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Los bordes de nuestro tiempo

Los bordes de nuestro tiempo
agosto 21
23:39 2015

 

Pitigrilli (Dino Segre) murió en 1975. Increíble, puesto que se debió haber muerto veinte años antes, con su mundo. Pitigrilli desertó de su generación. Siguió vivo contra las estadísticas. Meses antes, Kerensky, el socialdemócrata que perdió el poder frente a los bolcheviques en el año remoto de 1917, decidió, al fin, morirse. Hacía ochenta años su nombre era pasto de las polillas en las bibliotecas, pero regateó con los gusanos casi un siglo.

Hay algo patético en las vidas extraordinariamente largas. El novelista Alberto Zamacois, en una entrevista concedida poco antes de su muerte, con casi cien años de edad, se quejaba de no conocer a nadie. Azorín pedía la muerte a gritos. Baroja, que se pasó la vida aburrido, y que como contraste escribió unas novelas llenas de aventuras, confesó que sus últimos años fueron especialmente tediosos; lo mismo: su mundo se le había muerto. A Ortega hay que añadirle que la circunstancia a veces se le muere a uno, y entonces nos quedamos en el aire. “Yo soy sólo yo, puesto que mi circunstancia, la pobre, murió de vieja”, pudo decir Pitigrilli, que tenía suficiente sentido del humor para decir estas cosas. Pero en el fondo de su alma arrugada habría sentido cierto escalofrío. Envejecer no sólo es una humillación, como dijera Borges con su inevitable gusto por la metafísica, sino una lata, como dice mi portera, y envejecer más de la cuenta una verdadera tragedia.

Ocurre que uno sólo es capaz de vivir, o influir, dentro de cierto perímetro vital, más allá de cuyos límites no se nos toma en serio. Le ocurrió a Bertrand Russell, a Sartre y, por supuesto, a Pitigrilli. Es muy sencillo: los hombres egregios, o simplemente temidos, para ser estas cosas necesitan la colaboración de sus contemporáneos. Necesitan la complicidad de sus circunstantes –qué buen neologismo para avalar la mitología. Luego el coro se les muere, y aquellos rasgos indiscutibles se emborronan, y sus ideas, antes claras, se desdibujan o sencillamente se ignoran. Es obvio: sólo se es importante en el propio tiempo de uno. Después se puede ser famoso –como Russell– pero no importante. Esto tal vez sea brutal e injusto, pero es exacto.

La ancianidad de Odria en Perú, o de Rojas Pinillas, en Colombia, tratando inútilmente de hacerse oír, era un espectáculo penoso. Uno y otro eran supervivientes de épocas biológicamente superadas. Sus mundillos particulares habían muerto. La gesticulación de ambos acabó siendo grotesca. Exactamente igual que la de Tito, con sus partisanos octogenarios, totalmente incapaces de comunicarse con las jóvenes generaciones de croatas, serbios, montenegrinos, que nada sabían ni querían saber de la guerra y no tenían enfrente al salvador de la patria y mantenedor de la unidad, sino a un extraño generacional inevitablemente anacrónico.

Esta fatalidad biológica se ha adueñado del destino de las ciencias a un ritmo más vertiginoso que en literatura o política. A las primeras generaciones de computadoras nadie que se respete les mira la cara. Los inventos, como las moscas de laboratorios, viven veinticuatro horas, de mutante en mutante. Es la locura de la “obsolescencia”, horrorosa palabra definitivamente enquistada en el idioma. La “obsolescencia” cuando llega al arte y al artista es dolorosa, porque a fin de cuentas las computadoras no aspiran a la inmortalidad, y los artistas, aunque lo nieguen, no buscan otra cosa. Hay libros de Ortega que mantienen intacto su valor, sólo que Ortega, en su circunstancia, tenía un vozarrón poderoso, y fuera de ella apenas susurra, aunque recite el mismo texto.

El tema es muy espinoso. Nadie sabe exactamente cuáles son los bordes de su tiempo, pero en poder precisarlos radica también la prudencia. Pitigrilli –que, claro, es el objeto de estas reflexiones– no debió culpar de ingratitud a las jóvenes generaciones que lo ignoraron. Debió contentarse con el aprecio de la suya, y luego desvanecerse.
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Una versión más amplia de este ensayo apareció en “De la literatura considerada como una forma de urticaria” (1980). Cortesía http://www.elblogdemontaner.com/

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Sobre el autor

Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner ( La Habana, 1943). Escritor y periodista. Ha publicado alrededor de treinta libros, varios traducidos al inglés, el portugués, el ruso y el italiano, entre ellos las novelas "La mujer del coronel", "Otra vez adiós" y "Tiempo de canallas". La revista Poder lo ha calificado como uno de los columnistas más importantes en lengua española, y en 2012 Foreign Policy lo eligió como uno de los 50 intelectuales más influyentes de Iberoamérica. Reside entre Madrid y Miami.

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