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Madama Butterfly en Miami

Madama Butterfly en Miami

Madama Butterfly en Miami
noviembre 30
00:04 2014

A finales de 1906, el 28 de diciembre para ser exactos, París acogió al gran compositor italiano Giacomo Puccini para la primera presentación en Francia de su ópera Madama Butterfly, en el Teatro de la Ópera Cómica.

Puccini, que gozaba ya de una bien merecida fama como compositor, la había estrenado en La Scala de Milán el 17 de febrero de 1904 –donde fue pobremente recibida–, pero después le hizo algunos cambios y la segunda versión, estrenada en Brescia el 28 de mayo de 1904, fue ya todo un gran éxito, por lo que, como es de imaginar, las expectativas creadas para el estreno parisino de la cuarta versión fueron muy grandes (Puccini llegó a escribir hasta una quinta versión de la ópera, que se conoce ya como la “versión estándar”).

Madama Butterfly no defraudó a los parisinos, como tampoco defraudó a los miamenses y a los floridanos amantes del género la puesta de la Florida Grand Opera de esta ya centenaria ópera, en el Adrienne Arsh Center de Miami, del 15 al 22 de noviembre, y el 4 y el 6 de diciembre de 2014 en el Broward Center for the Performing Arts de Fort Lauderdale.

El martes 18 de noviembre asistí a la representación de la ópera en Miami, y una vez más me enamoró y me conmovió.

Argumento

Acto 1

En 1904, B. F. Pinkerton, un oficial de la Armada estadounidense a bordo del USS Abraham Lincoln, alquila una casa sobre una colina en Nagasaki, Japón, para él y su prometida, la quinceañera Cio-Cio-San, apodada “Butterfly. Por intermedio del casamentero Goro, el marino ha arreglado su matrimonio con la muchacha. Ella ve ese vínculo como un compromiso de por vida, pero para Pinkerton solo se trata de una aventura fuera de su país. Como las leyes de divorcio japonesas son muy laxas, su secreta intención es divorciarse de la joven nipona, una vez encuentre la esposa estadounidense adecuada. Butterfly está tan animada por casarse con un estadounidense que antes de la boda se convierte secretamente del budismo al cristianismo. Su tío, un monje budista Bonzo, descubre la conversión, va a la casa, maldice a la joven y ordena a todos los invitados que se vayan, lo que hacen y reniegan de ella. Butterfly y Pinkerton se casan de todas formas, y tienen su apasionada primera noche de amor (dúo Vogliatemi bene).

Acto 2 (unido al tres en esta puesta)

Tres años después, Butterfly está a la espera del regreso de Pinkerton, quien partió a Estados Unidos poco después de la boda. Su criada Suzuki intenta convencerla de que él no volverá, pero ella no la escucha. En un apasionado intento por convencerla de lo contrario, Butterfly canta su gran aria (Un bel dí vedremo). Goro sigue intentando que se case de nuevo, pero ella tampoco lo escucha, pese a la pobreza extrema que atraviesan. Sharpless, el cónsul norteamericano, llega a la casa con una carta que le ha enviado Pinkerton, en la que le pide que le explique a Butterfly que él volverá a Japón, pero no con la intención de estar con ella. Él comienza a leer la carta, pero no se decide a acabarla, pues Butterfly se altera demasiado al oír que Pinkerton regresa. Con el fin de prepararla para la verdad, Sharpples le pregunta qué haría con su vida si Pinkerton decidiera no regresar jamás. Con seriedad impetuosa, Butterfly responde que solo podría volver a divertir a la gente con sus canciones, o morir.

Cuando Sharpples trata de convencerla de que se case con el rico Yamadori –un príncipe que la pretende–, Butterfly le revela que tuvo un hijo de Pinkerton, producto de su noche de bodas, y argumenta que el marino podrá olvidarla a ella pero no a su hijo. Dado que Pinkerton ignora por completo los hechos, el alarmado cónsul promete informarle y a la vez trata de persuadir a la joven de casarse con Yamadori. Ella le ordena retirarse, pero el diplomático permanece en la casa y ve cómo Butterfly, desolada, toma al niño en sus brazos y canta su dolorosa aria Che tua madre dovrá, en la que explica que sin dinero y sin un marido que la proteja, ella tendrá que pedir dinero en las calles o cantar; que hará todo menos “ese oficio deshonroso”. En su delirio y desesperación la joven dice que prefiere acabar con su vida. Conmovido, Sharpples pregunta con dulzura al niño su nombre, y Butterfly le responde: “Su nombre es Dolor, pero cuando su padre regrese será Alegría”.

Sharpples se retira y la joven corre a observar con un catalejo por la ventana hacía el océano. Al divisar la bandera de la nave estadounidense Abraham Lincoln (el barco de Pinkerton), siente que triunfa su amor al verlo volver, y le pide a Suzuki que llene el espacio con flores de todo tipo, para que la llegada de Pinkerton sea una primavera como él había prometido.

Aquí comienzan los pasajes más tristes de la ópera.

Expectantes, Suzuki, Dolor y Butterfly esperan toda la noche la llegada de Pinkerton. Al amanecer, Butterfly cae rendida y duerme.

Suzuki se despierta por la mañana; Butterfly duerme. Llegan Sharpless y Pinkerton junto con Kate, la nueva esposa estadounidense del marino. Han venido porque, al enterarse de la existencia del hijo, deciden llevárselo para los Estados Unidos. Cuando Pinkerton ve cómo Butterfly ha decorado la casa para su regreso, se da cuenta de que ha cometido un gran error. Admite que es un cobarde y no puede enfrentarse a ella, de manera que Suzuki, Sharpless y Kate le dan la noticia a ella. Ella se muestra conforme con entregar al niño si Pinkerton mismo viene a verla. Mientras tanto, ella pide perdón ante una estatua de Buda, se despide de su hijo y le tapa los ojos (Tu, tu, piccolo iddio). Luego se retira a sus habitaciones y se clava el cuchillo de su padre. Tambaleante, besa a su hijo y muere. Pinkerton se apresura a entrar, pero ya es demasiado tarde.

El primer gran acierto de esta puesta es la escenografía, diseñada por David P. Gordon para la ópera de Sarasota, junto con el trabajo de luces, a cargo de Kenneth Yunker, que realzó en todo momento la representación, sobre todo durante la transición de la oscura noche al amanecer, donde la bellísima música y el paso del tiempo se acoplaron de forma admirable.

Y hablando de la música, la labor de la orquesta –dirigida por el aclamado maestro Ramón Tebar– fue la banda sonora perfecta para esta ópera con méritos cinematográficos, en que la genial partitura de Puccini parece música incidental para el intenso drama que transcurre en escena, sin menospreciar –en absoluto– la belleza de todas las arias y pasajes de la misma.

La orquesta se lució en todo momento, con un nivel de excelencia a la altura de las mejores casas de ópera del mundo, y el coro, bajo la dirección de Michael Sakir, aportó también lo suyo, sobre todo en su famoso pasaje “a boca cerrada” durante la transición de la noche a la aurora, así como cuando Butterfly está llegando a su boda.

Kelly Kaduce, como Butterfly, pudo haber brillado más en lo vocal al inicio del primer acto, pues sus agudos me parecieron muy cortos, principalmente en su entrada; eso sí, en lo actoral dejó de ser ella para convertirse en la joven e ilusionada geisha, con una entrega encomiable al personaje que sobrepasó lo vocal.

Para ser justos, en el dúo de amor con Pinkerton, Kelly mejoró su desempeño como cantante, mientras que como actriz estuvo inobjetable, pues “contrapunteó” la escena con John Pickle de forma muy “verista”.

Ya en el segundo acto, se comportó como una cantante diferente, pues igualó lo vocal con lo actoral, y su Un bel dì, vedremo –el aria emblemática de Butterfy– fue casi perfecta, muy conmovedora, e in crescendo a partir de ahí en las demás, como en Che tua madre dovrà y Con onor muore, sin olvidar aquella en la que proclama “triunfa mi amor”, tras ver la cañonera de Pinkerton entrar a la bahía de Nagasaki.

El tenor John Pickle, como el amoral teniente Pinkerton, cumplió en lo vocal pero sin destacarse, y ni siquiera compensó su falta de brillantez con lo actoral, salvo en el dúo de amor, Bimba, bimba, non piangere, donde se creció.

El barítono Todd Thomas, como Sharpless, el cónsul americano, dio una clase magistral de equilibrio perfecto entre canto y actuación, con gran brillantez en ambos rubros, mientras que Caitlin McKechney convenció con su devota e incondicional Suzuki.

El resto del elenco estuvo en todo momento a la altura de esta memorable puesta: Jeffrey Beruan, como el iracundo Bonzo tío de Butterfly, no pudo estar mejor durante su breve aparición; Daniel Bates, como el inescrupuloso casamentero Goro –casi bufonesco– satisfizo a la perfección su papel, y Will Hughes y Hailey Clark, en sus papeles menores de Yamadori y Mrs. Pinkerton, respectivamente, fueron el adecuado “follaje” para las flores de los protagonistas.

Mención aparte merece el niño Sebastián Powell, que dio una precoz lección de disciplina al mantenerse completamente inmóvil durante la llegada de la aurora, así como en el resto de sus apariciones ya no “dormido”, y el vestuario de Allen Charles Klein, que recreó ese mundo de geishas y samuráis como si fuera una postal de época.

Una única objeción: en Japón las personas dejan las sandalias afuera de las habitaciones antes de entrar, y en esta puesta nadie se descalzó antes de hacerlo.

De nuevo, porque se lo merece, quiero destacar la exquisita dirección musical de Tebar, que como ya escribió tan acertadamente mi amigo y colega Daniel D. Fernández en el Nuevo Herald, “supo sacarle a la partitura todo su brillo y llevar la obra con mano firme de la primera a la última nota”.

Madama Butterfly, de Puccini, por la Florida Grand Opera, se mantendrá en cartelera hasta el 6 de diciembre, en el Arsht Center y en el Broward Center. Información y entradas: 1 800 741 1010 y www.fgo.org.

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Sobre el autor

Baltasar Santiago Martín

Baltasar Santiago Martín

Baltasar Santiago Martín (Matanzas, 1955). Ingeniero estructural, en 1987 fundó en La Habana el grupo “Arar” (Arte y Arquitectura). Tiene publicados “Amaos los unos a los otros” (Betania), “Esperando el velorio” (Alexandria Library), “Calentando el bate” (ZV Lunáticas), “Una vida, un tren”, (Alexandria Library) y “Visión 21/21”, (Linden Lane Press), entre otros libros. En 2008 creó la Fundación Apogeo para el arte público, y en 2013 la revista cultural Caritate, tras casi cuatro años como columnista y jefe de redacción de la revista Venue. Es corresponsal en Miami de la revista Newsweek en español.

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1 comentario

  1. MACA
    MACA diciembre 03, 00:13

    Me gusto mucho y esta cronologicamente organizado y el autor denota una agudeza en la observacion con la actuacion del nino y la costumbre de las sandalias.

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