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Lo pusieron a dormir

Lo pusieron a dormir
Marzo 20
15:46 2017

 

Así mataron al abuelo. El abuelo tenía tantos años que ya había olvidado la fecha de nacimiento y el nombre de los hijos que tuvo y las historias que contaba. Se había encerrado en el silencio de su cuarto y gradualmente perdió la habilidad de caminar y después la habilidad de reconocer a la gente y finalmente toda habilidad. Alguien comentó una tarde –Hay que ponerlo a descansar– a descansar de qué –me preguntaba, si estaba allí en su inmovilidad mirando al techo hacía tanto, sin hacer otra cosa, mirando al mismo punto, tal vez a alguna tela de araña o algún dibujo imaginario, pero mirando sin pestañar al mismo punto como quien vela el salto de una bestia feroz, o la entrada de la muerte por algún agujero del techo. Ponerlo a dormir –decían, como si fuera un perro enfermo y no había padecido de nada, sólo de vejez, y estaba allí con la boca abierta sin emitir queja alguna, esperando tranquilo la muerte.

La tarde que lo “pusieron a dormir” trajeron muy temprano una caja de tablas con la misma hechura rústica de la caja en la que enterraron al piloto, como hecha por las mismas manos, y la acomodaron sobre una mesa del patio y allí se quedaron aguardando los enterradores en silencio. Ya le habían rezado tantas veces que las mujeres estaban roncas de la seguidilla de sus oraciones y tenían las rodillas peladas del suelo de cemento y los ojos hinchados de llorar a quien aún no había muerto y se hacía tarde y estaba allí aún mirando al mismo punto. Le trajeron entonces a un cura, de no sé dónde porque no había curas en Santa Ana de Viajacas ni predicadores, pero trajeron un cura y estuvo a solas con él y le pidió que confesara y no hubo confesión ni secreto ni dijo cosa alguna sobre las monedas y se hacía tarde y en el patio los enterradores aguardaban en silencio. Entrada ya la noche le pusieron colonia, trajeron agua y le mojaron los pies y las palmas de las manos y le embadurnaron la barbilla con jabón y le afeitaron y aún seguía allí con los ojos abiertos mirando al techo como resistiéndose a la muerte, como si dijera-espera, tengo aún cosas que decir–, mas no decía nada y estaba lejos como en profunda meditación o sueño y se hacía tarde. Pusieron entonces una sábana blanca sobre el piso de cemento y lo colocaron sobre el piso frío y se sentaron a esperar y finalmente en una exhalación se dejó llevar en brazos de la noche o lo arrastró la más súbita de las pulmonías sin decir nada y aunque hubiera dicho – espera, tengo aún cosas que decir–, ya era tarde y se lo llevaban de prisa los enterradores.

De: En el lenguaje lascivo de los perros (Cuentos)

Sobre el autor

Adalberto Ad Guerra

Adalberto Ad Guerra

Adalberto Guerra (Ad.Guerra). Nació en San Antonio de Cabezas, Matanzas, en 1967. Reside en Palm Beach, Florida, desde 1994. Poeta, narrador y periodista. Editor de la revista “La Cohoba Magazine”. Ha publicado "El desierto que canta" (Endowment for Cuban American Studies 1994 - Ant. de Poesía), "Reunión de ausentes" (2001- Ant. de Poesía). Recientes publicaciones: "Cazadores de la sombra del ave" (2009 - Poesía.) y "En el lenguaje lascivo de los perros" (2010- Cuentos).

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