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Los galgos decepcionados

Los galgos decepcionados
octubre 09
09:40 2015

 

La decepción de los galgos fue muy grande cuando descubrieron que la liebre detrás de la cual habían corrido desaforadamente durante tantas carreras, no era de verdad. Un desperfecto mecánico hizo que se dieran cuenta de ello. Después, fue imposible convencerlos para que corrieran detrás de una ilusión. Lo mismo le aconteció a mi amigo Juan cuando descubrió que la ruleta electrónica, de una manera perversa, se burlaba de los jugadores empeñados en colocar sus apuestas sobre el tablero y en seguir el rito que implica este juego. Después de haber colocado sus fichas sobre 35 de los 36 números, con gran esperanza de ganar, la casa se rió en sus narices. Salió el único número que él no había jugado, lo que correspondía a una probabilidad demasiado ínfima para ser creíble.

Todos ya nos estábamos cansando de jugar en los casinos, de dejarnos contagiar por la alegría del jugador vecino que corrió con suerte, aunque nunca pudiéramos saber con certeza cuánto le había costado esa suerte. Todos los juegos construidos alrededor de un cerebro electrónico pueden ser programados con un sesgo a favor de la casa. Lo mismo ocurre con las máquinas de votaciones y las que se usan para la lotería. Tampoco nos convencían las peleas de boxeo ni las carreras de caballos, todas ellas fácilmente amañadas.

Las grandes ideas siempre ocurren en tiempos de crisis. La crisis de credibilidad que estaban sufriendo los juegos de azar estaba diezmando las arcas públicas, privándolas del consabido porcentaje que el fisco les cobraba a los ganadores. En el tiempo de los romanos, la gente acudía con fervor al Coliseo para ver cómo las fieras devoraban a los cristianos o cómo los gladiadores se mataban entre sí, aunque fueran amigos y compartieran el mismo infortunio. En nuestros tiempos modernos, nada atrae más a la gente que el espectáculo de un juicio público.

Los juicios correspondientes a los casos más sonados son ahora televisados y el público puede hacer apuestas en cuanto al veredicto. Estos programas sirven a la vez para la educación y el entretenimiento de las masas. Fieles a la tradición de los deportes, los productores nos muestran en pantalla las estadísticas de los abogados de la defensa, de  la acusación y del juez cada vez que intervienen. De esta manera conocemos el porcentaje de juicios ganados, de sillas eléctricas o de cadenas perpetuas que ha logrado el abogado de la acusación, el porcentaje de juicios ganados  por el abogado defensor y cuál ha sido el desempeño promedio del juez. También se nos indica la composición del jurado y algunas efemérides, tales como su signo astrológico, sus medidas, si se trata de mujeres, su peso y su edad, si se trata de hombres, cuánto calzan, si tienen los pies planos, a qué grupo racial pertenecen, su profesión, así como otras características oportunas para que nosotros, los televidentes, podamos tener una idea de cómo se van a comportar y podamos así preparar nuestras apuestas.

Para nuestro provecho, los mejores testimonios, los mejores interrogatorios y las mejores repreguntas son repetidos y analizados por los periodistas que se han reciclado de los deportes a este nuevo modo de entretenimiento. Vemos en cámara lenta las reacciones, los ademanes y los tics nerviosos de todos los personajes, en particular del acusado, ayudándonos así a interpretar su lenguaje corporal. Cada vez que un término jurídico es mencionado, su definición aparece en el cintillo de la pantalla, enriqueciendo así nuestro vocabulario.  Una guía semejante a la Guía Hípica nos ayuda a conocer mejor a los abogados y jueces. Los más entendidos en la materia  pueden así sacar promedios y varianzas, fijarse en los biorritmos de los protagonistas y elaborar toda una teoría matemática que les permita hacer una estimación fundamentada. Los ciudadanos que han sido escogidos como jurados comparten la gloria de los abogados y de los jueces. Después del juicio escriben libros, dan entrevistas, aparecen en las portadas de las revistas y gozan de sus quince minutos de fama.

Aun así, ningún sistema es perfecto. A pesar de la inmensa cantidad de dinero recolectada por el fisco, estamos pagando un precio elevado por este nuevo pasatiempo. Cada vez que un acusado es absuelto de toda culpa a pesar de que todas las evidencias apuntaban a su culpabilidad, nuestra pérdida no es sólo monetaria como en los juegos de azar. Perdemos confianza en el sistema judicial y nos invade la misma decepción que la de los galgos. Nos cansamos de correr tras ilusiones, hasta que se nos ofrezca la próxima. Después de todo, sólo somos humanos.

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Sobre el autor

José Luis Borja

José Luis Borja

José Luis Borja nació en Francia de padres españoles refugiados de la guerra civil. Estudió ingeniería electrónica en Toulouse. Por el texto “Dulce Venecia” recibió el Segundo Premio del IIº Certamen Internacional de Cuentos “Jorge Luis Borges-2008”, de la revista SESAM (Buenos Aires, Argentina). Suya es la novela histórica “Aroma de caña fresca”. Reside en Miami.

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