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Los bonobos y Strauss-Kahn

Los bonobos y Strauss-Kahn

Mayo 25
21:27 2011

1-Dominique_StraussUn bonobo es un bonobo hasta tanto se pruebe lo contrario. Si la cosa marcha bien –y mejor no puede marchar–, el carisma y la impronta cultural de los bonobos se extenderán poco a poco entre la comunidad científica, poniendo a estos chimpancés en el justo lugar que les corresponde: en la cima de la cadena evolutiva, sólo superados por el hombre.

El descubrimiento de los bonobos (Pan paniscus) es relativamente reciente. Y prácticamente fortuito. El cráneo de uno de ellos, atribuido en principio a un bebé de chimpancé tradicional (Pan troglodytes), fue lo que inicialmente llamó la atención del anatomista norteamericano Harold Coolidge. Los bonobos miden aproximadamente 80 centímetros de estatura –sus primos, el doble–, de ahí el error.

El hecho de que hayan vivido en un solo país (el Congo), país sistemáticamente asediado por una cruenta guerra civil, más la circunstancia de que habitan regiones selváticas particularmente densas, retrasó su debut oficial. Los bonobos no se mezclan con los chimpancés tradicionales, a quienes consideran peligrosos.

En definitiva, tal vez sea esta otra de las razones que explican su tardío descubrimiento. Precursores de los hippies de los años sesenta, estos simios han hecho bueno el archiconocido eslogan: “Haz el amor y no la guerra”. Tan enfrascados estaban, y están, en hacerlo, que  ni siquiera se han movido de su lugar de origen. Mientras sus primos, los chimpancés tradicionales, hacían la guerra –y consecuentemente eran descubiertos por casi todo el mundo, empezando por sus víctimas aterrorizadas–, ellos se limitaban a hacer sexo en grupo, varias decenas de veces al día. Eran felices en su retiro orgiástico. Y digo eran, porque ya comienzan a ser presa de cazadores que venden su carne en las capitales africanas. Actualmente los bonobos, cómo no, también constituyen una especie en peligro de extinción.

Un bonobo, para utilizar un símil de moda, es la antítesis de un Strauss-Kahn. No violenta a las hembras ni intenta imponer a conveniencia su poder y autoridad, al estilo del ex director del FMI. No es un depredador sexual. Más bien fluye colectivamente, con la juguetona placidez de quien se sabe deseado. A un bonobo no se le ocurriría preguntarle presuntuosamente a una camarera: “¿Sabes quién soy?”. “Un chimpancé”, seguramente le respondería ella, y  no hay insulto mayor para un bonobo.

La buena noticia es que, según todo parece indicar, los humanos estamos más cerca de los bonobos que de sus primos los chimpancés comunes.  Yo por lo menos, me considero más cerca de un bonobo que de, por ejemplo, un “kahn troglodytes”. Continuará.

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