Los guerreros duermen con las botas puestas, pero él no era guerrero ni calzaba botas y para más inri padecía de insomnio. Lo despertó el ruido del tren.
Miró el reloj. Los prófugos duermen con el reloj en la muñeca. Vio que había cabeceado apenas un par de horas.
Corrió la cortina y atisbó entre la nieve los arcos del puente que sostenía el ferrocarril. Midió con la vista una vez más los pasos que lo separaban de la escalera de incendios por si tenía que salir huyendo. El sombrero y la gabardina reposaban en la cama a su lado junto a una estola litúrgica con un monograma de símbolos arcanos.
El tren rodaba interminable. Lo podía escuchar. Era una marcha marcial. Siseaba. Lo podía sentir. Se desplazaba por su pierna bajo el pantalón.
Despertó del todo cuando la serpiente de dos cabezas, una en cada extremo de su cuerpo, le clavó sus dos pares de colmillos. Alucinaba. Tenía que estar alucinando. El rastro espumoso del ofidio bifécalo indicaba que había reptado desde la puerta de la habitación de mala muerte en cuya cama esperaba ansioso el amanecer para subirse a un tren de Nueva York aferrado a una maleta de cuero repujado con el mismo monograma de la estola y las iniciales del Vetero Club, esa sociedad secreta, ese antiguo club de caballería según los registros oficiales desaparecido. Paralizado de terror, Jasón Cavalleiro, un escritor de éxito, supo que era el fin.
Pero era el principio.
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