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Los perros brutos de la dictadura

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Los perros brutos de la dictadura

Los perros brutos de la dictadura
octubre 16
14:17 2016

 

El término “lacra” estuvo en desuso en La Habana durante un largo tiempo, luego de que en los 60, del siglo XX, había ejercido como bestia de arrastre político para el régimen, que solía estigmatizar a sus enemigos internos de entonces llamándoles “lacras sociales”. Después aparecieron otros fusilamientos lexicológicos más funcionales: vendepatria, escoria, desafecto, antisocial, gusano, mercenario… Y aquella bestia pasó a retiro. Hasta que fue retomada, esta vez por el pueblo, que sí sabe muy bien lo que dice y que tiene puntería de arquero suizo para nombrar las cosas. Un Lacra, hoy, entre los habaneros, no es un simple delincuente. Es un delincuente que además forma parte de las huestes represivas del régimen. Así que el nombre resume un doble daño orgánico o moral: el definido por la semántica y el que encarga la policía.

Fulano es un Lacra –se dice- y ya quedó descrito el colmo de la miseria humana.

Como las tuberías podridas o el olor a excreta, Los Lacras han venido configurando pinceladas de identidad en La Habana. Se les menciona poco, pero no porque se les conozca mal. Al menos no entre nuestra gente de a pie, que es la única que demuestra estar capacitada para ver las cosas con los ojos de la cara.

Violentos entre los violentos, desaliñados, transgresores, sucios, procaces, ruidosos, pero nunca distraídos, tampoco negligentes ni morosos a la hora de ejercer su real ocupación: la de agentes policiales o colaboradores o chivatos camuflados.

Los Lacras no faltan nunca, por veintenas, por cientos, en los conciertos de música rock o de rap o de reggaeton que se realizan en la capital de la Isla. Jamás desentonan por su aspecto exterior ni aun por su conducta en las reuniones de gays que en estos días (hasta la nueva redada) tienen lugar en predios del Parque de La Fraternidad, o en El Café, del Teatro Nacional. No son escasos entre las tensas concurrencias nocturnas de los rastafaris, en la calle G; ni en los estadios de béisbol, o en las plazas y salones de bailes populares. Mucho menos faltan entre la recua de asaltantes o drogadictos o proxenetas o bisneros o especuladores o garroteros o prostitutas o jugadores ilícitos o contrabandistas que pululan en las márgenes (aunque con frecuencia no tan lejos) de La Habana de las postales turísticas, dibujada por la contumacia de los visitantes dicen que progresistas y por la perversa oligarquía del patio.

También Los Lacras, como casi todo lo mal intencionado y lo peor proyectado que aflora desde la cabezota de la dictadura, se han convertido en cuchillo para su propio pescuezo. Recuerdan la tan repetida historia de los hurones, que fueron traídos a los campos de Cuba para que exterminaran a las ratas, y no sólo resultaron ser más dañinos que sus víctimas sino que, en lugar de aniquilarlas, se repartieron fechorías con ellas, para escarmiento de sus manipuladores.

Los Lacras son apenas un simple prototipo de las muchas variantes empleadas contra desafectos y opositores en tanto mecanismos de contracandela, es decir, como incendios provocados con la intención de aislar y terminar apagando otros incendios más amenazadores. Aunque en la práctica (y es el caso) ocurra que la contracandela alimente, complique y multiplique el incendio.

Se ha estado hablando últimamente por allá sobre el Decreto-Ley 242, entre cuyos diez objetivos las autoridades dicen haberse planteado “propiciar la unidad de acción en la prevención del delito y las demás conductas antisociales, identificando las causas y condiciones que las generan y posibilitan”. Si así fuera, entre las causas del delito y las conductas antisociales tendrían que empezar por la identificación del viejo y ya histórico connubio de la dictadura fidelista con ciertos nefastos mecanismos de violenta contracandela.

Y claro, si al final sirvieran para algo esas nuevas disposiciones, tendríamos que notarlo cuando veamos a Los Lacras (y por supuesto, a los integrantes de las siniestras Brigadas de Respuesta Rápida) en situación parecida a la de aquellos samuráis del Japón feudal, que al dejar de ser útiles para el poder, quedaron en la estacada, sin empleo, sin protección oficial, sin sustento y sin otro estímulo que el que podía ofrecerles desenvainar la espada para el haraquiri.

Por lo demás, la contracandela puede ser aconsejable en los campos de caña o en los bosques como remedio de urgencia para evitar males mayores. Pero en política, y aún más como estilo permanente de dominación, resulta inhumana, corruptora, aberrante, y suele provocar reacciones como la de los perros brutos y sin clase que se voltean para morder las manos de quienes los azuzan.

Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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