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Leer el periódico puede ser mortal

Leer el periódico puede ser mortal

Leer el periódico puede ser mortal
diciembre 15
01:34 2014

Domingo de mañana y como de costumbre, después de desayunar y beber un café bien fuerte, Jesús se sienta en su sillón preferido para leer el diario. Es un hombre tan tradicional que prefiere ensuciar sus manos y sentir el olor canceroso de la tinta de imprenta que usar la eficiente internet, donde leería mucho más de un periódico, aunque solo le interesa La Noticia.

Siempre aprovechaba las mañanas de ese día y leía desde la primera hasta la última página. Sin embargo, a veces pasaba por encima de artículos que después de leer el primer párrafo no prendían su atención. Como periodista, sabía que texto que no captura al lector en los primeros renglones debe descartarse.

Leía con la mayor atención porque hacía años esperaba “La Noticia” que lo devolviera al útero patrio. Antes que me olvide: Jesús es exiliado político de una isla donde el sol ya nace violento. Vive en un país donde caben todos los sueños, pero que jamás será completamente suyo por mucho que se esfuerce. Falta esa parte llamada “pasado” —bien podría ser “pesado”— que determina gran parte de lo que eres.

Creía fielmente que esa noticia llegaría un domingo para poder disfrutarla mejor, como hacía de adolescente con el pollo a la barbacoa que su abuela preparaba, para reunir a la familia, justo ese día.

Hubiera sido un domingo y una lectura normal, acompañada del eterno Whisky que, según él, es el mejor amigo del hombre: “El perro embotellado”, a no ser por el hecho de que en la 3ª página —por si quieren comprobarlo—, donde debería aparecer su artículo dominical sobre la cotidianidad —eso era lo que pensaba—, aunque sus lectores sabían que eran sobre ayeres inacabados, pero para no decepcionarlo mantenían un silencio cómplice, sobre los temas abordados, solo estaba su nombre, como el autor en un fondo negro con la palabra NADA en blanco y en mayúscula ocupando todo el espacio. Llamó, más bien gritó a su mujer para mostrarle lo sucedido. Malú fue despacio y de mala gana aún con el delantal, lo que denunciaba que el almuerzo estaba siendo preparado —es ese el delicioso olor que están sintiendo—. Prefiero no revelar la receta para no ser asesinado, solamente puedo decirles que fue pasada de generación en generación y que ella la guarda con muchas llaves.

—¿Qué crees de esto amor?

­—¿Qué cosa?

—No es posible que no veas, está faltando mi artículo solo esa palabra que lo abarca todo.

Malú miró para el vaso de Whisky sudado y casi vacío; dio media vuelta y, dirigiéndose a la cocina, le respondió desde la distancia de la superioridad:

—Debes beber menos y escribir más, ¿no te avergüenza repetir el texto del domingo pasado?

url¡No podía creer lo que escuchaba! Algo se había escapado de lo real e invadido su ser —el suyo, no el de ella. Cómo era posible que no viese lo qué él ya detestaba… Pensó que debía ser otra de sus artimañas para obligarlo a parar de beber —ella era abstemia.

Se levantó y fue directamente a la nevera, cogió dos piedras de hielo que colocó en el vaso que sostenía con la mano izquierda, volvió al sillón, abrió el diario donde debía estar su texto y ahora el fondo era blanco y la palabra, aquella nunca antes tan detestada, negra y en minúscula. Prefirió no llamar más a su esposa y, cogiendo el celular que estaba en la mesita al lado del vaso, esta vez lleno, llamó a Oscar.

—¿Has leído el diario de hoy? —fue su pregunta.

—No, estoy en la playa con la familia, ¿por qué?

—No salió mi artículo, solo La NADA…

—No puede ser, ayer salí de la redacción pasada la media noche y yo mismo hice la última revisión. Discutiste de nuevo con Malú… trata de calmarte y no te hundas en el vaso.

—Coño, que sólo salió La NADA…

—Ok, espera, voy a comprar uno…

————————————————————

—Salió tal y como lo escribiste —dijo Oscar.

Un pánico intenso se apoderó de Jesús, pues ese sería el comienzo del artículo de la próxima semana que aún no había escrito, pero que ya habitaba aquel espacio que algunos llaman inspiración y que él prefería denominar oficio.

La actitud de su mejor amigo le provocó aquel miedo ya conocido que sólo sintió cuando estaba en aquella isla donde las paredes tienen oídos, y todas las miradas son indiscretas —más allá de cualquier filme. Conocía muchas historias de eterna vigilancia, incluso después del país ser pasado. Sabía que ese pavor impregnado en los recuerdos tiene tentáculos que pasan las fronteras de la dignidad y alcanzan a cualquiera en algún momento en desacuerdo con la mano que mueve la guillotina. Trató en vano de distraer su mente bebiendo de un solo soplo el líquido que luchaba contra el iceberg que inundaba su vaso.

Pero todos los miedos volvieron en un segundo a su cabeza, y pensó que era necesario proteger sus escritos, que al final era la única cosa que poseía. Trató de calmarse y desistió de consultar sus dudas —o las de ellos—, pues tenía certeza absoluta de lo que leía: NADA. Lo que en algunos momentos puede ser todo.

Lo que estaba pasando, lo desterraba de la manera más violenta de su inventada realidad —que no es lo mismo que realidad virtual. Dejó de leer el periódico y fue para el escritorio con la única compañía de su vaso, de nuevo vacío. Se sentó en la silla giratoria, abrió la laptop, prendiéndola al mismo momento y mientras esperaba que todos los programas se acomodasen y abriesen como el lento amanecer, aprovechó para reabastecer su bebida.

Al volver estaba aquella foto que había puesto hacía muy pocos días, para llenar la pantalla con el sabor de un recuerdo mientras estuviese todo detenido, esperando que las ideas lo inundasen.

Era uno de sus lugares preferidos, “El Bar La Mina” mirando para el bulevar de Obispo, donde tantas veces había caminado y bebido, no necesariamente en esa orden —la matemática no era su fuerte. Se dio cuenta o al menos le pareció —ya la duda estaba en él— que la fotografía estaba en movimiento. En la imagen se veían varias personas, algunas conocidas bebiendo sentadas en el portal, bajo su amplio techo verde. Creyó ver a los que estaban afuera caminar en dirección al “Floridita”, otro templo del alcohol, algo tan urgente en la isla desde 1959.

Se quitó los espejuelos, los limpió, se lavó la cara, todo con la esperanza de que al volver a su laptop la ilusión óptica hubiese desparecido.

Al sentarse en la silla la giró a la derecha como de costumbre —olvidé contarles que Jesús es muy supersticioso y hace eso antes de empezar a escribir cualquier texto, menos los poemas. Él se cree poeta. Las poesías sólo las escribe con bolígrafo de tinta negra y papeles blancos, incluso servilletas. Pero este momento es fundamental en la narración (paren todo lo que están haciendo y presten atención).

Malú gritó:

—Jesús, ven a almorzar…

Era demasiado tarde, ya estaba yendo para “El Floridita” a encontrar a Hemingway, que es de otra historia pero que por ser este un cuento, una alucinación de quien lo escribe, puede ser posible. Recuerden que “el cuento” es algo surrealista.

Malú gritó nuevamente después de haber esperado el tiempo que Jesús empleaba en tomar su último trago antes de almorzar. Al ver que sus gritos caían en el vacío, fue hasta el escritorio para llamar a su marido —o lo que quedaba de él. Lo encontró en una posición fija escribiendo con tanta rapidez y sin equivocarse en ninguna letra que la asustó. Jesús sólo usaba dos dedos para escribir y demoraba demasiado para alguien que tiene la escritura como oficio; además, su vaso estaba lleno y con el hielo casi derretido, algo que nunca hubiese permitido.

Lo tocó en el hombro derecho varias veces, hasta que él le dijo sin mirarle a la cara:

—Un daiquirí para acompañar a mis amigos.

—¡Despierta! Jesús, qué coño amigos, no ves que está solo o quieres volverme loca con tus manías de silencios e infecundas letras… —estas palabras no son de ella, pero fue lo que atinó a decir, ya que estaba empezando a ponerse nerviosa. Era como si el texto que escribía se hubiese adueñado de su esposo, que ya no tenía vida propia y pasaba a vivir anticipadamente lo que escribía.

Conversaba con Guillermo Cabrera Infante, que sorpresivamente estaba sentado en la barra, al lado de Hemingway, sobre la dura realidad del exilio —sustantivo atemporal. El americano parecía no entender nada y miraba para Cabrera Infante como si tratase de recordar cuándo fue la última vez que se vieron. Era inexplicable lo que sucedía en aquella barra —el tiempo confluyó en épocas diferentes sin que importara mucho la lógica.

Después de varios daiquirís, ya tuteaba a los que siempre tuvo como sus maestros a la hora de enfrentar el solitario oficio frente al blanco papel —esta frase es una licencia poética—, pues el desafío de la palabra continúa siendo el mismo, sólo que en un formato diferente. Ahora es la pantalla del ordenador el eterno reto.

Cabrera Infante discursaba que desde su fría Londres lo que más le acercaba a su pasado —o sea, a su país— eran los tabacos, que solamente podía fumar porque se encontraba a muchas millas de nostalgia del lugar donde se producían. Argumentaba su pasión por el humo como el mayor sentimiento de nacionalidad después de pasar más de la mitad de su vida fuera del lugar que lo vio nacer.

Jesús no concordaba con su explicación. Creía que era una justificativa a su vicio, ese de convertir a nuestra isla en “Puro Humo”, pero por respeto no se lo dijo. Sólo pensaba que para él Cuba era un vaso de ron —otro vicio mortal— que le parecía más acorde con un lugar que ya nació rodeado de agua, lo que no deja de ser una muerte pero más húmeda que el desierto de un cenicero.

Malú, ya totalmente desesperada, desistió de traer a Jesús de aquel lugar que para ella era nuevo, pero parecido al único sitio donde su marido había encontrado la paz que tanto buscara en todos estos años de destierro. Mirándolo fijamente dejó escapar una lágrima al recordar cómo fue que se conocieron (pero eso es otra historia que nada aportaría a esta).

Guillermo —recuerden el efecto de la bebida— sabía que Jesús no fumaba, y que no concordaba con su teoría de que Cuba era “Puro Humo”. Entonces le dijo:

—Muchacho, yo pasé mucho más tiempo que tú en el exilio, y uso el verbo en pasado pues pienso que ya sabes que morí. Por eso puedo decirte que aún estás a tiempo de salir de este no-mundo y liberarte de todos los estigmas, algo que después de “colgar los guantes” yo mismo no conseguí. Haz ahora lo que yo debía haber hecho ayer. Quema todos los papeles inacabados que no quieras que usen —el verbo cierto sería publicar— cuando no estés en esta dimensión, o será en aquella que ahora mismo no sabes cuál es.

Hemingway, que hasta ese momento se había mantenido en silencio, solamente bebiendo su daiquirí y buscando a alguien con quien pelear, intervino concordando con Guillermo:

—Jesús, me imagino que ya sabes que partí, que es un verbo que también se usa para los que no veremos más y para atenuar el tan temido sustantivo. Nunca fui expulsado de ningún lugar y menos de mi país. Fui yo quien desterré a mi nación, es verdad que de una forma inconsciente provocada por mi aventurera personalidad, pero les aseguro que jamás sentí falta, ni rencor del lugar en que nací, por eso me es difícil entender cómo esta isla que escogí para vivir y en la cual escribí mis mejores novelas y pasé momentos inolvidables, se ha convertido en esto que hoy veo, un lugar más muerto que nosotros, pues hasta tú mueres a cada día en esa distancia, más política, que geográfica… eso nunca lo sentí. Debe ser horrible no poder volver al lugar donde naciste y donde se encuentran tus muertos, la mayor prueba de nacionalidad que cualquiera puede tener.

Malú seguía inerte, sin saber qué hacer. Sí llamaba a Oscar expondría a su marido en un limbo no muy confortable profesionalmente. Quién sería capaz de dar trabajo a alguien que se escapó por la pantalla del ordenador. Por otro lado, Oscar era su único amigo de confianza, que conocía todos los vacíos que habitaban su silencio.

Lo mejor era apagar el ordenador, quizás solo así volvería a ella. Se abalanzó sobre la laptop y, consciente de que sería un acto extremo, apretó el botón con la esperanza de recuperar a alguien que ya no existía. En ese mismo instante, Jesús cayó y dio con la cabeza en el suelo. Se abrió una profunda herida de la cual salió una lágrima acompañada de una ola gigante, expansiva, como las que vemos en las películas de catástrofes. La ola estremeció todo el barrio y hasta los más íntimos deseos/secretos de Malú, que trató, en el desespero de la ausencia, de prender inútilmente el portátil.

Se asustó al pensar que tal vez ya era pasado, pues sabía que de ese lugar es difícil rescatar a los ausentes. Tuvo la certeza absoluta de su premonición cuando vio salir del ojo derecho de su esposo una gota de sangre que exterminó la onda que había invadido lo que quedaba de su realidad. Solo en ese instante entendió que el fin era el único camino posible, pero como casi siempre sucede la respuesta llegó demasiado tarde.

Sobre el autor

Javier Iglesias

Javier Iglesias

Javier Iglesias (La Habana, 1963). Poeta, traductor, guionista. Ha publicado el poemario “Mapa de soledad” y en Brasil obtuvo el 1º Premio “Filma Brasilia” con el guión cinematográfico “O Comendador”, filmado en 2001. Coordina el blog Escombros Hablaneros, seleccionado entre los 100 mejores de Brasil. Es miembro de la Comisión Organizadora de la Bienal Internacional de Poesía de Brasilia y del Sindicato de Escritores de esa ciudad. Actualmente vive en Miami.

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5 comentarios

  1. callejas
    callejas diciembre 22, 22:40

    Un “cuentazo”de amigo Javier.. Hacía tiempo no leía un texto singular

  2. Armando Añel
    Armando Añel diciembre 22, 23:52

    Nos ha encantado.

  3. Javier Iglesias
    Javier Iglesias diciembre 23, 12:45

    Gracias a los dos, y aprovecho para desearles Feliz Navidad.

  4. Manuel Gayol Mecías
    Manuel Gayol Mecías diciembre 24, 19:19

    Me lo acabo de leer y me gustó. Excelente.

  5. Javier Iglesias
    Javier Iglesias diciembre 25, 10:52

    Gracias Manuel Gayol Mecías.

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