Neo Club Press Miami FL

Los heridos

Los heridos

Los heridos
julio 20
12:46 2014

Después de pasar más de veinticuatro horas sin dormir, escuché el despertador. Esa mañana me dieron ganas de tirarlo por la ventana. En varias ocasiones, había tenido el mismo impulso. Un día no me pude contener y lo lancé al suelo, pero inmediatamente lo recogí. Para un doctor, el tiempo es como la caída de una gota de agua: sólo un segundo de descuido y una vida se pierde en el vacío. Me levanto soñoliento y como un autómata, me cepillo los dientes. Enciendo el televisor y no termino de enjuagarme la boca: “El Consejo de Estado da a conocer —anuncia el locutor— que el comandante Fidel Castro ha fallecido en horas de la madrugada”. Ante la muerte, un médico puede llegar a mostrar indiferencia, mas no alegría. Por un instante, la siento y dejo que corra por mis venas. Delante del espejo, me avergüenzo de mi cuerpo que salta y brinca fuera de control. Lo detengo y recupero la compostura. Eres un doctor. No lo olvides. Durante varios años los especialistas en oncología le daban al finado unos meses de vida. No obstante, renacía tras una y otra cirugía. Por menos cortes y punzadas, morían jóvenes robustos. Hay personas que viven atadas a la tierra, resueltas a no abandonarla. Un amigo se mofaba de que esas eran las que temían al Juicio Final y por eso se agarraban o más bien se amarraban a cualquier cosa para no partir.

Atontado con la noticia, bajé las escaleras con el sabor a pasta dental como único desayuno. Me siento en el coche y al mirar tras el parabrisas, el viejo de la esquina estaba recostado a la pared en su taburete de siempre, la señora con rolos a la cabeza sacaba a su perro mientras mordisqueaba un cigarrillo y el camión de la basura dejaba tras sí los latones putrefactos rugiendo como leones. Todo seguía igual. ¿Acaso no habían escuchado la novedad? De golpe recordé a los que afirmaban: “cuando el comandante muera, saldré a la calle con matracas y trompetas. Festejaremos por una semana completa”; en cambio otros, más cautelosos, esperarían al menos setenta y dos horas antes de explayar su júbilo. ¿Cuántas veces se había regado la nueva de su muerte y después se paraba ante los micrófonos a ensartar sandeces? Por la tranquilidad detenida ante mi coche, parecía indicar que yo vivía en el barrio de los comedidos. La noticia, filtrándose aún por las bocinas del auto: “El féretro será escoltado desde la Plaza de la Revolución hasta el Cementerio Cristóbal Colón”, dejaba inmutable al viejo y a la señora del perro. No hay peor sordo que el que no quiere oír y deslicé mi carro, cuando los leones de la peste dejaban caer el último rugido mal oliente.

La Otra Esquina de las Palabras invita este viernes 25 de julio, a las siete y treinta de la noche, a la presentación de la novela “De La Habana a Hialeah”, de Jorge Luis Llópiz Cudel. Será en Café Demetrio (300 Alhambra Circle, Coral Gables). Los interesados pueden llamar al número 305-448-4949 para más información.

Al llegar al hospital, el parqueo estaba completamente vacío. ¡Cosa rara! No recordaba esa ausencia: alguien debía estar al cuidado de los enfermos. Me apresuro hasta la entrada y, al llegar, me dice la recepcionista: ¿Qué le pasa doctor Oña? ¿Por qué viene tan sofocado? Iba a decirle lo del estacionamiento, pero lo encontré ridículo. ¿Escuchó las noticias en la tele? Me señaló con la mano al artefacto que tenía un cartel de roto. Tampoco me atreví a mencionar el asunto: se me saldría toda la alegría al pronunciar la primera palabra y no estaba bien que un galeno se regocijara de la muerte de un ser aunque fuera el hijo de puta más grande de la historia. Deseaba seguir el ejemplo de mi padre que nunca perdió de vista el dolor ajeno. Por eso se mantuvo firme ante la llegada del guardia batistiano cuando fue a arrestar a uno de los adolescentes que atacó al Cuartel Moncada. Cociendo la herida de bala en el pecho del desdichado, le amonestó al intruso: “mientras este herido, me pertenece”. El soldado tuvo que esperar el acta médica para llevárselo a la comisaría. Diez años después cuando le sacó fragmentos de granada a un alzado del Escambray, fue encarcelado. No le escucharon que él sólo aliviaba el sufrimiento del prójimo. Fue acusado de ayudar a los contrarrevolucionarios.

En las cacillas del vestidor, busqué mi bata blanca, estetoscopio y bolígrafo. Estaba listo para atender al primer paciente. Rumbo al cubículo, escuché tras una puerta unos quejidos. La abro lentamente y un anciano sobre una camilla levantaba su mano, cubierta de manchas carmelitas. Imploraba: “Ayúdame”. Se la agarro para tomarle el pulso. Consulto mi reloj. Las pulsaciones están muy débiles. Me ajusto el estetoscopio a las orejas y le ausculto el pecho. Apenas escucho los latidos. Una barba desteñida balbucea constantemente. Voy a examinar sus pupilas y quedé petrificado. Ante mí, estaba el rostro de Fidel Castro. Movía su dentadura de forma circular como si quisiera escupirla para gritar más claramente: “ayúdame”. Retrocedí hasta que mi espalda chocó contra la pared. Me sostuve de ella, deslizándome hasta topar la salida. Apenas sin aliento, cerré la puerta de golpe. Miré a ambos lados del pasillo. No había nadie. Me retiro lentamente mientas la voz balbuceante del herido, se cuela por las hendijas. No puede ser. La televisión y la radio anunciaron su muerte. ¿Cómo va estar aquí? Tiene que ser una alucinación. Llevaba varios días de trabajo intenso durmiendo apenas dos horas. Seguro era una trastada de la mente cansada. Al alejarme, los gritos de auxilio me detuvieron. Volví a abrir la puerta y el mismo Fidel en persona, me tendía su mano envejecida. Ira, miedo, rencor y desasosiego. ¿Cuántas emociones golpeándome la bata, el pecho y el alma? ¿Tendré que salvar al hombre que dañó a mi padre? El moribundo estaba indefenso, con una respiración entrecortada, interrumpida por toses que arrastraban las erres de socorro. ¿Por qué he de salvar a un hombre muerto? Con lo débil que está y un poco de morfina, se acabaría el pataleo en unos segundos, pero… ¿morir sin dolor? ¿Sin pagar sus deudas? ¿Y si cierro la puerta y lo abandono a su suerte? Pero alguien más podía encontrarlo y volvería a salir en las pantallas de la televisión con su sonrisa burlona. Mi vista se nubla. Ante la idea de ahorcarlo con mis manos, rompo el estetoscopio. Respiro profundo y recobro los contornos de la camilla y la figura del moribundo. Medio mareado, lo saco del cubículo. Lo trasladaría a un lugar donde nadie podría hallarlo. Empujándolo por el pasillo, el infeliz seguía pidiendo auxilio. Es el único paciente que he mirado de forma indiferente. De pronto oigo por el altavoz: “Doctor Oña, preséntese en el salón de cirugía”. Traté de meterlo en otro cuarto, pero estaba cerrado con llave. Regresé al cubículo con el letrero de Emergencia y lo dejé allí sin prestar atención a sus quejidos.

En la sala, una chica con el vientre abierto, a consecuencia de un accidente de tráfico, agonizaba sobre la mesa de operaciones. La enfermera le limpiaba la herida con alcohol, mientras el anestesista le inyectaba en un brazo. Antes de quedarse dormida, la joven me suplicó: “ayúdame”. Pedí los síntomas vitales: la presión demasiado baja y el ritmo cardiaco descontrolado. No podía perder tiempo. Examiné la herida y parte del intestino estaba afuera. Traté de acomodarlo en su lugar, cuando noto, que hay una cortada profunda en el hígado. Demasiada sangre para saber exactamente qué órganos estaban dañados. El pesimismo se apodera de mí. Esa sensación que brota cuando la muerte se posa sobre el quirófano. Tratando de cauterizar la herida, el sonido del monitor anuncia que la paciente comienza a alejarse de la vida. La entuban, le ponen inyecciones y le golpeo en el pecho para sacarla del paro. Todos los esfuerzos fueron en vano. Nada pude hacer. Ni siquiera me di cuenta, cuando dio el último suspiro.

Aturdido camino como un sonámbulo por los pasillos del hospital. Necesitaba aire, ver el cielo, respirar aunque fuera el humo de los autos. Cada vez que perdía a un paciente, me culpaba por un buen rato. Las palabras de mi padre me ayudaban a pasar el mal momento: “el día que no sientas culpa, abandona tu bata blanca”. Para recuperarme, muchas veces pedía permiso y volvía a casa. Hoy dejo una nota en admisión que regresaría en un par de horas.

Cuando voy a cruzar la calle, la acera tiene barreras amarillas y hay policías apostados por todas partes. Autobuses comienzan a aparcar. Se bajan personas a tropel y se ubican uniformemente a lo largo de la acera. En pocos minutos, apenas podía divisar el otro lado de la esquina. La multitud esperaba un no sé qué. Un guardia gritó ahí viene. Todos miraron hacia un mismo lugar. Algunos saltaron impacientes tratando de superar a las cabezas sitiadoras. Por la avenida, aparecieron unos soldados con guantes de blanco marchando con movimientos automáticos y acompasados. Tras ellos un féretro con flores, seguido de una banda con trompetas, platillos y tambores e inmediatamente mujeres y hombres, vestidos de negro, arrastrando zapatos, tacones y mocasines. No podía ser. ¿Acaso era un sepelio? Enloquecido, traté de burlar a los guardias. Abriré la tapa del ataúd y todos quedarán espantados: estará vacío, huérfano de cadáver, pero no me dejaron: “doctor, cuando los familiares y el Consejo de Estado pasen, usted podrá incorporarse a la procesión y rendirle honores al comandante”. Retrocedí mordiéndome los labios. No, no, no. El hombre está vivo. El hijo de puta está en Emergencia, me dieron ganas de gritar. Empujado por la gente, quise mantenerme sobre mis pies. Imposible. La muchedumbre me arrastraba tras la caravana siniestra. Nadando en contra de la corriente, traté de ganar la orilla. No quería que el hospital, se alejara más y más. Allí en Emergencia estaba el muerto, pidiendo con sus manos huesudas y temblorosas que no le dejasen morir. Llegaría, le pondría una inyección y lo mostraría reanimado a la masa boquiabierta. ¿Y si al llegar, se había muerto? Entonces, tendría que ocultarlo. ¿Dónde? ¿En qué lugar? Cualquier sitio me delataría: era el único médico de guardia.

Con la bata estrujada y mugrienta, logré poner mis zapatos sobre la acera. Corrí hacia el hospital. Al pasar por admisión, pero doctor, usted no iba a descansar. Seguí de largo, sin atender a las palabras amables de la enfermera. Devoré con mis piernas el pasillo y al llegar a Emergencia empujé la puerta. Allí estaba la camilla, sola e inocente. ¿A dónde habrá ido? A lo largo del inmenso pasillo, abrí puerta tras puerta. Nadie. ¿Doctor Oña, en que puedo ayudarle? Ni siquiera me atreví explicarle a la recepcionista, asombrada de mis desvaríos. Balbuceé si había entrado otro paciente y me aseguro que sólo la chica del accidente. El techo, las paredes y el suelo dieron vueltas alrededor y mis piernas se elevaron sin que pudiera asirme a nada. No sé cuánto tiempo estuve inconsciente. Al despertar, un aire frío se deslizó por mi frente. Algunas enfermeras me ayudaron a sentarme en una butaca. Desde afuera de la avenida, no llegaba ni el bullicio de la gente, ni siquiera las lamentaciones de las trompetas.

Arrastré mis pies hasta el parqueo y las barricadas amarillas permanecían en las aceras desoladas, maltrechas y sucias. Aún se divisaba a lo lejos una mancha humana moviéndose lentamente y de vez en cuando llegaba con el viento una nota agonizante del trombón fúnebre, suficiente para que rasgase mis oídos. Me dejé caer sobre el asiento del auto. Estaba exhausto, terminado. Encendí el motor y la inercia de la ruedas me transportó a su antojo por calles, avenidas y callejuelas. Pasaron edificios, semáforos, tiendas, más edificios, árboles y rotondas. Me detuve. No sabía dónde estaba. Tuve que preguntar por el camino de regreso a casa. Al llegar, lo primero que hice fue botar el despertador por la ventana. Y me acosté a dormir. Dormí, dormí, dormí y no sé si aún sigo durmiendo. ¡Qué importa! Mi tiempo caerá como una gota de agua en un vertedero vacío.

Sobre el autor

Jorge Luis Llópiz

Jorge Luis Llópiz

Jorge Luis Llópiz nació en 1960 en La Habana. En 1995 salió de Cuba rumbo a Estados Unidos y en el año 2000 dio a conocer su primer libro de cuentos, "Juegos de intenciones". Su segundo libro de narrativa corta, "Los papeles de Ventura" (2010), vio la luz diez años después. Otros libros suyos son la novela "Tarareando" (2011) y "El domador de ilusiones" (2013), otro cuaderno de cuentos. Reside en Texas, Estados Unidos.

Artículos relacionados

3 comentarios

  1. Tigre
    Tigre julio 24, 16:30

    Gracias hermano , muy bueno , a ti solo hay que echarte una peseta para que te lances a fabricar historias .

  2. Rosa 57
    Rosa 57 julio 27, 11:22

    Maravilloso !!! Me encantó!!!

  3. Llopiz
    Llopiz julio 31, 10:32

    Gracias, Tigre. Es el sueño que me contaste con algunas variaciones.

Escriba un comentario

Carlos Alberto Montaner entrevista a Catalina Serrano

Letras Online

LA REVISTA INTERACTIVA DE NEO CLUB PRESS
  Adrián Morales

Borrón y cuenta nueva

Adrián Morales

  No podemos seguir dándole brillo al pasamanos del Titanic. En la tierra que veo un sabio meteoro (puede ser un drone) extingue carbónico al tiranosaurio racionalista que se aferra

1 comentario Leer más
  José Hugo Fernández

Una trompetilla, eso es la libertad

José Hugo Fernández

  La trompetilla se fue de Cuba. Su ausencia representa para nuestra gente lo mismo que representó la retirada de los cohetes soviéticos para el régimen. De pronto, ya no

0 comentario Leer más
  Ángel Santiesteban

La Parca merodea

Ángel Santiesteban

  A la abuela se le ha hecho costumbre mantener la vigilia en las madrugadas. Espera impaciente en la oscuridad porque de todas maneras quedó ciega por la diabetes, y

0 comentario Leer más
  Nilo Julián González

Querido padre

Nilo Julián González

                si dejara de buscar el asombro de todo y del mundo si dejara de ver con sanidad con este es mi cuerpo

0 comentario Leer más
  Yosvani Oliva

Tenga cuidado la noche

Yosvani Oliva

                Ándese sobreavisada la noche tan permisora de este bufón aburrido buscando quien lo contente. Trastoca las prioridades y a quemarropa dispara estrellas

0 comentario Leer más