“¿Qué me ha ocurrido?”, se inquietó. “¡Ahora soy un fantasma!”.
Y no era un sueño. Su habitación, una auténtica habitación de escritor anónimo, inédito, si bien algo pequeña permanecía igual que siempre entre las cuatro paredes harto conocidas. Por encima de la mesa, sobre la que se encontraba extendido un muestrario de lapiceros de colores –cual cronopios y famas extrañamente rígidos--, estaba colgada aquella foto que hacía poco le había enviado su recién estrenado editor y en la que éste aparecía sirviéndole “un poco más de vino”. ¿Lo habría emborrachado al punto de convertirlo en un estúpido remedo de Troloberto el Indignante? ¿Aquella imagen odiosa que acababa de estrenar bajo las sábanas sería producto de una borrachera? ¿Qué había pasado la noche anterior en aquel restaurante al que lo había invitado el editor sorpresivamente, tal vez arteramente? ¿Le habría puesto algo en la bebida llevado por algún oscuro designio? En verdad no recordaba nada. “Cualquiera sabe lo que pudo pasar”, se dijo para sus adentros, mordiéndose imperceptiblemente los labios.
La mirada de Mauricio se dirigió después hacia la ventana, y el tiempo lluvioso --se oían caer gotas de lluvia sobre la chapa del alféizar de la ventana-- lo puso melancólico. “Si al menos pudiera regar las maticas del jardín, o filmarlas, como cuando era un escritor inédito y vivir (y beber) era lo importante”, pensó. “¿Qué pasaría si durmiese un poco más y olvidase todas estas boberías de escritor publicado?”.
Pero esto era algo absolutamente imposible, porque aunque estaba acostumbrado a dormir a pierna suelta los fines de semana, como escritor publicado ahora sentía que algo así era “sumamente irresponsable”. El editor le había dicho que los escritores publicados debían estar muy atentos y “darse su lugar”, que no iba a permitir más que lo trataran como un “perrito faldero”. El editor sabía mucho de esas cosas, era todo un estibador del cambalache y la fachada. No en balde había negociado a toda velocidad la escritura de varias reseñas elogiosas a su primer libro publicado, y él no sabía cómo pagarle. “No sé cómo pagarte”, recordaba vagamente que le había dicho la noche anterior. “No sé cómo pudiste…”.
“¡Dios mío! –pensó sin embargo--. ¡Qué profesión tan dura he elegido! Un día sí y otro también dando lecciones, exigiendo explicaciones, poniéndome serio, escorado a la defensiva. Los esfuerzos son mucho mayores que cuando era inédito, pues entonces era más auténtico y despreocupado… no me sentía en la obligación de dictar cátedra ni citar a los clásicos (incluso me divertía mucho con mis comentarios anónimos), y además me han endosado este ajetreo de exigir respeto a cada paso, como si me fuera la vida en ello… ¡Qué cosa más engorrosa!”.
Sintió sobre el vientre un leve picor, y con la espalda se deslizó lentamente más cerca de la cabecera de la cama para poder levantar mejor la cabeza. Se encontró con que la parte que le picaba estaba totalmente cubierta por una serie de diminutas carátulas de libros, como las escamas de un reptil letrado, y frente a sí, en el espejo que formaba la pantalla del ordenador, la imagen de Troloberto el Indignante le sonreía cínicamente.
“Me traicionaste un día y ya tú ves, al final volviste a mis brazos”, le espetó Troloberto encapuchado. Mauricio se deslizó bruscamente a su posición inicial y gritó.
“Esto de levantarse pronto –pensó enseguida-- lo hace a uno desvariar. El hombre se tiene que divertir. Por ejemplo, los blogueros viven como pachás. Mientras yo a lo largo de la mañana vuelvo una y otra vez a Facebook para colgar las frases inolvidables que como escritor publicado y requeterreseñado se me ocurren, y hasta me demoró en Twitter, ellos están sentados tranquilamente tomando el desayuno. ¡No tienen obligaciones! Bueno, la esperanza es lo último que se pierde…”, dijo y miró hacia el despertador, que hacía tic tac sobre el armario.
“¡Dios del cielo!”, pensó.
Eran las siete y media y las manecillas seguían tranquilamente hacia delante, ya habían pasado incluso la media, eran ya casi las menos cuarto. ¿Es que no había sonado el despertador? Desde la cama se veía que estaba correctamente puesto a las cinco, seguro que también había sonado. Sí, pero... ¿era posible seguir durmiendo tan tranquilo siendo como ya era un escritor responsable, casi famoso? Mientras reflexionaba sobre todo esto con gran rapidez, sin poderse decidir a abandonar la cama --en este mismo instante el despertador daba las ocho menos cuarto--, llamaron cautelosamente a la puerta del dormitorio.
--Troloberto --dijeron (era su esposa)--, ¿estás bien? Son las ocho menos cuarto. ¿No llegarás tarde a tu oficina?
¡Qué dulce voz! ¡Pero qué extraña sonaba pronunciando aquel nombre! ¿Troloberto? Mauricio se asustó. Escuchó otra voz a continuación que, evidentemente, era la suya, pero en la cual reconocía al unísono (y toda su piel de escritor requeterreseñado se erizó súbitamente) los ecos de la voz del atorrante poeta desaparecido. Era la voz de Troloberto, sí, el encapuchado. El fantasma. Desde lo más profundo se apoderaba de él un doloroso e incontenible gorjeo, como el de un pajarito, una especie de piar que al prolongarse no sabía si escuchaba bien. Mauricio querría haber contestado detalladamente a su esposa, explicárselo todo, pedirle por favor que lo ayudara a librarse del grandote que se le había colado bajo las sábanas, que lo poseía como una maldición, pero apenas pudo tartamudear una evasiva…
-Sí, sí… gracias mi amor… ya me levanto –dijo haciendo un esfuerzo sobrehumano. Al acercarse al ordenador, sintió con horror el repiqueteo de unos tacones de aguja bajo sus largas piernas peludas.
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2013-01-09 09:44:32 | CallejasGenial relato! Un sueno, un simple sueno que le pasa a todo el mundo en su momento. Yo cuando publique mi primer libro (Ciencias Sociales, 1996) me paso casi lo mismo, me transforme en ¨La Autoridad¨. Da por eso. Da por mania de grandeza y hasta cambiar de rostro. Empece a dejarme barbas y a usar una boina gallega y espejuelos sin tener la necesidad. Hasta una pipa para tabacos y cigarrillos, yo que nunca había fumado, comencé a llevar. Ya me parecia a Fernández Retamar. Pero un dia me dije, por Dios que cosa es todo esto (pose, pose, pose), porque al llegar a cada lugar de reuniones con escritores amigos mios oia decir: ahí viene La Autoridad, ahí llega Retamar el que va mal. Y por supuesto eso hizo encogerme, acomplejarme y decidir despues volver a mi rostro original. Uno despierta del sueno. Ahora bien, este Mauricio convertido en un troloberto si que no me lo esperaba....conoci a un troloberto camuflarse en un Mauricio, pero no al revés.
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2013-01-09 14:20:06 | Armando AñelCiertamente amigo, es una enfermedad horrible. La gente pierde el norte e incluso a veces su verdadera esencia. Y si son débiles de mente y les mueve los hilos por detrás uno de estos manipuladores a tiempo completo que tanto abundan en el entorno cubano (herencia de la picaresca española), imagínate. Yo recomiendo entrar en contacto con la naturaleza, o retomar ese contacto. Una vuelta al jardín primigenio, a degustar las mariposas y las flores. Nada como la contemplación de una flor para interiorizar la paja al viento que somos.
Gracias a Frank te la Calza por esta magnífica parodia, muy ilustrativa.
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