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Los parias del ‘drum’ y la guitarra eléctrica

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Los parias del ‘drum’ y la guitarra eléctrica

Los parias del ‘drum’ y la guitarra eléctrica
agosto 08
14:23 2016

 

Los rockeros cubanos fueron parias totales durante más de un cuarto de siglo. Y todavía son asumidos actualmente como parias, pero es obvio que su estatus ha experimentado cambios (digamos para mejor) a partir de la segunda mitad de los 80, en el siglo XX. Cuando los historiadores se animen por fin a escarbar entre las huellas que dejó la Perestroika en Cuba, quizá sea posible precisar el momento y las circunstancias que impulsaron el inicio de tales cambios.

Y valdrá la pena que lo hagan, puesto que la trascendencia del tema excede con creces el ámbito musical. La movida de conceptos y actitudes existenciales que generó el rock entre los cubanos, sobre todo en las primeras décadas del gobierno revolucionario, así como la reacción de este gobierno ante el particular, deberán ser asuntos de inevitable análisis para los sociólogos e historiadores del mañana (que ya casi es hoy), a menos que prefieran seguir ignorando la necesidad de buscar en el pasado reciente lecciones para el porvenir.

La represiva atmósfera política que había saturado al país desde inicios de los años 60, condenó a la desdicha de por vida a los cubanos cultores del rock, dando lugar a una situación de segregacionismo social muy grave. Es algo que aún espera por el examen de los estudiosos, no desde la musicología, que es como suele ensayarse, sino como fenómeno sociológico de dimensiones dramáticas.

Cualquiera (lejano a nuestra realidad) podría alegar que el cubano no ha sido el único medio hostil a los rockeros, quienes, por su naturaleza liberal e iconoclasta, tienden a ser cuestionados o ninguneados por la “gente bien” de casi todo el mundo. Cierto. Pero en Cuba el drama fue sui géneris, justo por el tratamiento discriminatorio que se les prodigó a nivel institucional, como política de Estado.

Por aberración ideológica del dictador y su régimen, preferir la música y el estilo de vida rock fue considerado en la Isla como señal de simpatía y hasta de complicidad con el “enemigo de la patria”. Y de este modo los rockeros no sólo fueron marginados y reprimidos por el poder. También eran rechazados o tratados con recelo por gran parte de la sociedad, incluidos sus propios familiares.

Con la gran ascendencia que le otorgara, primero, la simpatía popular, y luego, la fuerza dictatorial, el régimen logró inocular sus propios prejuicios entre la mayoría de la población, involucrándola en la abusiva actitud ante los cultores activos del rock. Así otorgaba categoría política al fenómeno y acreditaba de paso su actitud segregacionista con un falso discurso patriótico, lo cual convirtió el drama de este grupo social en un caso posiblemente único en todo el mundo.

Era el país casi entero contra un segmento de población más bien minoritario y desvalido. Por lo menos fue así durante las dos primeras décadas de la revolución fidelista. Devenidos entes invisibles bajo esta fuerza demoledora, los rockeros fueron anulados como grupo social, sin más derechos que el de resignarse a soportar callados la repulsa o, de lo contrario, emigrar hacia el extranjero.

No resulta casual entonces que la influencia (aunque fragmentada y pasajera) de un acontecimiento político de tanto alcance como la Perestroika terminase propiciando el rescate de su visibilidad social, entrada ya la segunda mitad de los ochenta.

Los vehículos fueron, esencialmente, Radio Ciudad de La Habana, una emisora capitalina cuya importancia para la cultura cubana también está pendiente de estudio; y El Patio de María, con una historia afortunadamente mucho más conocida y con una estela de nostálgicos que mantienen viva su memoria.

Hubo otros conductos (tímidos, conservadores y sin mayor trascendencia), pero fueron estos dos escenarios los que, por vez primera en la etapa revolucionaria, intentaron en serio dar visibilidad a los rockeros de La Habana, propiciándoles un marco donde al fin pudieron escuchar y compartir libremente la música que preferían, sociabilizando, además, bajo un relativo amparo institucional.

Por más que dentro y fuera de Cuba los medios de información se hayan referido al Patio de María, aún reclama ser examinada con la debida profundidad su valiosa función social en tanto canalizador de las inquietudes no sólo musicales, sino existenciales de los rockeros. Radio Ciudad de La Habana no sólo les brindó la posibilidad de escuchar aquella música a la que malamente podían acceder sólo a través de emisoras de onda corta, lo que es decir prohibidas. También fue un sitio dentro y desde el cual pudieron identificarse e intercambiar información en un lenguaje común para todo el grupo, sintiéndose menos solos y reconociéndose, al fin, visibles como entes sociales.

Tampoco es gratuito el hecho de que la decisiva labor de estos dos sitios haya terminado como la fiesta del Guatao. Primero, en Radio Ciudad, donde la aplanadora del régimen dejó apenas en pie sombras caricaturescas de lo que había sido. Y luego en El Patio de María, que duró un poco más, entre agonías y sobresaltos, pero que también iba a resultar aniquilado por el cilindro de los comisarios y la policía política, dejando igualmente una sombra caricaturesca bajo el nombre de Agencia Cubana del Rock, caso irrepetible, quizá a nivel de todo el mundo, en el que un gobierno controla a los rockeros manteniéndolos agrupados en una organización que es como el partido comunista, con una sola dirección y con estatutos de obligado cumplimiento que se dictan desde arriba.

Es el alto precio que han debido pagar los rockeros cubanos con tal de no volver a la invisibilidad. Hoy, por suerte (que no por rectificación de sus represores), el tiempo y un ganchito van devolviendo lentamente las aguas a su nivel. Pero el daño ocasionado por aquellos hechos permanece intacto en la memoria, impidiendo que la historia oficial haga con ellos borrón y cuenta nueva.

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Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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