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Los augustos ‘tropismos’ de Lemus

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Los augustos ‘tropismos’ de Lemus

Los augustos ‘tropismos’ de Lemus
abril 08
22:49 2018

Según la infaltable Wikipedia, el término «Tropismo» viene del griego, y entre otros significados resaltan: giro, vuelta, fuga, punto de retorno e indica el crecimiento o cambio direccional de un organismo (por ejemplo, una planta) que responde a un estímulo medioambiental. Si el órgano se mueve en la misma dirección que el estímulo, se denomina «tropismo positivo», pero si lo hace inclinado, alejándose del estímulo, entonces se llama «negativo».

Mas Tropismes publicado en 1939 —que este crítico leyera casi tres decenios más tarde en la Colección Cocuyo de la habanera editorial Arte y Literatura— fue además el título del primer y acaso el más celebrado volumen de Natalie Sarraute, recordada intelectual francesa de origen ruso, quien descollaría como narradora, ensayista y teórica del movimiento del nouveau roman o «nueva novela», al que adhirieron el igualmente teórico, novelista y cineasta de esta corriente literaria Alain Robbe-Grillet, como asimismo Michel Butor y Claude Simon, Premio Nobel de Literatura 1985, sin olvidar a otros que suelen adjuntarse: Marguerite Duras, Claude Ollier, Robert Pinget y Jean Ricardou.

Tropismos son acaso sensaciones, preocupaciones de algún personaje y más, pues estas mínimas piezas de la Sarraute son acaso proposiciones y situaciones que, imbuidas de poesía y ambiguas, marchan al revés, como las manecillas del reloj. Sus decisivos relatos… ¿o breves ensayos? abordan aspectos inesperados en los personajes, sugerencias e indeterminaciones que convierten sus «tropismos» en textos sobre los que, por su capacidad sugerente, resulta necesario regresar de tarde en tarde.

Tal han expresado estudiosos de la destacada intelectual, la incorporación a la literatura de este término —tomado del vocabulario científico— constituye la significativa dupla (empeño y logro) aportados por la Sarraute. En consecuencia, los 24 episodios que integran su clásico volumen configuran un modelo de las posibilidades contenidas: ni poesía en prosa, ni prosa poética, sino tal vez un nuevo molde donde se vierte un estilo de insospechada fuerza, precisión e intensidad. Sus Tropismos constituyen, entonces, un libro clave y fundacional, no sólo dentro de la trayectoria de su autora, sino también en relación a una aventura literaria inédita que abriría las puertas al nouveau roman, ese movimiento inclasificable y fecundo en el que Nathalie Sarraute, siempre fiel e irreductible a sí misma, figura a un tiempo como precursora, teórica y decana.

Tras esta necesaria introducción, diré que un intelectual cubano contemporáneo del exilio se nos aparecería —justo en el primer lustro de la nueva centuria— con un libro igualmente titulado Tropismos. Seguramente algún lector se preguntará: ¿Y por qué retomar, tantas décadas después y en otro siglo, un título que ya marcara su impronta en la Historia de la literatura francesa del pasado siglo?

Bien, pues creo que el irredento escritor guantanamero Augusto Lemus lo ha retomado, no como un acto irreverente, sino acaso con respeto, no solo por aquel libro de la destacada intelectual de origen ruso, sino tal vez como regusto por sus novedosas propuestas en este caso poéticas y epigramáticas.

En sus diferentes y distintivos Tropismos —primer título publicado en 2005 por Ediciones EntreRíos, que ahora aparece en esta segunda tirada, dedicada asimismo a su madre Irene Martínez de Lemus: «La Poesía de mi vida»— se dan cita no solo los temas clásicos de este subgénero poético», sino otros afines y más contemporáneos, pues, se trata de textos «sentenciosos, irónicos e irreverentes», tal los define el propio Augusto en su «Prolegómeno indispensable», al que siguen sendas citas de dos grandes voces preferidas por numerosos poetas cubanos (entre los que se encuentra este crítico): César Vallejo («Murió mi eternidad y estoy velándola» y Jorge Luis Borges («Yo soy los otros»).

Pero hay más: por las cualidades que —sin el torpe reparo de ‘falsa modestia’ adoptado por algunos en sus frustráneas aventuras literarias— el autor le otorga a sus cubanísimos tropismos, estos se alían al epigrama, ya que, debo recordarlo, estos minitextos —en breve haz de palabras y líneas versales— expresan un pensamiento ingenioso/satírico con precisión/agudeza, por lo común empleado para asaetear los defectos ajenos o para elogiar las virtudes propias o de otros.

En tal sentido, es oportuno recordar los creados por los poetas latinos Catulo y Marco Valerio Marcial, como asimismo creo válido mencionar que, en sus Poetices libri septem (1561), el humanista lyonés Giuilio Cesare Scaligero, definiría el epigrama como: «Poema breve cum simplici cuiuspiam rei […]» y establecería dos características definitivas: «brevĭtas et argutĭa» (brevedad y argucia).

Gustado y socorrido por algunos poetas contemporáneos, como el nicaragüense Ernesto Cardenal, cuyo breve volumen de 1961, Epigramas, fue una de las señales decisivas lanzadas a mi generación para abordar esta siempre viva propuesta versal (poeiein), como la no menos singular del historiador de la literatura Federico Carlos Saínz de Robles, quien publicara su excelente historia El epigrama español del siglo I al siglo XX en la Madrid de 1946, cuando, por cierto, en la también oriental Puerto Padre, naciera este futuro poeta, ensayista y crítico, quien lo leería mucho después cuando circundaba los veinte años, antes de cursar, en la universidad habanera, la carrera de Licenciatura en Literatura Hispanoamericana,

Pero volvamos a los Tropismos augustianos que, poseedores de las características apuntadas, se dividen en cuatro secciones: «Desmemoria de Narciso», «Memorias de Eros», «Reflejos del espejo», «El periplo de Pegaso» y «Postdata».

Veamos y leamos algunos ejemplos de la primera parte, donde con delicioso tono satírico, expresa en el siguiente sin título: «Hoy escribiré el libro de mis memorias / antes de que pueda recordar / que las tengo completamente perdidas.»

En «A los cuarenta» —dedicado al también poeta Germán Guerra, editor y diseñador de la Colección, quien añadió al final del volumen un epílogo suyo, como una nota en la contracubierta de la asimismo poeta y fotógrafa Ena R. Columbié—, Augusto pregunta con no menor ironía: «Quién diría / que esta cabeza humana / tiene sueños, / que este cuerpo de bestia / tiene calma.»

Un sabio de la antigüedad sentenciaría que es mejor y más prudente burlarnos de nosotros mismos antes de que lo hagan los otros, quienes de todos modos lo harán. Y recordé esta máxima —que suelo repetir a diario entre amigos— al leer «Sexo», con aun mayor capacidad de autoironía: «Antes de ayer misterio / ayer pasión / hoy ficción.»

Y otro texto de esta sección que me satisface por las lecturas y el ars vivendi o arte de la vida que evidencia Augusto, es: «Estaré quieto un par de siglos / o tal vez / una eternidad y media. / El justo tiempo de saber / el valor de lo vivido.»

En «Memorias de Eros», también aparecen poemas sin título, como éste: «En vano el moralista asedia. / El hombre / lleno de instintos primitivos / vive.» En otros instantes surge el lirismo que nunca debe abandonar la poesía, tal se corrobora en «Sonríes / y en el iris de la luz / estalla el color del sonido.» O en este otro, no menos lírico «Si amé fue por tu amor, / vagabundo de fe, / anclé en tu seno: / estatua de sal.»

Esta sección cierra con un texto más extenso y, sobre todo, más intenso que evoca la fragilidad de la existencia, como la inevitable y no obstante, temida muerte, temática abordada por los clásicos, en especial por Jorge Manrique en sus «Coplas a la muerte de su padre» —que tanto influyeron en el grande Antonio Machado—, cuya quinta estrofa sentencia: «Partimos cuando nacemos, / andamos mientras vivimos, / y llegamos / al tiempo que fenecemos; / así que, cuando morimos, / descansamos.» Posiblemente influido por las icónicas coplas, escribe Augusto: «Dicen que estás sola / que padeces de insomnio / que archivas recuerdos / y cancelas propósitos. // Por lo que conocemos / de soledades y sueños / te brindo / la enjutez de mis huesos.»

La sección «Reflejos del espejo» resulta, de algún modo, una suerte de pase de cuentas (consigo y con los demás), por el pleno empleo de ironeía —vocablo griego, como sabemos otorgado al primer irónico de la literatura: Sócrates, al que Platón le adjudicara la célebre frase: «Solo sé que no sé nada»—, como ya lo evidencia en el primer poema: «Ante mis amigos / jamás soy perfecto, / no los podría privar / del placer de superarme.»

En otros momentos evidencia, de propio modo, un tinte cáustico, tal en este texto: «Mis enemigos me aprecian, / sin mí / no tendrían nada importante de qué hablar.» Como en este, igualmente delicioso: «Mis amigos son todos museables / y dispersos. / El mundo / no resistiría tanta maldad junta.» Mas, tal connotación no se pierde en esta sección. Así, escribirá en: «Decían que poseía el don del verbo. / En realidad nunca hizo otra cosa / que endilgar adjetivos a cualquier sujeto, / su pensamiento carecía de predicado.»

Pero otro que clasifica es «Este hombre / endemoniadamente inteligente / —sentado frente a mí— / que cita a Tales para decirme / que las cosas están llenas de dioses / —quiere decir de sentido— / es aquel / que recibió su nombre de las estrellas / para hablar con las piedras del camino.»

En la sección final «El periplo de Pegaso» el poeta evoca recuerdos ‘con sin nostalgia’ (v. g. Benedetti) de su lejana/cercana «Guantánamo», tal titula Augusto el excelente texto, que, lamentablemente, no incluyó en su atractivo muestrario de versos y postales sobre su patria chica, compilado, anotado y publicado por él y por su coterráneo Ángel Velázquez en 2017: «Petrificada estancia de agua lunar / que me devuelve allí / donde la desnudez me devora / en un revoltijo de cuerpos / fragantes de sudor / sin las transparencias del verso

Por supuesto, no podía faltar otro texto sobre su ciudad natal: «Lluvia oportuna», igualmente en ofrenda al poeta mayor de su provincia y uno de los que cambiaron el rumbo de la poesía cubana a principios del siglo XX: Regino Eladio Boti, al quien dedica un atinado retrato inmerso en aquel, hoy paupérrimo predio: «La ciudad es abandono / preñez de olores dulzones / que abanica el guano / de los portales en siestas. / Aguasa / declive del iris/ salterio del viento / en los penachos de las palmas / socorrido pretexto / para compartir el paraguas.»

Y justamente sobre ese «abandono» en que yace sumida su ciudad y toda Cuba, ofrece varios breves pero intensos poemas que denuncian tal status: «En la radio están tocando / el Danubio azul de Strauss. / En la cárcel / conspira la libertad.» «Unas manos lodosas / trabajan en el huerto. / En los ojos / un canto de esperanza.» Asimismo, en «Noche en la aldea», donde sugiere el ambiente de miedo por la represión que asola la Cuba profunda: «Cada ojo una puerta / cada puerta un cuchillo / frio. / Del callejón cae / el alma al vacío.»

De «Miami» —donde a ratos arriba el poeta a fraternizar con los colegamigos— traza un retrato muy personal: «Nervios y sangre / bandera y ángel, / demonio y frontera / Changó y Obatalá / crónica social / mojada tierra / de mar/ eterno mar.»

Y a la ciudad alucinante en la que vive, «Las Vegas», tan distinta y distinta de su amada Guantánamo, define con certeza y poesía: «Suben brillantes los ascensores / a la ciudad que es luz / de contornos fugaces, / de enardecida gente / corre el asfalto, / de la ruleta penden / grises las vidas.»

Cierra el cuaderno con la sección/poema «Postdata» —donde regresa a su tono mejor y mayor: la ironía—: «Estaré ausente. / Si traen mi cadáver / díganles que esperen mi regreso.»

En fin, Tropismos, en sus setenta páginas —engalanadas con las sugerentes viñetas de Zaida del Río—, por su apropiado formato y su cuidada edición, como por las cualidades literarias apuntadas, trasciende con sus poemas para leer, particularmente, en noches de nostalgia y saudade, evocadoras de los idus de un tiempo no remoto sino actual y, por ello, presagiadoras del cercano futuro sin tiranía que, sin duda, tendrán Guantánamo y toda nuestra patria.

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Sobre el autor

Waldo González López

Waldo González López

Poeta, ensayista, crítico teatral y literario, periodista cultural, es graduado en la Escuela Nacional de Teatro (ENAT) y Licenciado en Literatura Hispanoamericana (Universidad de La Habana). Autor de 20 poemarios, 6 libros de ensayo y crítica literaria, diversas antologías de poesía, décima y teatro, desde su arribo a Miami (2011) ha sido ponente y jurado en eventos teatrales y literarios internacionales. Merecedor del 3er. Premio de Poesía en el X Concurso “Lincoln-Martí” 2012, colabora con las webs teatroenmiami.com (Miami), Encuentro de la Cultura Cubana (España), Palabra Abierta (California), el Boletín de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (New York), el blog Gaspar El Lugareño, la revista bimestral y digital Otro Lunes y la digital y en formato de papel Baquiana, por cuyas Ediciones Baquiana publicó en 2015, y en su Colección Poesía, su antología “Trazo estos signos en la arena”.

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