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Los huérfanos de Dulce María

Los huérfanos de Dulce María

Los huérfanos de Dulce María
agosto 20
20:04 2014

A mi siesta del domingo, donde el sueño se acurrucaba a la sombra de 35 grados, llegó la voz de Belquita, seguida como de un tintineo de cristales que se quiebran.

¿Qué decirte, pequeña sentimental, si meses atrás ya Rubén había popularizado una de sus noticias más terribles y embromadoras?: Murió Dulce María Loynaz. Y en chiquito: Suicidase poetisa holguinera.

De todas formas, tus ya vaticinadas lágrimas evaporaron mi sueño, así como yo, con palabras que son siempre tontas, quise evaporar tu sostenido llanto: ¿Qué más pedirle a la vida?

Una mujer que vivió como vivió, que hizo lo que hizo y lo que quiso, que escribió, que supo apresar las infinitas mariposas que vuelan entre la negra y la blanca… Después llegó –aplomado como pocas veces– el arcángel Gabriel, el mismo que en su cuarto, escoltada por una rana doméstica y un poemario inconcluso tiene, en la pared, una foto de Dulce María. ¿Es tu abuela?–le preguntan las visitas despistadas y los fumigadores curiosos. Y no llegó Julio César, que se quedó sin conocerla, pero que estuvo.

Y estuvo Joaquín, siempre de promotor, horas antes embullando a Silverio para que musicalizara algunos textos de la Loynaz que ella, con elegante condescendencia, quizá se hubiera atrevido a escuchar. Y llegó Lourdes (la otra). Y, por esa velocidad con que vuelan ciertas nuevas, la Flaca Villamar estaría en alguna comunidad indígena de Colombia recordando, en voz alta, que las cosas que se mueren no se deben tocar.

Y al tanto estaría también Alberto Lauro, interrumpiendo el tránsito de Madrid con sus ojos azules, diluidos, esta vez, en distancia y noticia. ¿Cuántos huérfanos dejas, Dulce María?, me preguntaba, recriminándome por ese tuteo inesperado y circunstancial; sintiéndome cercana a ella, por primera vez, a partir del dolor tan joven de mis amigos.

¿Por qué la amaron tanto? ¿Por qué la aman? No sé. Pero esa noche, en distintos puntos del planeta, cayeron las estrellas. ¿Qué estás diciendo? Son estrellas fugaces. Ni se caen ni se recogen. No importa. Ellos, mis amigos, pusieron sus manos.

Sobre el autor

Alberto Lauro

Alberto Lauro

Alberto Lauro (Holguín, 1959). Escritor, poeta y periodista. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de La Habana y por la Universidad Autónoma de Madrid. En Cuba colaboró desde muy joven en los medios de comunicación, hasta que su libro “Con la misma furia de la primavera” (1987) fue censurado. Publicó en la Isla dos poemarios para niños también premiados: “Los tesoros del duende” (1987) y “Acuarelas” (1989). Exiliado en España desde 1993, ha publicado, entre otros, los libros “Cuaderno de Antinoo” (1994) y “En brazos de Caín” (Premio Odisea de novela, 2004). En 2011 obtuvo el XVI Premio Internacional de Poesía Luys Santamarina-Ciudad de Cieza por su poemario "Hijo de mortales". Reside en Madrid.

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