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Los restos del abuelo Fidelito

Los restos del abuelo Fidelito

Los restos del abuelo Fidelito
marzo 11
13:19 2015

El lunes 6 de agosto (escogido por la Iglesia Católica para celebrar la transfiguración de Jesús), un día tórrido como otro cualquiera, me encontraba desde muy temprano a la sombra del típico pórtico ecléctico que simbolizaba la entrada de un maloliente cementerio cubano. La tarea de ese día era muy sencilla, íbamos a realizar la exhumación obligatoria de los restos mortales de Fidelito, el abuelo de mi esposa sepultado en ese lugar dos años atrás.

Lo primero que aprecié, como visitante esporádico, es que los cementerios de la Isla, como todas las cosas en ese pedazo de tierra abandonada por Dios (aunque asidua de inocuas visitas papales y con una membresía cardenalicia), llevan la marca de un antes y un después.

Los cementerios cubanos ostentan la parte inmóvil, muerta, detenida en el tiempo, de los falsos propietarios de antes (de 1959), con los abandonados panteones de los francmasones y las sociedades importadas, de los Dones y las Doñas egoístas, monumentos de otra época profanados por la perenne ausencia de sus herederos, suertudos escapados al tiempo distante de cientos de millas más al norte. Y tienen la otra parte, la palpitante, la ampliada, la nueva, la colectiva, la dinámica parcela revolucionaria de los dueños genuinos de ahora, la porción que modulan la libreta de abastecimiento y el hambre que mata, las enfermedades devenidas del bloqueo injusto, como el cáncer y la gonorrea, el periodo especial, la chispa de tren y el idioma ruso por radio. La parcela que la salud gratuita y masiva renueva sin descanso cada día, con un movimiento imparable hacia arriba y hacia abajo, la parte donde se entierran en fosas colectivas o comunes, juntos, fundidos, desprejuiciados emparedados de hombres nuevos y hombres viejos, solidarios en su mala suerte de haber nacido antes o después (de 1959) para terminar bajo el subsuelo infértil de la parte inmensa, la que perpetúa el diario sustento miserable, pero seguro, a las familias de los trabajadores y de los empleados chupatintas, la parte que justifica la presencia del cura, que le da vida a los quiméricos paleros, a los colectores de materias primas recicladas y a los rateritos de poca monta. El cementerio habanero de La Lisa no es la excepción.

Curioso por el espectáculo del “saque”, junto al numeroso grupo de familiares, me acerqué con disimulo al septeto de sepultureros. Pero de repente, de la nada, surgió un gigantón de ébano que parecía ser el jefe de la brigada, quien nos gritó, con frases marcadas por el hastiado prosaísmo del que lo hace varias veces al día, que debíamos alejarnos del lugar y esperar hasta que él nos avisara. Empeñados en guarecernos en la sombra que proyectaba el muro, nos mantuvimos en silencio y acatamos la orden del grosero jefe, dejándonos castigar durante varias horas por el ofensivo resplandor de esa mañana de agosto, temerosos y boquiabiertos ante el profesionalismo con el que aquella cuadrilla de desalmados lograba la extracción simultánea de los ripios deformes, contentivos ahora de la nada pero que alguna vez fueron el todo de la forma humana de nuestros familiares y amigos.

Desde nuestra improvisada atalaya, contemplábamos espantados la dureza del oficio de aquellos pobres desgraciados. A medida que destapaban los nichos, decenas de descomunales cucarachas e insectos saltaban hacia la superficie y se abalanzaban sobre ellos. Junto con los restos podridos de los sarcófagos, asomaban gigantescas ratas que, fulminadas por el imprevisto destello, corrían despavoridas en todas direcciones. Las mujeres de nuestro grupo, entre exclamaciones de pánico y aterradores gritos, se incrustaban en puntillas contra el muro, evitando ser blanco del errático vuelo de la oleada de cucarachas. Pero lo más impactante para los presentes era la fetidez que brotaba caliente e inmisericorde desde el fondo de los agujeros. Estábamos allí el mismo día de la transmutación del cuerpo del Cristo, hipnotizados por la destreza de los desenterradores, quienes a ritmo de expertos vaciaban los nichos y apilaban en un orden inconsecuente los despojos, mientras que uno de ellos, para facilitar el acto que se avecinaba, espantaba de los restos mortales las cucarachas morosas o las ratas que se empecinaban en permanecer asidas a la costra de los que habían sido sus compañeros en el refugio seguro y el suculento cardumen.

Alrededor de las once de la mañana, concluido aquel primer “saque”, tronó sobre nuestras cabezas la voz del hombre de ébano, anunciando que ya podíamos acudir a “identificar” y a apropiarnos por un tiempo breve de la parte que nos correspondía de nuestros cadáveres, pero solo si conocíamos de antemano el lugar donde los habíamos enterrado (según las leyes cubanas, la propiedad sobre los cadáveres se divide a la mitad entre los familiares y el Estado).  Podrá imaginarse la reacción de la mayoría de los allí presentes, que  no tenían la más remota idea de cuál de aquellos nichos uniformes, sin marcas ni nombres propios, había servido de depósito a su muerto durante dos largos años; por otra parte, otros no habían ni participado en el enterramiento, por lo que el acto de reconocimiento y selección de ahora debía hacerse guiado por la intuición y no por la experiencia, ya que no habrían listas con datos disponibles hasta después del mediodía, hora de la apertura del anciano del archivo.

Los titubeantes primeros pasos hacia las hileras de restos se convirtieron de pronto en una alocada carrera. Yo, que era uno de los más cercanos a los nichos, previendo el pandemónium que se avecinaba, le había pedido a mi esposa que me aproximara al lugar donde habían enterrado a su abuelito Fidelito. Con una rauda salida, logré llegar entre los primeros hasta el preciado despojo y, sobre la marcha, con una de las bolsas de lona verde, me aleje a rastras en busca de la cercana sombra salvadora. Detrás, cubriéndome las espaldas de algún depredador furtivo, me seguía presurosa la comitiva familiar. Había tenido la buena suerte de llevarme uno de los restos mejor conservados y hasta en su propia funda verde, esqueleto al que a primera vista no le faltaban las extremidades como a otros, ni tenía fundidas partes o huesos de algunos de los otros tres afortunados residentes del mismo nicho durante esos dos años reglamentarios. Esta apreciación inicial me dio cierta tranquilidad, y esperé jadeante el arribo de la comitiva familiar.

El siguiente paso fue más fácil, aunque requirió de un gasto extra de adrenalina acumulada. Cuando la abuelita llegó al lugar, miró aquellos pingajos humanos durante un largo minuto; lo hizo con el sabio desinterés de quien conoce de antemano lo que encontrará en el contenido de la bolsa, y emitió su dictamen muy quedo pero con la fuerza de la esposa viuda: que aquel que allí reposaba no era su Fidelito. Se imaginan ustedes el espanto que se apoderó de mí; la abuelita, sin dejar de mirar el suelo infinito bajo ella, repetía lacónica y monótona que aquello no se parecía en nada a su querido esposo. Implorante, busqué ayuda con la mirada, e indeciso mire de nuevo hacia atrás, para ver como una simple discusión entre varias familias subía de tono y se aproximaba ya a la riña tumultuaria, disputa legal por el reconocimiento y la apropiación del ultimo cadáver disponible de aquel primer saque. Ante la vecindad inminente de la trifulca, tronó de nuevo la voz del hombre de ébano, quien se mantenía a una prudencial pero expectante distancia escoltado por su cuadrilla de desenterradores. El capataz gritó: “Atiendan acá, atiendan acá, carajo… ¿por qué discuten? ¿Por qué se pelean? No sean tercos, les dije bien claro que después de este primer “saque” viene otro “saque” y que por la tarde hay dos más, les repito, aquí jamás ningún compañero se queda sin su muerto… aquí lo que sobran son muertos… así que pónganse de acuerdo ahora, que vamos a comenzar con el otro “saque” para los que no alcanzaron”.

Dicho esto, el hombre de ébano indicó a la famélica cuadrilla comenzar el destape de los nuevos nichos y pidió a los invitados, con la misma grosería de la primera vez, que se alejaran del lugar.

Mis acompañantes, mudos testigos de la escena, se viraron implorantes e hicieron reflexionar a la abuelita, quien más resignada exclamó: “Bueno, no se me parece así de pronto… pero, mirándolo bien, puede que este sí sea mi Fidelito”. Yo, aprovechando el momento propicio, dije: “…Vieja, el tiempo no pasa por gusto, además, aquí usted puede ver que las condiciones no son las mejores, es verdad que está un poco cambiado pero lo importante es que está intacto, y creo que este sí es Fidelito”. Entonces expuse a mi esposa, para que me oyeran todos los presentes: “Si este no era su Fidelito, a partir de ahora lo es… no quiero que se hable más del asunto, que esto ahorita se pone malo y al final un saco de huesos, llámese como se llame, siempre será un saco de huesos, aunque insistan en que aún está vivo y cubierto de piel”. Y llamé a uno de los buscavidas del cementerio, de esos empleados por cuenta propia que por veinte pesos te hacen el favor de limpiar y desmenuzar los restos, aplicarles la cascarilla, la colonia y las esencias, y hasta te los acomodan en unas minúsculas cajas de madera, especie de modesto e indefenso cofre destinado a servir de refugio temporal, tiempo impreciso, almanaque incierto, lapso a merced del olvido o del impago familiar (o de que durante uno de los frecuentes cambios de administración del cementerio, en un trabajo voluntario, un domingo rojo o en un plan tareco comunal, los condenen a volar a la eternidad sobre el muro posterior del camposanto, para fundirse a la savia del follaje).

Después de haber depositado sin ceremonia alguna, en el dantesco osario subterráneo, los restos relucientes del abuelo Fidelito, y de haber pagado cuarenta pesos para los próximos veinte años, salimos a la superficie en busca de oxígeno, conscientes de que la sacra cajuela no permanecería en aquel sitio hasta esa fecha y convencidos de haber visto, en aquella cueva de La Lisa, una de las puertas del Infierno.

Al pasar cerca de la quijotesca cuadrilla en plena faena, el jefe de ébano, imaginándonos unos frustrados advenedizos recién llegados, nos gritó con insospechada benevolencia: “eh familia, miren, esperen allí junto al muro hasta que concluya este “saque”, que aquí hay muertos para todos”. Pero al percatarse de que éramos del turno anterior nos dijo burlonamente, a modo de disculpa: “bueno, si quieren otro pueden esperar, verán que aquí lo que sobran son muertos”.

Hicimos caso omiso y, sin mirar atrás, pasamos de nuevo por el ecléctico pórtico que simboliza la salida del cementerio. Mientras nos alejábamos, nos llegaba la resonancia del hombre de ébano por encima de una algarabía de mujeres: “… pero qué es esto familia, por qué discuten, da lo mismo un hueso más o un hueso menos… familia, carajo… dejen vivir a este pobre hombre que, aunque no conozca mucho de anatomía o no sepa contar bien, esta es mi lucha diaria… miren amigos, lo importante son los cráneos, son los que nos cuentan en las auditorias… el resto… bueno, todos los restos son iguales”.

Sobre el autor

Gregorio A. Cejas

Gregorio A. Cejas

Gregorio A. Cejas nació en La Habana en 1959. Es Licenciado en Historia desde 1993 y en Derecho desde 2008. Ha colaborado en publicaciones hispanas como Cubanet, Prensa Libre, Letras y Voces News, Hola Miami News y La Voz de la Calle. Colabora con la Asociación de Educadores de La Florida y con la Asociación Internacional de Poetas y Escritores Hispanos de Miami. En Amazon pueden hallarse sus libros “El semientierro de mi abuelita” y “Santos Clon”, entre otros.

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