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Los guardianes del totalitarismo

Los guardianes del totalitarismo

Enero 29
02:47 2013

totalitarismoErróneamente, en los medios occidentales se le ha dado énfasis absoluto al papel de la policía política en el control permanente del súbdito del totalitarismo. Mas, salvo cuando han ocurrido purgas masivas contra la población, la mayor parte del tiempo el grueso de la masa es controlada por el aparato burocrático. De los rebeldes, los independientes y disidentes, siempre minoritarios, sí se encarga la maquinaria de represión política. Para el resto funciona la intimidación, un miedo a la autoridad, a decir o hacer algo que lo señale como no simpatizante o incluso enemigo del sistema imperante. Es un miedo que ninguno, en el caso de preguntárselo, podría definir con límites precisos.

Aunque esto es sólo un nebulosos espejismo. La estructura burocrática atenaza al dedillo la vida cotidiana de cada súbdito. Una siempre creciente madeja de leyes, instrucciones, registros, autorizaciones, chequeos, expedientes, parecen envolver a cada uno desde que nace hasta que muere. Todo gesto de independencia personal es coartado y controlado hasta extremos inverosímiles para un ciudadano de un país libre. La población es castigada con la prisión con un permanente diez por ciento anual. El resto se mantiene aterrorizado, en espera o no de castigo por alguna falta. Por ello no deja de tener mucho de cierto el viejo axioma de que la población de un país totalitario se divide entre los que estuvieron en prisión, los que en ese momento permanecen encerrados y los que en el futuro irán a parar allí.

La deformación de la persona humana

El súbdito crece en un medio donde se banaliza el mal. El sufrimiento cruel y constante, la delación, el robo, el soborno, el chantaje, la corrupción, la falta de escrúpulos y piedad con los débiles, son el pan de cada día en una escala descendente y propiciada desde el Estado, de manera oscilante y caprichosa. Y todas esas aberraciones en la sociedad parecen justificarse cada vez más a medida que la vida se torna difícil, repleta de dificultades artificiales que ahogan cualquier sana y racional iniciativa personal.

Y lo peor es que las personas no conocen otra forma de vivir. ¿Cuántos casos no habrá en los que a muchos de los que intuyen la libertad y logran escapar por algún medio, luego les cuesta esfuerzos inauditos adaptarse a la sociedad de libertad, de leyes, de derechos y responsabilidad personal donde encontraron refugio?

Hay otros, por suerte pocos, en los que esa misma reacción es de anarquía y rechazo de la nueva sociedad y marco legal donde viven. Creen que lo contrario al régimen de opresión en que sobrevivieron es un deformado concepto del libre albedrío, aplicado para abusar del derecho de otros. Para ellos, tener libertad es poder imponer sus propios términos egoístas, considerando a las autoridades y al gobierno que se lo impiden como enemigos contra los que cualquier triquiñuela es válida.

La herencia del totalitarismo

Las naciones que lo padecen, generalmente por varias generaciones, en la turbulenta época posterior sufren por la mutilación del derecho como herencia cultural. El habeas corpus y la legitimidad  y protección de la  propiedad privada, que le permiten a un individuo afianzar su individualidad jurídica e independencia dentro de la sociedad, quedan seriamente dañados o anulados de facto.

Para poder afianzarse y funcionar, los procesos democráticos necesitan de la convicción en ellos por parte de los ciudadanos. El daño que deja un largo período totalitario aleja por buen tiempo esa credulidad. Ese es su peor legado.

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