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Leo Zelada, al amparo del espíritu de la noche

Leo Zelada, al amparo del espíritu de la noche

junio 10
14:45 2011

1-Leo_ZPoco importa que Braulio Rubén Tupaj Amaru Grajeda Fuentes (Lima, 1970) haya escogido para su recorrido de caballero andante de la poesía el nombre de Leo Zelada. ¿Todo sobrenombre o seudónimo no es al fin y al cabo un antifaz? Como poco o nada nos importa el verdadero de Gabriela Mistral o Pablo Neruda. Sin la poesía que bajo estas firmas ellos escribieron, Lucila Godoy hoy no sería más que el nombre de una maestra de provincias desconocida y Neftalí Reyes un olvidado y gris oficinista.

Fernando Pessoa tuvo que transmutarse no en un uno, sino en muchos heterónimos.

Leo es nombre robusto, rotundo, diríamos que temerario como imbatible león desafiante. No en vano el signo más fuerte del Zodíaco está destinado a este rey de la selva, y él lo ha escogido para sí a pesar de que es Capricornio. En tanto que Zelada, que pudiera ser topónimo de algún sitio pero que no lo es, me recuerda, no sé por qué, a algo así como un objeto olvidado, tal vez una velada trampa por su cercanía con “celada” y, por lo tanto, algo que se oculta –sentimientos, pasiones inconfesadas, celos impronunciables son sentimientos que a nadie queremos revelar–, por su inmediatez con “velada”. Pero ello, aunque significa también algo que se oculta, coincide con “reunión”, algo que el poeta sabe hacer siempre, congregando a los fieles del verso.

El mismo Leo Zelada nos ha dado autorretrato: “Soy el oscuro caballero andante”. Del verso, agrego yo, perdido entre los enigmáticos valles de Tanatos y los irresistibles de Eros. Y estos dos dioses marcan las cotas de los territorios de su poesía, situada entre el amor y la muerte, acosada en  su palabra por el deseo y la desolación.

Heredero en sangre y linaje paterno de la extraordinaria poesía de sus antepasados, los incas, sabe extraer el precioso oro de las palabras de esas vetas precolombinas. En tanto por línea materna reconoce esa mirada perdida también en el criollo perfume de la flor de la canela, del ensueño que evoca la memoria de muchachas que llevaron como su madre jazmines en el pelo y rosas en la cara,  por el paseo que va del puente a la Alameda con menudos pies cantado por la simpar Chabuca Granda.

Quiso ser filósofo y en ello se empeñó en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde ensayó en público sus primeros años de malditismo fundando con otros amigos el Grupo Neón y publicando “Delirium Tremens” (Ed. Lord Byron, 1998), libro al que le seguirían “Diario de un Cyber-Punk” (Ed. Moctezuma, México, 2001) y “Opúsculo de Nosferatu”  (Ed. Lord Byron, Lima, 2005). Mientras en esa época, ansioso y con quipus en las manos, contaba el paso del tiempo para la llegada de la revolución social redentora americana, que nunca llegó.

Más tarde, se fue errante con su mochila cargada de sueños, fantasmas de muertos insepultos y palabras, por  un camino desconcertante desde 1993 a 1998, saliendo de Lima y atravesando la Cordillera de los Andes, parte del Amazonas, la Selva del Darién, el Caribe centroamericano y Chiapas, hasta llegar a la ciudad de Los Ángeles, en Estados Unidos, trayectoria que narra en “American Death of Life” (Ed. Lord Byron, Lima, 2005).

Su obra poética ha sido reconocida por el Premio Orpheu de Brasil en 2001. Pero Leo Zelada es de los poetas que no vive en función de premios. No los necesita. Escribió para el periódico El Peruano. Dirige el Taller de Poesía Carpe Diem.  Es editor y compilador, entre otros libros, de las sucesivas entregas de “Nueva Poesía Hispanoamérica” , uno de los mayores esfuerzos personales que alguien, hoy por hoy, realiza sin subvenciones ni apoyos institucionales, para lograr un acercamiento entre todos los poetas del ámbito de la lengua castellana.

Su poesía ha contado con el respaldo irrestricto de poetas, críticos y lectores de América Latina, España y los Estados Unidos. Es uno de los más importantes jóvenes poetas latinoamericanos.

Ahora se le ve por Madrid creyendo firmemente que “cada balcón esconde un verso de Vallejo”, con su largo gabán oscuro como si fuera un hijo adoptivo de Valle Inclán, su libro tan leído de los versos en prosa de Baudelaire, recitando textos de poetas chinos de perdidas dinastías a altas horas de la madrugada de los miércoles en el Club “Buwkoski”, convocando lecturas en Casa de América, la Fundación Alianza Hispánica o en la desaparecida librería “El Bandido Doblemente Armado”, ignorando si -como nos ha dicho- “tal vez soy un incógnito / amante / pronunciando alguna oración hacia el sol  o un oscuro corsario / asolando algún puerto / desconocido del sur”.

Más sobrio o ebrio, con la reciente edición de su último libro –“La senda del dragón”-  entrevisto ahora en  las tertulias poéticas del bar Los Diablos Azules que convoca el novelista y poeta Carlos Salem,  solitario o rodeado de una multitud que sabe convocar, se le escucha siempre en silencio invocar a su deidad protectora: “Espíritu de la noche, / guíame sin temor por estas abruptas tierras (…) condúceme por el sendero del fuego / que todo lo devora y purifica”. Al amparo de esa oración nos acogemos.

 

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