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Los peces no bailan rumba

Los peces no bailan rumba
mayo 18
20:22 2017

Imperceptible, el tenedor choca de regreso contra los dientes, luego la boca de Berenice García, que disimuladamente evita atraer la atención de los otros comensales con los sonidos de sus tripas, traga en silencio, aunque quisiera engullirse de un golpe toda la comida del mundo. La libertad es como las piernas de una mujer hermosa que se rehúsa a ser amada hasta que se le conquista y queda feliz entre los brazos victoriosos con la intención de darlo todo. En eso tiene su parecido con la comida, algo que no se aprecia de esta manera si no se ha hecho una huelga de hambre. Por eso, nerviosa –como si fuese a aparecer alguien que se la llevase para alejarla de su almuerzo–, come y observa a todos a su alrededor; a una señora con un moño inglés, al bigote nervioso de otro comensal a su derecha. Su vista puesta en la puerta por encima del hombro de su acompañante. Tampoco desea que aparezca alguien para arrebatarle su libertad. Saborea un pedazo de carne con zuccini, un poco de arroz con frijoles colorados. Suspira, recuerda las grises paredes de la celda, la cobija fría y respira aliviada: ya no está en Cuba.

–¿Le importa si la entrevisto mientras comemos?

–¿Usted ha hecho una huelga de hambre? –pregunta ella.

La sonrisa de Berenice García expande la luz detrás de sus ojos quemados en la profundidad, en lo invisible, es una lástima que a la grabadora del celular le sea imposible atrapar esta imagen con las palabras, el destello, el relámpago de quien se siente en paz por mucho tiempo. Había pedido salir a la calle, hacer cosas al aire libre, no dormir, no estar sentada, no dejar que el tiempo pasara sin ser útil. Disminuir el hambre, disfrutar cada sensación, Hialeah es una ciudad horrible pero Miami Beach, en cambio, sí parecía una de esas de las películas. Era raro en ese instante: antes de sonreír con cortesía una lágrima se acomodó en su párpado, una lágrima de alegría y dolor a la vez, una extraña satisfacción personal que podría traducirse egoísta, y lo notó. Lo notó y con fuerza se compuso, agarró la servilleta en un gesto chic y la borró de su mejilla. Ella, la profesora, la dama de blanco, la navaja de afeitar como le decían muchos, tomó compostura contra la lágrima que le había hecho derrumbarse. Lo que no pudieron hacer las paredes de su casa pintadas de asfalto por los agentes del gobierno opresor, ni los gritos, ni las paredes rugosas del calabozo o la peste a patas de la celda contigua, lo hizo la idea de que ahora mismo era libre del comunismo y el absurdo, de esa isla maldita que debería tragarse un tsunami.

–No, gracias a Dios.

–Sí puede entrevistarme, pero no le va a ser fácil –agacha la vista.

–¿En los momentos más difíciles de sus múltiples huelgas de hambre, en qué pensaba usted, de qué se agarraba para mantenerse viva?

El sabor del bistec se hizo amargo por unos segundos, pero no podía dejar que las respuestas que el mundo necesitaba saber le amargaran. Se había jurado muchas veces comérselo todo, a donde quiera que fuera. Comer para ser feliz, comer por placer, comer para que si un día no tuviera qué comer al menos le quedase el recuerdo. En la oposición estaban sus fuerzas, el enemigo se resistía y en su resistencia estaba su contraataque. Ataques en internet, ataques los domingos, ataques en todos lados, atacar al enemigo con rabia, con los ojos, con los dientes, con cada átomo de su existencia y ser. Atacar con las letras, partiendo sus conceptos absurdos, su burda necesidad de esclavizarnos a todos, de hacernos sentir como basura y engañarnos.

–No puedo mentirle, no pensaba en otra cosa que no fuese en matar, el odio es el mejor combustible para una huelga de hambre. Es el odio lo que debe mantenerte viva ante toda agresión, no soy Gandhi. Mi paz está en la punta de un cuchillo o en una bala. ¿Sabe usted cuántas veces he querido matar yo a todos esos comunistas hijos de puta? Sin embargo, el odio hace que te duela la boca del estómago y las tripas, entonces cuando eso pasa es que uno trata de buscar la paz. Entonces, cuando este momento llegaba, pensaba en todo el cúmulo de mentiras, en la gente con miedo a salir a las calles para quejarse. En la mirada de mis vecinos como carneros pidiendo recargas de celular a sus parientes en el extranjero y con treinta mil varas de hambre parados frente a mi casa gritando gusanos, gusanos, y me avergonzaba de no haber hecho más por mí misma. Debí haberme hecho refugiada política, debí haber matado a uno de esos esbirros, a cualquiera, al más simple, pero no lo hice. Había muchos que sí necesitaban mi voz, médicos, ingenieros, gente que necesitaba un cambio y aún seguía pagando el sindicato dolorosamente. No esos tontos de la wi-fi, los ansiosos de ver el mundo, los que no hacen nada, no los juzgo, les sembraron el miedo, el desespero, la falta de voluntad. Por eso me quedé en ese archipiélago de mierda, habla de derechos humanos gritaban, pero yo no gemía, no lloraba, me reía en sus caras y les preguntaba si se les acababan los golpes mientras los hilitos de sangre caliente continuaban su curso. Entonces me seguían golpeando para que sintiera en carne propia el dolor de no ser carnero en su rebaño. Nada de lo que hicieron en mi contra les funcionó.

La señora del moño inglés hace un gesto serio con el rostro y se asemeja a un pez. Berenice descubre un pensamiento que hasta ese instante permanecía oculto entre las nubes oscuras de sus neuronas. Acaricia el pensamiento en su memoria. Un pez, eso quería ser cada vez que tenía hambre en sus continuas huelgas. Un pez sobre el vacío se repetía una y otra vez, así decían los versos de su amante, el poeta. Esos eran los mejores momentos, cuando recordaba su vida pasada, las calles de La Habana, amaba esa ciudad de brazos de su hombre cuando en cualquier callejón se dejaba robar un beso, o susurrar un verso al oído, él como siempre con sus manos intrépidas tocándole las nalgas. El amor recupera, el amor es lo único que sirve para raspar del alma las heridas de las dictaduras. Pero no lo dice, prefiere guardarlo para sí, hay otras cosas que decir.

–¿Qué es lo que más recuerda de su primera huelga de hambre?

–No soy católica, ni protestante o de ninguna denominación, aunque tengo mi fe. Me puedo atrever a decirle que sentí la muerte rozarme los labios en muchas ocasiones. Las pesadillas eran horribles, además de los ataques en mi celda, en esos tiempos a veces enviaban reos de otros destacamentos a atacarme en la noche. Siempre lo mismo, había días en los que me defendía y sacaba a una que otra de circulación; sin embargo, hubo muchas ocasiones en las que no podía mover un músculo y caía profundamente. Sentía los golpes de lejos convencida de que sí valía la pena resistir, seguir gritando al mundo desde mi celda en pequeños papelitos escritos. Cuando me retiraron las cosas para escribir, comencé a escribir con mierda en las paredes. Me dijeron que me mandarían a siquiatría y así fue. Pastillas, electroshock, horas de insomnio… fue cuando entendí que la paz no era el mecanismo. Ya los golpes no me dolían, me cambiaron de celda y yo me cambié el nombre. Le doy gracias a mi primera huelga de hambre, gracias a ella me dicen Berenice, la cuchilla de afeitar.

–¿Ese apodo le costó 15 años de cárcel, verdad?

–De todos modos iba a estar esa misma cantidad de tiempo, me defendiera o no. Así que la solución estaba a la mano… ¿ya olvidó usted que en Cuba si no te defiendes en la escuela eres penca o pendeja? Ser de Marianao tiene sus ventajas… a pesar de que mis padres eran periodistas, vivimos en el barrio de Buena Vista una gran parte de nuestras vidas; allí no te escapas de las broncas todos los días a las cuatro y veinte en la escuela. Ni de los toques de tambor, o las aficiones por la bolita, todo este tiempo viví en medio de una burbuja donde a parte de las becas y la universidad no veía más allá de los regalos de los diplomáticos y los dólares. Por suerte hay personas que te ayudan a aterrizar… luego de los noventa, donde todos sufrimos de alguna manera la miseria y la necesidad, hasta dentro de mi burbuja se sentían los embates del huracán, en mi vida y la de mis amigos. Los ojos tristes de la gente, el dolor, la penumbra y los silencios. En esa época iba tomando consciencia de cosas que nunca antes vi, luego la muerte de la civilidad y la educación, un ritual macabro donde a la gente parecía no importarle nada: entonces ahí comenzó a importarme todo. No iba a las marchas, no pagaba sindicato, por momentos pensaba que irme del país podría ser la solución, pero no lo hice. Luego las marchas, la militancia por los derechos de todos, los volantes, la cárcel y el florecer de Berenice la Cuchilla de afeitar. Llevaba varias noches de huelga de hambre, en la madrugada se aparecían tres guardias mujeres en mi celda para dejarme muerta a golpes, la verdad no sabía qué hacer o cómo reaccionar. Nunca he sido de llorar o de huir de mis problemas, así que algo debía hacerse, pero encerrada entre los muros de mi celda y las cabillas frías solo me quedaba ingeniármelas. Por lo general las reclusas me respetaban, otras querían buscarse una reputación con los guardias y de cierta manera se congraciaban frente a los jefes. No me tuve que esforzar, alguien me lanzó un papelito con unas cuchillas de afeitar. Semanas más tarde, cuando me sacaron del solitario, supe que habían sido enviadas por unas admiradoras secretas. Recordé los tiempos en que mis primos de los Pocitos me llevaban a empinar papalotes e iban a la guerra con otros chicos pasando las cuchillas en el aire por el hilo, haciendo a los otros quedarse sin sus cometas al final de la batalla. Esa noche mi cometa estaba lista para la guerra, sentía en mi mente el viento soplar sobre mi rostro. Luego todo termino muy pronto, esta vez no gritaba yo.

Muerde despacio un pedazo de pan y en sus ojos se disimula una sonrisa, es el sabor de la venganza que nunca se sirve frío, traga mientras su mente flota en aquella celda oscura, se estremece. Las luces del penal se apagan en su recuerdo, mira el plato de comida como quien intenta aguantar un tesoro que ha esperado por mucho tiempo. Desliza su mirada, el hombre del bigote extraño se ha ido, traga. Los golpes de los bastones en la reja, como un relámpago entran a la celda, golpean, tocan su cuerpo con lascivia. Siente la ira crecer entre sus senos junto a los moretones. Agarra su entizado, lo desliza sobre la cara más cercana en la oscuridad, siente entre los golpes, las gotas de sangre que la salpican. Vuelve a lanzar su entizado a un lado y otro, los chorros de sangre, los gritos. Mátala, hija de puta qué es eso, alguien que prenda la luz. Las cuchillas de afeitar se cuelan por todos lados como las hojas de hierba mientras se va construyendo un trillo en el campo. Otra vez más golpes, caer al suelo, despertar en la enfermería, aún tiene pelo y pedazos de piel en la boca. Berenice García, traga y calla.

–¿Cuántas huelgas de hambre realizó en todos estos años?

–Veintidós en quince años… no es que la comida fuese tan buena.

Sonríen juntos, mientras Berenice continúa concentrada en su bistec. Se había jurado no ser infeliz cuando estuviese fuera, se había jurado dejar que la vida le diera con todo, pero por momentos la tristeza la inunda como un atardecer y la angustia le da sus pequeñas mordidas. Su rostro se transforma con dolor, pero tiene que imponerse, esas rachas de angustia y ansiedad vienen de la cárcel, de tener que cuidar su pellejo las veinticuatro horas del día. Tener que mirar sobre el hombro… la paranoia, como la sombra de aquel pez de su amante, era lo que la había mantenido a salvo todos esos años. Un pez sobre el vacío, repite mientras observa el rostro del periodista. Los labios de su poeta escondiéndose en cualquier edificio en reparación y dándole amor al derrumbe. Los pedazos de escombro parecían la suite de un hotel en los brazos del poeta que todo lo que tocaba lo convertía en oro, recuerda sus orgasmos en aquellos brazos y se sonroja, el dolor la deja con un suspiro. El odio es algo que no debe llevar uno en el alma piensa y a la vez le dice al periodista del Miami Herald sin pensarlo, el odio te consume, el odio es como ese círculo del infierno de la divina comedia en el que todos están congelados, el odio es cuando todo lo que sientes se ha convertido en un frío tan espantoso que nos quema. Nos quema y nos arrasa con sus marcas horribles y a la misma vez es combustible. Este odio que siento no sé con qué calmarlo. El cuchillo de mesa se convierte en un arma en las manos de Berenice, la cuchilla de afeitar. El periodista detiene su mano y la observa con cuidado, la acaricia con bondad. La caricia se transfigura en más lágrimas gélidas que se desprenden como dos espátulas en sus rasgos heridos.

–¿Usted cree que yo debería dejarlo todo después de esta lluvia de alquitrán sobre mi vida o es mucha la mierda que me han hecho comer? ¿Ha perdido usted a alguien en una guerra silenciosa e invisible? Mataron a mi poeta, lo acorralaron hasta que no pudo aguantar más, se lanzó al golfo sin retorno. Mi amor se unió a la libertad de los peces, que todo lo observan sin razón. Escriba todo, escriba y hágale saber al mundo cómo ellos apagan las voces mientras muchos creen que no, desde este lado de la verdad ha llovido mucho. Es difícil aguantar, por momentos también yo quisiera ser un pez. También lo hubiesen matado a usted, como me han hecho a mí. Hay muchas formas de asesinar.

La señora del moño inglés intenta con mucha fuerza detenerse ante el sonido de una conga que inunda todo a su alrededor en la esquina del restaurant, se contiene quizás porque es tan inglesa como su moño, se contiene quizás para guardar la etiqueta. Pero el moño da pequeños brincos nerviosos con el repique de las latas, los tambores parecen ser más poderosos que su voluntad. El ritmo es monstruosamente pegajoso, la gente empieza a sonreír, a asomar sus narices en los vidrios del local, como una ola de calor se siente la adrenalina chocando con las mesas como un volcán. Berenice siente la música y recuerda aquellas manifestaciones fuera de su casa, los gritos de gusanos, váyanse, no los queremos, traidores. Regresa al rostro cortado de las guardias violadoras, las buitres del comunismo heridas en su amor propio, los chorros de sangre. Quiere pararse y gritar soy Bere la cuchilla de afeitar, la fiera de Buena Vista, extraña su entizado, aprieta la mano, pero no se mueve. Aprendió que es mucho mejor esperar que el enemigo se acerque para que no vea qué es lo que le espera. Espera y, aunque comprende que ya no está en Cuba, la paranoia no la ha abandonado, ni a noventa millas de distancia puede abandonar sus instintos. Trata de calmarse, piensa en lo único que la calma, el recuerdo de las caricias y el pene de su amante.

–Prepárese señor periodista, son los comunistas que llegaron a esta tierra.

–Carlos, llámeme Carlos por favor. No creo que sean los comunistas.

El cuchillo de picar carne está listo en las manos de la cuchilla de afeitar, su mirada se laza contra los vidrios de la ventana y agacha la cabeza. Sentir que va a hacerlos llorar la excita, su sexo tiembla, sus olores la inundan por entre sus senos. Su sangre es un remolino de plomo y fuego, no tiene venas sino tuberías repletas de caballos salvajes que se disparan en estampidas por su cuerpo. Tiene fiebre de ira, no escucha nada, solo un vacío inmenso que le roba la esperanza, es un condón el espacio delineado por ventanas y puertas a su alrededor, eso la contiene. Se contiene, pero solo por un instante, pero no lo suficiente, no la calma siquiera el pene de su amante rígido como el grito de Dios. Berenice García es una emulsión de semen, salvaje, inaguantable, su temperamento es tan cruel como una eyaculación precoz. Se lanza y abre la puerta. Rápida como un disparo evita los obstáculos y alcanza el umbral, respira en la acera, la conga viene hacia ella, se va a defender, se va a lanzar sobre todos hasta dejarlos desangrarse. Recuerda cómo su poeta dejaba caer su semen en su rostro, sonríe mientras aprieta el cuchillo, comunistas de mierda hoy van a saber… Sus oídos escapan del silencio, por primera vez escucha, escucha lo que cantan y siente vergüenza, llora como una niña, el sol le hace guiños desde arriba. Abre la boca y repite el coro: ae, ae, aeeee la chambelona, Fidel no tiene madre porque lo pario una monaaaaa, ae aee ae la chambelona. Siente una mano cariñosa que la aguanta de la cadera, regresa el rostro para ver quién es, emite una carcajada larga. Es la señora del moño inglés, que también en un español muy claro repite el coro. Se mezclan en la multitud, bailan, ríen, disfrutan el sudor y el tumulto, no está sola. Sola, nunca más. Para Berenice García, los tiempos de ser la cuchilla de afeitar han quedado detrás, ya no está en Cuba y, al menos para hoy, ha llegado una buena noticia… Canta, sonríe con júbilo, puede que haya esperanza o no, por ahora decide no ser un pez bajo el vacío.

En la mesa, el plato de Berenice García aguarda casi vacío.

Sobre el autor

Luis Jiménez Hernández

Luis Jiménez Hernández

Luis Jiménez Hernández nació en Cuba en 1978. Es poeta, narrador y ensayista. Director y fundador de la revista digital Zektorzero, ha obtenido varios premios nacionales e internacionales. Textos suyos han aparecido en Argentina, México, España, Nicaragua y Cuba, en publicaciones como la revista Crítica, de la Universidad Benemérita de Puebla, La Gaceta de Cuba, MarcaAcme y otras. Reside en Estados Unidos.

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