaré donde mismo, pero no seré el mismo.

Mañana me preguntaré otra vez, ¿era un sueño? Y tendré que responderme lo mismo de siempre: no era un sueño.

De eso se trata, de confundir los límites.

Estos párrafos son de una gran belleza existencial. Y lo son por el desgarramiento que resalta en el escritor la angustia de sentirse perdido. Este texto recuerda un tanto cualquier exposición del realismo crítico de la narrativa estadounidense de los años 50. Por otra parte, pienso que ello es lo que está en la conciencia (que no ya en el subconsciente) de muchos nuevos escritores cubanos: “el límite entre el sueño y la realidad” si se quiere ver desde cierta perspectiva metafísica. La confusión que salta constantemente por no explicarse el proceso de vida que tienen. La ansiedad y necesidad terrorífica de no querer (¿poder?, ¿autocensura?) calificar ni describir la realidad ficticia como realidad-real-corpórea-objetiva del ser (que es y) que está ahí, en su circunstancia concreta.

Es la necesidad, imprescindible, de buscar la mejor metáfora para expresar no solo lo que el escritor siente, sino además la realidad cruda y tangible de la vida en ese país, que verdaderamente no le pertenece (al escritor, digo). Por eso el sueño también es confuso; es como un péndulo que va de un lugar a otro, que es, y no es.

Aun cuando ya había avanzado mucho más en la lectura de estos libros, quizás como en un primer recuento podría decir que el camino de estos nuevos autores en esta otra etapa parecía ser el de la frustración total. En otras palabras, si los escritores no pueden criticar, incluso, porque se juegan su presente y su futuro en ello (o al menos, se juegan una existencia carcelaria o de resignación anodina), pues entonces —sugerirían ellos— “vamos a darles en nuestros escritos una vida de agobio, de cero esperanza, vamos a echarles en cara (al lector y a los podridos vejestorios que reglamentan diabólicamente la vida en la isla) que nos morimos lentamente en la más despiadada forma de sufrir, a fuego lento”. O sea, que “vivimos muriendo pero para decir (y decirles), que ellos no acaban de comprender que ya se murieron hace mucho tiempo y se encuentran enterrados en el peor de los panteones posibles, que es el de la infamia histórica”.

Realmente ya estaba contando con algunas narraciones que se convierten en un grito desesperado. Hay en ellas un estoicismo de la condición humana, porque demuestran que tan solo el hecho de escribir, de querer crear por encima de todo, resulta una resistencia estoica; aun cuando los escritos a veces sean de una manera oscura. Pero el problema queda latente; es decir, el hecho de que no acaba de darse una decisión para definir su estatus de creador, su estatus de ser; de decir creativamente “quién soy”, y “quiénes son ellos” de una vez por todas. Entonces, de hecho, las obras quedan sesgadas; no llegan a cuajar, puesto que es imposible no compararlas con el contexto político donde se producen.

Sin embargo, también he venido sintiendo que estos libros forman parte de un nuevo espíritu y de una nueva instancia humana que rechaza todo lo podrido de ese gran conglomerado de carcamales y seniles no solo por sus cuerpos, sino por sus mentes; con ideas ya perdidas en el tiempo; gestas falseadas por un espejismo que ya no es dramático, sino patético; un oprobio histórico, indigno, innoble, abyecto; ideas que no tienen ningún valor y que huelen a rancio; a sobra descompuesta, putrefactas, corrompidas, infectas, purulentas, ulceradas, pasadas y picadas.

El leimotiv invisible

Sucede que empecé a encontrar historias que logran completarse, con su linealidad, con su ilación, aun cuando la crítica quedara a medias; pero esto no me importa porque descubro siempre que hay un deseo que se generaliza, y es el hecho de emigrar (y ello a la larga conspira contra la dictadura).

Sí, es lo que descubro al final de muchas de estas historias, en el tercer grupo de libros que seguí leyendo. Eso de comprender por encima de todo que lo que realmente interesa es emigrar. Un gran número de las situaciones humanas de un mundo sórdido como el de Cuba, termina siendo el escenario para un telón de fondo que se cierra con las personas queriendo irse, para desaparecer de esa dimensión ya perdida, devastada. Es el Hombre Nuevo que ellos procrearon y que elige vivir en Estados Unidos. Entonces nos damos cuenta de que, en la verdadera realidad, son ellos los reaccionarios; los que han dado lugar a la evasión del mundo nativo y a la preferencia por lo extranjero. Y, al revés de todo, no se podría ver esta crítica sino como positiva, como un recurso que señala la falsedad del régimen. Estas narraciones, por su visión del mundo, digamos, conforman la belleza de lo terrible.

Entonces logramos comprender que la ansiedad por emigrar o escapar del mundo de la isla a través de cualquier cosa; la acción de salirse del país, a como dé lugar, es esa posibilidad que se da en la mente del protagonista de Polen, la novela de Atilio Caballero; es ese “esta noche voy a volar”, ¿monólogo interior?, que a punta de palabras bien trazadas, y desde la perspectiva de alguien que rompe con su propia enajenación, se convierte en una gesta, en una proeza en busca de la libertad y la existencia:

¿No es el libre albedrío un derecho natural? ¿No lo es también la libertad de cada uno? ¿Qué es lo que hace entonces que casi cualquier manifestación de libre albedrío sea “castigada” con la privación de la libertad? No se puede seguir creyendo que todo se reduce al simple conocimiento de las necesidades. Eso no basta para definir lo que yo creo que es la libertad. Yo, por ejemplo, me precio ahora de conocer muy bien cuáles son las mías, mis necesidades, quiero decir, y eso me permite conocerme mejor y ser más seguro, pero no más libre. El valor supremo de la libertad queda demostrado al convertirse ella en el blanco por excelencia de cualquier represalia, en la diana donde confluyen todos los dardos punitivos. Reconocer esto implica goce y temor simultáneos. Decía Junger que el temor era uno de los síntomas de nuestro tiempo, síntoma que produce tanto más aturdimiento cuanto que está unido a una época de creciente libertad individual (Atilio Caballero, Polen).

Y la “libertad” deviene un leimotiv invisible; en otras palabras, una de las esenciales realidades de buena parte de la literatura cubana actual. Porque hasta en las otras anteriores lecturas también se encontraba encerrado este concepto; y es —repito—un gran valor político, social, económico y, en general, cultural, ineludible, a tener en cuenta (la realidad circunstancial no se puede desechar nunca porque también es creadora principalísima del arte y la literatura); es un imperativo corpóreo y espiritual que conforma la realidad por ser el sentido de una frustración galopante.

Y es claro, todo ha cambiado; no hay patria ni país siquiera que interese porque los años de nihilismo lo han malogrado todo, o casi todo, sino que lo que importa es buscar y encontrar la libertad donde quiera que esté. Pero entonces qué queda: pues es cuando poco a poco se van diluyendo los velos del miedo y todo se transmuta en resistencia y lucha pacífica, eso es lo que se va imponiendo lentamente, y es lo que desde hace tiempo ha empezado a ganar la calle, y cuando ya se instaure será definitivo, hasta que desaparezca el último átomo de la nación si fuera necesario.

A veces he encontrado relatos en los que el ser está vacío, y en que los que nada más se mantiene el deseo de consumir, aunque sea algo, porque nunca se ha tenido nada. Aquí en ocasiones también el conflicto se presenta entre el amor (¿o el gusto?) por otra persona, o lo que nunca falta, la posibilidad de emigrar, como ya he venido viendo (incluso, hay que decir, que ya no se emplea la palabra “exilio”); y otro de los conflictos, además, es el del problema o ahogo de la familia que siempre quedaría en la isla (la familia como rehén). En este sentido, otro de los ejemplos podría ser una novela como Lejanas cercanías, de Carlos Santos Montero, en la que sale la descomposición humana a través de la política de un país totalitario.

Es cierto que a veces encontré algún que otro libro en el que se pretende dejar ver una fábula con simbólica crítica política; pero este tipo de narración, aun cuando por el afán de crear una enorme parodia de lo que es la historia real, pareciera correr el riesgo de crear una especie de circunloquio y de divagación, no llega a perder la potencialidad de una enorme acusación política.

De igual manera puede suceder cuando la crítica es directa y, de hecho, la historia pretende alimentarse de digresiones. Por supuesto que una novela debe/y hasta tiene que/llevar digresiones. Y es aquí cuando se despierta el talento del novelista. Las digresiones parecen ser ampliamente atractivas, aun cuando toda digresión significa —por naturaleza— un freno al avance en la acción de la trama, en este caso no se siente el estancamiento de la narración. Por tanto, esta breve obstrucción puede sentirse como un bocadillo exquisito o, al menos, de alguna manera hacerse interesante.

En otros casos, hay relatos que se presentan muy bien escritos (quiero decir: el hecho de que el narrador es alguien que maneja muy bien la palabra); una palabra que se expande con muy buenas ideas, imágenes o microhistorias. Y si bien es cierto que se detiene un poco la acción, lo que podría hacer que en última instancia no se llegue a ningún lado, el esfuerzo es válido porque permite, narrativamente, el desbroce de un camino hacia una visión del mundo más enriquecida; y esto como quiera que sea es el anuncio de algo nuevo.

Literatura tecno

No deja de sorprender algún que otro escrito de hipersensibilidad electrónica. Es algo así como escritura para los frikies, para los grupies y lusers. En realidad, pienso que es algo nuevo para la narrativa cubana actual; algo que se narra a modo de descripción, y que hasta ahora me convence porque se encuentra bien escrito, y quiere, y logra dar, lo más alocadamente nuevo que se está haciendo. Por su parte, aquí la crítica que hace esta narrativa no solo es al Gobierno, sino a todo lo que es anterior. Es indudable que se crea un prodigio de alucinaciones, de juego original, en algún momento, como es el caso del conjunto de los dedos de los pies. Ello deja en el aire un sentido novedoso de hurgar en la imaginación, y de pronto el mundo se va haciendo digital. Por ejemplo:

Es obvio que algo traman. El pulgar izquierdo, definitivamente el cabecilla, se encoge en una prepotente reverencia grácil. Los otros nueve tienen un movimiento desincronizado, como cuando quedan sin medias. Los tapo con la sábana, pero continúan moviéndose, levantándose, murmurando, cuidando que el ventilador no los delate al soplar sobre los pliegues de la sábana.

Ya deben tenerlo todo listo. No sé qué pretenderán, pero temo. Levanto la sábana y miro abajo. Veo al meñique izquierdo recostado sobre el anular.

Lo han convencido: todo el mundo sabe lo insidioso que puede ser un dedo anular. [Julio Jiménez Jardines: Ácido (Dubstep Manifesto Remix)]   

Hay un rechazo al mundo normalmente conocido, aun a la sociedad en toda su expansión, ya no solo a las directivas y conductas políticas de la dictadura. Y es un repudio como natural, que se da por sabido cuando se emplea, digamos, el término de “asalariados”. No obstante, este mundo tecno no es el de la realidad extraliteraria general, sino que posiblemente es un sector de la juventud que puebla todo el mundo mental de este tipo de autor (deben existir muchos más como él, por supuesto). El orbe de su historia muy bien intenta ser “futurista”. Es una visión de la literatura —de la poesía en específico—desde una supuesta proyección futurista. Como si esta fábula actual y tétrica de Cuba fuera el presente, y para el protagonista nada más valiera la pena el “ácido” (droga) y su consideración de la poesía:

Que tengan cuidado con lo que leen y escuchan, que hay mucha gente por ahí creyéndose poeta, que la verdadera poesía dub está en el underground y el nintendo hardcore. [Julio Jiménez Jardines, idem]

     Toda la cultura y el mundo en la mente de este autor gira en torno a la música tecno y a los productos y mecanismos electrónicos más el “ácido” divino, que es lo que alimenta el alma de este nuevo ser. En definitiva, es la irrupción de algo nuevo, al parecer, en la literatura cubana. Y esto, indiscutiblemente, la hace más saludable. Crea la posibilidad de un cambio provechoso a futuro. Y esto es lo importante.

El gran final

Para un jurado, llegar a un punto culminante después de tanta lectura es un gran alivio, porque antes, al principio, mientras leía los trabajos enviados a este Premio de Narrativa Reinaldo Arenas 2016, del proyecto Vista-Puente de Letras, pensaba en lo estéril que se podía comportar la escritura literaria en la isla; me daba cuenta de que los ojos se embotaban de paisajes extraños, obtusos; a veces, de escenas sin razón alguna, como si la cosa ocurriera en otro país; y uno se ponía a pensar que Cuba es —como quiera que la mires— una realidad política, extremadamente política; por lo tanto, constituye una realidad muy fuerte que hay que considerar para todo intento literario. Entonces veía como este o aquel otro libro se encontraban tan despegados de la realidad; incluso de una realidad absurda porque allí se respira la polifetidez (o sea, la fetidez de una política muy mala), que no te deja vivir en otro mundo que no sea ese.

Por tanto, tuve que tomar al toro por los cuernos, y seguir leyendo y leyendo hasta repoblar mi pensamiento de una sociedad alienada hasta la última partícula de médula y saber, otra vez, lo que era una sociedad desgajada hasta sus cimientos. Y esto porque, poco a poco, otros libros, nuevos, claro —como ya he querido decir—me fueron llevando a la realidad verdadera, esa que late y persiste en los monólogos interiores, incluso en las ideas absurdas y extremas también, porque ya estaba leyendo libros con calidad, hasta que llegué a unos de los mayores absurdos de esa realidad cubana, y que como tal era despiadada, y que fue la guerra de Angola: y ahí afloró el horror, la traición, la corrupción, la pérdida de los escrúpulos, el juego con la vida humana, la discriminación, el abuso de poder; la nostalgia, el arrepentimiento, la desilusión de los ideales; el clientelismo y el nepotismo en lo militar.

Y fue cuando me encontré con un libro febril, apasionadamente humano, cuajado de crítica política desde el principio hasta el final, pero también lleno de emociones y deslumbramientos, de estructura y técnica bien concebidas. Y esto siempre se constituye en un enorme estímulo para la labor de un jurado. Y pude reconocer que, asimismo, los demás libros, los anteriores, también valían la pena. Porque fueron peldaños indispensables para llegar a este excelente final de concurso.

Entonces, uno se da cuenta que —como jurado— ha sido un privilegiado; que he podido encontrar de nuevo la esperanza que, en un principio, había parecido vacilante, un poco como perdida; pero poco a poco, con la lectura insistente y anhelante de sorpresas, me fui sintiendo mejor, y en cada nuevo libro que leía, me percataba de que se iba fraguando este gran final que siempre uno anhela para un concurso.

Con el libro El regreso de Mambrú, de Ángel Santiesteban, se descubre el velo de la miseria humana que rigió entre las relaciones de los militares cubanos en la guerra de Angola. Ello ha sido un tema aún relativamente poco tratado en la literatura de la isla de finales del siglo XX. Pero incluso si este tema hubiera sido profusamente tratado, este libro resaltaría igual por sus valores literarios y humanos.

Aquí, Ángel Santiesteban nos hace saber que la literatura, a veces, cuando más apegada está a la realidad, más grandiosa se vuelve. Simplemente, porque de esta manera las historias se hacen más humanas y calan hondo en el espíritu, mucho más cuando sirven para desmitologizar todo concepto de nacionalismo, de Revolución o de Historia.

Cada uno de los relatos de este libro hace que la realidad exterior a los personajes proyecte sus esencialidades interiores, y lo realiza de una manera que nunca el régimen castrista permitiría expresar ni desnudar. La belleza de El regreso de Mambrú no solo radica en su impecable forma de escritura, sino en el desgarramiento realista de sus personajes. Cada historia, por separado, tiene su propio aliento, su manera nueva de crear una específica sorpresa; pero además, en su conjunto, este libro proyecta un deslumbramiento de lo terrible, cuando las vidas de muchos hombres se debaten cotidianamente entre una falsa ideología y las miserias existenciales que dan como resultado el insondable sufrimiento del drama humano.

Sobre el autor

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías, escritor, investigador literario y periodista cubano, ganó el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en 1992, y en el año 2004 el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericano de Nueva York. Ha publicado, entre otros libros, “Retablo de la fábula” (poesía), “Valoración múltiple sobre Andrés Bello” (investigación), “El jaguar es un sueño de ámbar” (cuentos), “Marja y el ojo del Hacedor” (novela) y “La noche del Gran Godo” (cuentos). Reside en California.

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