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Los espíritus

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Los espíritus

Los espíritus
abril 09
20:46 2016

 

Te digo que lo vio, claro que es verdad, sí, como te lo digo. Lo vio. Y sé que lo vio porque me lo dijo con mucho misterio. Mira, con los ojos abiertos así de grandes, lo vio todo, todo todito, como si fuera una lechuza, qué alegría, qué alegría. Como me alegro por Lucinda, porque esa tiene una conexión con el más allá que es buenísima. Si eso me pasara a mí, me muero de felicidad. Tienen que recogerme con taquicardia intensiva. Dice que ella estaba sentada en la esquina del cuarto, solita, sin hacer nada, comiendo mierda, porque como no trabaja, ni hace nada. Se pasa las horas sentada en una silla frente a la televisión día y noche. Dice ella que la ventana estaba media abierta… y que de pronto sintió un aire… No, frío no, chica, no frío. No me pongas palabras en la boca… ¿O es que tú crees que todos los espíritus ponen el aire de los cuartos frío? No, dice que fue más bien tibio, el aire que sintió fue tibiecito, como cuando uno sale de bañarse con una ducha caliente. Fíjate que el cuarto se llenó como de niebla. Qué bendición. Si soy yo, salgo corriendo como una loca por la puerta para la calle gritando de regocijo. Pero ella no. Se quedó allí sentadita como si nada, como si aquello fuera todo normal, estudiando los detalles. ¿Te imaginas? ¡Qué felicidad!

Un ángel, Domitila. Y a mí no se me aparece ni un avestruz. Mira que yo he rezado para que se me aparezca algo. Una cosita simple, yo no quiero un espíritu grande, con uno chiquito y compacto me conformo. Me ves rezando y rezo y hago promesas y prendo velas y me doy golpes contra la pared, me corto el cuerpo con un cuchillo hasta sangrar, ¿no me ves los brazos enllagados? Esos son promesas, porque yo quiero que se me aparezca alguien. Yo duermo bajo la cama, encuera en pelota, sin nada puesto, Domitila, sin un trapo, sin un suetercito. Paso frío y a veces calamidades, y hasta las cucarachas hacen el nido en mi moño y otras alimañas mucho más infames se me meten por los huecos de la nariz y hasta por allá abajo, en lo prohibido. Y yo rezando porque sé que debajo de la cama es el mejor lugar para que vengan esas cosas, esos espíritus. Y nada, ya no sé ya qué hacer… Y vez que a ella, a Lucinda, le salen todas las cosas del mundo, ángeles, demonios, chinos encueros, negros asesinos, como si estuvieran acabando de nacer. Dicen que hasta una vez le salió un soldado de la primera guerra mundial, con escopeta y todo.

Así es la vida. Así de cruel. Lucinda que no cree en nada ni nadie, que ni trabaja, ni hace nada por el bien de la humanidad, tiene a esos espíritus comiendo de su mano y yo que me he dedicado toda la vida a hacer el bien, a rezar, a cultivar el más allá, a mí nada. Estoy desesperada, Domitila. No puedo seguir sacrificando mi vida por nada, ¿comprendes? Por eso vengo a verte, a ti, mi amiga, a ver si me das algo, una poción, un jarabe, sirope de guasasas, alguna yerba que me haga ver cosas… lo qué sea, para que algo me salga y pronto porque si no voy a terminar desquiciada, tuerta, sin lengua, porque me voy a tasajear como si fuera una puerca… yo si no me sale un espíritu de donde sea, no puedo seguir viviendo.

Sobre el autor

Félix Rizo

Félix Rizo

Félix Rizo Morgan nació en Matanzas, Cuba, y reside en los Estados Unidos desde 1967. Curso estudios de Ciencia y Magisterio y obtuvo una Maestría en Educación en St. Peter's College. En 1989 ganó el premio Dos Ríos por su ensayo "Cuando cabalgan los tigres", un estudio sobre las dictaduras latinoamericanas. Ha publicado el libro de cuentos "De mujeres y perros" y la novela "El mundo sin Clara". Cuentos, poemas y ensayos suyos han aparecido en diferentes publicaciones de Estados Unidos y América Latina. Cuenta también con una obra dramatúrgica inédita.

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1 comentario

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