“En fin, el Soviet como iluminador de mi futuro. En unos meses arregló todo y salí casada y a punto de parir un ruso cubano, si es que puedo llamarle así a un hijo que nunca ha entendido bien a qué cosa se le puede llamar patria”.
--Ahora no sé si pueda responder a tus preguntas, entiendo que tu tesis es sobre el desarraigo y todo esto de la emigración y el no tener fronteras, pero además de que debo cambiarlo (y estoy segura no te podrás aguantar ver el fondo de esta patria desfondada y maloliente), no recuerdo nada feliz por lo que quiera regresar, soy una esclava y le tengo lástima, pero al menos con la pensión que le dan a este veterano veo mi telenovela (aquí también las pasan, ¿sabes?), tengo una ducha caliente, un techo hediondo pero mío y, lo más importante, donde no vienen a pernoctar las generaciones perdidas. Y chico, ya no puedo ir hasta el mar, no recuerdo si este frío en el alma me ha hecho perder mis recuerdos, y tampoco me queda la marca de la maldita circunstancia del agua por todas partes; fui una adolescente viviendo contra una realidad en su bastión de cristal inexplicable, ahora no soy otra cosa que una vieja en su cárcel, la de los perdedores; al menos de aquella idea de irme lejos por temor a ser una mamadora o, tal vez, una trabajadora esencial para el ejemplo de la ideología de la mejor de las patrias, queda una vaga sensación de sometimiento… eso sí, estoy segura con algún cargo municipal importante fuera de la capital, y en un ministerio que no iba a resolver todos los misterios de una joven potranca dispuesta a volarse como sea la tranquera del potrero. Pero al final no me iba a quedar como mi madre barriendo el patio de la casa que le subvencionaron a mi padre, una de las confiscadas a un mal patriota que había traicionado en no sé qué misión decisiva.
--No, no me mires como si te hablara en ruso… al menos me queda el consuelo de este hijo, él es el verdadero extraterrestre, el extranjero que ha viajado medio mundo, no sé si me quiere tanto o si ha huido de una realidad a la que no pertenece; podría ser un médico, un estibador o un mafioso, pero mientras pueda tener salud, vivir como Dios manda y viajar, estoy tranquila…
Es la primera vez que respira y, de verdad, no me doy cuenta si yo lo hago. Es una vieja fea que parece víctima de algún cataclismo, de esas que dejan sin portales al mismo desamparo. Su voz me devuelve a su voz:
--Bueno, y como ya te tienes que ir… un último consejo, no hurgues tanto en la búsqueda de la felicidad como pertenencia a un lugar determinado, eso es un espejismo. Uno no debería ser de ningún país ni tener patria, ni presidente ni bandera, y yo creo que en tu deseo de entender algo de esto te jode mucho el dilema de no asumir como otros el verde de las palmas, que también son un espejismo, una frontera falsa. Ellas viven una realidad y miran lejos, nadie les va a otorgar un permiso de salida ni una carta de invitación por muy cubanas que sean, para ellas no existen esas cosas. Son el reino vegetal y a su altura cargan demasiado peso, yo creo que el de todo un país enterrado hasta el fondo.
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Cuento perteneciente al libro inédito Amores que no suspiran, de Juan Carlos Recio.
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