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Literatura y tradición

Literatura y tradición

Literatura y tradición
Noviembre 13
15:54 2014

Dos circunstancias trágicas –ser cubano y escritor– me impusieron la tarea de redactar cierto prólogo a un libro sobre mi compatriota Labrador Ruiz. Pero a mitad de camino me di cuenta que ni Labrador Ruiz ni yo mismo, claro, teníamos nada que ver con la literatura cubana. Y siguiendo, azorado, la pesquisa, descubrí que ni Lezama Lima, ni Virgilio Piñera, ni Hilda Perera, ni Cabrera Infante ni ningún escritor cubano tiene nada que ver con la literatura cubana. Que eso que se llama literatura cubana no es más que sucesivas oleadas de escribientes absolutamente desvinculados de cualquier pretendido origen común.

A Labrador, cuando cogió la pluma por primera vez, no le pasaron por la mente los garabatos insignes de Hernández Catá ni se sintió heredero de la tradición de Carlos Loveira. Me temo que este fenómeno es común a todas las naciones latinoamericanas, con la difícil, dudosa y relativamente reciente excepción de Argentina. A una literatura nacional, para que de verdad lo sea, lo menos que puede exigírsele es que resulte medianamente autárquica. Que tenga sus clásicos, su tradición y sus seminales linajes literarios. Gómez de la Serna podía sentirse heredero de Larra, y éste de Villarroel y aquél de Quevedo, porque la prosapia de ciertas actitudes o de cierto barroquismo esperpéntico está perfectamente explicada en los genotipos de esta estética. La línea de sutil melancolía que empadrona a Cela con Baroja, con el garbancero Benito y con el padre Cervantes no es una caprichosa invención de profesores de instituto, sino la libérrima voluntad de estilo y destino literario elegido por estos escritores. Literaturas nacionales, pues, hay muy pocas. La española, la inglesa, la francesa, la rusa, la italiana, la norteamericana, que es reciente, pero a fuerza de convertirse ellos en el centro del universo, ha resultado autónoma y provincianamente universal (o viceversa).

Una versión más amplia de este ensayo apareció en el libro “De la literatura considerada como una forma de urticaria” (1980), publicado en Madrid.

En Latinoamérica no hay Siglo de Oro y sin Siglo de Oro no hay literatura nacional. Me explico: no hay una remota e indiscutible aristocracia literaria en la que podamos insertar nuestro abolengo y a la que podamos acudir en nuestras etapas de sequía espiritual. Ese romancero medieval capaz de polinizar los versos de Lorca seiscientos años más tarde, no existe en América. Ese Góngora polifémico y frankesteiniano que a los trescientos años sale de su sarcófago dando tumbos para preñar la imaginación del 27, no es posible en nuestras parcelas nacionales. Nosotros no tenemos a dónde volver los ojos. O sí tenemos: fuera de nuestras culturas.

Todos los escritores afiliados a las respectivas literaturas nacionales latinoamericanas saltamos la barda en busca de influencias, inspiraciones y modelos. Quizás los argentinos –paradójicamente los latinoamericanos más europeizados– sean quienes estén más próximos a fundar una literatura nacional. A fuerza de saturarse de influencias extrañas probablemente estén en el trance de solidificar un estadio literario clásico. Esto no es infrecuente. A fin de cuentas Garcilaso tuvo su Castiglioni y no se explica Cervantes sin el Renacimiento italiano y sin la huella del padrote Erasmo.

Tal vez Borges, Sábato, Mallea, Cortázar, Bioy Casares y todos los otros han estado sedimentando una franja clásica en la literatura argentina. Tal vez –hipótesis que a veces me parece correcta– ya no sea posible el surgimiento de Siglos de Oro y la reverente beatificación de nuevos clásicos. La fluidez de nuestra época, a lo mejor –o a lo peor– impide la irrupción de esas sólidas literaturas nacionales, unas veces útiles, otras no tanto.

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http://www.elblogdemontaner.com/

Sobre el autor

Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner ( La Habana, 1943). Escritor y periodista. Ha publicado alrededor de treinta libros, varios traducidos al inglés, el portugués, el ruso y el italiano, entre ellos las novelas "La mujer del coronel", "Otra vez adiós" y "Tiempo de canallas". La revista Poder lo ha calificado como uno de los columnistas más importantes en lengua española, y en 2012 Foreign Policy lo eligió como uno de los 50 intelectuales más influyentes de Iberoamérica. Reside entre Madrid y Miami.

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