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Magnetic Resonance, o un examen de identidad

Magnetic Resonance, o un examen de identidad

enero 25
21:39 2011

 

la_maquina_de_los_ruidosNunca he estado en un submarino, ni siquiera amarillo, pero hace unos días tuve que introducirme en una máquina para revisar mi hombro izquierdo.

Por alguna extraña razón pensé que el ruido de martillo constante sobre mi cabeza, mi boca pegada al techo de la cápsula, el entumecimiento por la postura rígida, todo parecía un viaje en un submarino ruso (según lecturas hechas), de aquellos que alguna vez merodearon las costas del Caribe.

Pero necesitaba salir mentalmente de ese trauma que me produce el encierro, escapar de nuevo hacia otros aires, otros mundos menos circulares, como aquellas ruinas dejadas en la aventura y el orden de trasgredir lo permitido, la ley impuesta sin otra respuesta que una sensación de ruina por todas partes. Esa sensación de pertenencia cercana a la desgracia que nunca deja de estar dentro, por mucha felicidad que enarbole la nueva vida, por muchas lenguas que adquiramos y mucho deseos de dejar de mirar atrás para estar seguros que ninguna oscuridad nos sigue.

Entonces apelé a aquella lectura de Santa Teresa de Jesús cuando se encuentra con Dios, bajo un árbol donde descansaba; cuando lo siente en forma de ángel desde una realidad o sueño que le permite viajar hacia la claridad que sólo Dios proyecta. No obstante, sentí que los veintiséis minutos del examen eran como una gota de agua y el sonido de una radio en la lejanía, detrás de muchas paredes tapiadas. Nunca imaginé que las postales supuestamente superadas de aquella existencia de cautivo y poeta, de aquellos días siempre sobre un aro de fuego, volverían a quemarme con la inquietud de quien puede reconocer el poder de Dios en ese regreso al polvo, en ese segundo donde aquí no estamos más para contarlo.

Sólo una idea, como una balsa a la deriva, como un niño salvado por muchos delfines, pudo calmarme. Respiré profundo, me dije que no sabía odiar porque tampoco sabía perdonarme; me dije que la violencia, los atrincheramientos y la pólvora constituían sólo una identidad de paso, un tiempo difícil y bello para aprender antes que se abra un surco en el mar y los muertos –nuestros muertos–, regresen, con lumbre, a reconstruir la única gloria que no se puede ver en el fondo del mar.

Esa gloria viene de no olvidar, de no dejarlos –a quienes se quedaron– en esa tierra de olvido que a veces, con la comodidad y el tiempo, vemos borrosa.  Como si el nacer en un lugar, aunque se viva mejor en otro, no nos concediera suficiente bondad para llamarnos Patria; como si mirar al otro no fuera entender ese destino que ningún victimario puede llevarse a bolina de nuestra vida, la real, la de abajo, la que es como la hierba que crece sobre el piso de tablas de un viejo edificio de madera, donde se dan el lujo de nacer algunas flores (puede que blancas, o amarillas, qué más da).

En fin, una señal desde cualquier cielo. Una forma con que estirar un poco los dedos para alcanzar lo inalcanzable. Una para vestirnos con la mezcla de todo lo que somos y que nadie quede fuera cuando se abra esta máquina de ruidos donde nos metieron. Una manera de reencontrarnos con los amigos –que si están vivos ya eso se perdona–, de saber que, a pesar del miedo y del dolor, también nosotros podemos tener las almas desaforadamente blancas.

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Sobre el autor

Juan Carlos Recio

Juan Carlos Recio

Juan Carlos Recio (Santa Clara, 1968). Poeta y narrador. Su libro “El buscaluz colgado” fue Premio de la Ciudad de Santa Clara en 1990. Obtuvo también una primera mención en el Premio Julián del Casal de la UNEAC, en 1991, con su poemario inédito “Hay un hombre en la cruz”. Ha publicado, entre otros, los poemarios “Sentado en el aire” y “La pasión del ignorante”. Desde el año 2000 reside en la ciudad de Nueva York, donde edita el blog Sentado en el Aire.

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