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Mala racha

Mala racha

Mala racha
junio 25
00:43 2014

La vida es veneno. No siempre, claro. Pero a veces, cuando uno menos lo espera, se pone tóxica o por lo menos bastante difícil.

Yo estaba pasando por una mala racha. Primero se me rompió el Cadillac. A la semana, me dieron layoff. Perdí el apetito. Me puse flaco, ojeroso, demacrado. No quería ir al médico, podía ser algo malo. Para colmo, un día se me cayó también el tolete. Era la primera vez que me pasaba. Damaris trató de resucitarme, pero fue en vano. Mi carne no respondía. Estaba más muerto que vivo. Al cabo de muchos baboseos y masajitos, la pobre se dio por vencida. Se tumbó en la cama boca abajo, con la mano enterrada entre los muslos. Yo me quedé boca arriba, fumando y mirando al techo con una mezcla de ira y frustración. Al fin, Damaris se levantó y rompió el silencio.

–A ti te han hecho brujería –declaró.

No quise contestarle. Sabía que ella tenía una fe tremenda en los santos y no quería hacerle un desaire. La casa tenía un cuarto dedicado por completo a ellos, con altares, soperas, piedras, hierros, jícaras, toda clase de andaribeles. Damaris los saludaba todos los días haciendo sonar una maraca o un cencerro; a veces les hablaba, pedía por mí, por nosotros. Salud y desenvolvimiento. Yo no les pedía nada; tampoco los despreciaba. Ella me pidió un cigarro y se lo di. Marlboro, los únicos que fumo.

–¿Tú tienes algún enemigo? –me preguntó después.

–No sé, no creo –le contesté.

–Qué comemierda eres, Manny…

–¿Por qué?

–Mírate como estás –respondió–. Pareces un foquin esqueleto.

Tuve que reconocerlo. Si seguía así, me iba a ir por el tragante. Tanta desgracia de pronto parecía cosa de magia negra.

-=Todos tenemos enemigos –siguió diciendo Damaris–. En el trabajo, en el barrio. Alguien que te tiene envidia, puede que por gusto. La gente es mala. Piensa bien, trata de acordarte. Come on!

Eché un poco de humo, me rasqué los sobacos, pero nadie me vino de inmediato a la mente. Todos mis enemigos, los verdaderos, habían quedado del otro lado del charco, sumidos en la tiniebla y la carroña. Del lado de acá, nadie envidiaba la poca suerte que tenía.

–¿Alguien te ha dado de comer algo? ¿Te han hecho algún regalo? –insistió ella.

Me acordé de que unas semanas antes me había tomado un par de Jáineke con Willy Baldomero, el mecánico, uno de los pocos que tenía confianza conmigo en el vecindario, pero enseguida le advertí a Damaris que era hondureño y no sabía de brujería, al menos de la brujería que ella estaba hablando. La mujer acababa de dar a luz en el Jackson, estaba feliz, quiso compartir conmigo, qué carajo.

–El que no sabe nada eres tú –dijo Damaris con exasperación–. God, you’re such an idiot.

–¿Yo?

–Ese hijeputa es el que te tiene así. ¿No te das cuenta?

–No digas eso, baby.

–¡Te ha matado hasta las ganas de singar, coño!

–No puede ser –le dije, pero ella se cagó en la noticia. Era una negra testaruda y muy desconfiada del prójimo, como casi todos los santeros. Se le metió entre ceja y ceja. Quería que me hiciera un ecbó. Yo me puse farruco.

–Hazme caso –insistió. Y yo que no.

Nos pasamos la semana entera discutiendo. Yo no tenía dinero ni ganas de arrancarle el pescuezo a un pollo; detesto la sangre y el olor a Kolonia 1800, pero cuando tropecé a la salida del márket y me fracturé un tobillo, me quedé sin argumentos. Además, me empezó a salir una erupción. Dos días después, estaba en casa de Santiago, un santero amigo de Damaris. Tuve que coger un taxi; yo andaba en muletas y él vivía en lo último de Westchester.

El apartamento olía a incienso y Lysol, más a Lysol que otra cosa. Había búcaros y flores por todas partes. Láminas egipcias baratas colgaban de las paredes. Un Sagrado Corazón. También un ojo enorme atravesado por un puñal.

Usted viene en mala compañía, me dijo Santiago enseguida que me vio. Yo no me di por enterado. Estaba demasiado deprimido y me dolían las piernas, no sabía dónde poner las cabronas muletas. Al fin, las tiré en un sofá que había en medio de la sala y me dejé caer al lado de ellas como un saco de papas.

–Un negro alto, mayor, vestido de blanco –siguió diciendo Santiago–. Va con usted a todas partes y se queda esperando en la puerta. Cuando usted se va, él sale detrás de usted. No le pierde pie ni pisada. Excepto en el baño. ¿Usted sabe lo que es un guardiero?

–Francamente, no –contesté.

Santiago cabeceó un rato, pensativo. Después sacó un tabaco, le arrancó la punta de un mordisco y lo encendió. Me miró un rato sin decir palabra. Era un negro viejo y maricón, de muy buenos modales; tenía una melena larguísima de pelo postizo, pero le daba al tabaco como todo un macho. El aroma del puro se mezcló con el incienso y el Lysol; al cabo de un rato me entraron ganas de vomitar.

–Damaris dice que usted es muy cabezón –dijo él al fin entre bocanada y bocanada–. Por eso está como está. No tiene paz ni salud. Es un incrédulo. Muy luchador. Pero cuando parece que va a mejorar, todo se le vuelve sal y agua…

Me encogí de hombros. ¿Qué otra cosa iba a hacer? No podía ni hablar. La erupción me cubría los dos brazos y parte de la espalda. Mi vida era un desastre. Casi me había convertido en una mancha.

Santiago me invitó entonces a un cuarto que tenía arriba. Casi me tiene que cargar, las muletas y el yeso resbalaban en la escalera. A la entrada había una figura de un negro, toda de madera oscura, casi tamaño natural, vestida de guayabera y pantalón de caqui. Se llamaba Serafín. Santiago nos presentó; me pidió que le regalara algo para la fuma, lo que pudiera, así que le puse al viejo un par de billetes de a veinte en el bolsillo de la guayabera. Después consultamos los cocos. Todos caían virados, en posiciones terribles, o peor aún, ambiguas. Santiago se estremecía cuando los veía desparramarse por el piso; volvía a tirarlos, pero el resultado parecía ser siempre el mismo: fatal.

“Mala racha” forma parte de la novela de Manuel Ballagas “Descansa cuando te mueras”. Para adquirirla en Amazon, dar clic al final del texto.

–A usted le hicieron una gran injusticia una vez –dijo por fin, señalando una de las piececitas oscuras.

–Creo que sí –le dije–. Estuve preso, pero eso fue hace mucho tiempo.

–¿Se puede saber por qué?

–Política –respondí.

–Alguien lo traicionó, lo denunció –dijo Santiago entonces, apuntando a los cocos– Usted no tiene suerte con las mujeres, no le duran… Los trabajos tampoco… Líos con la justicia… ¿Usted a qué se dedica?

–Bueno, yo vendía cable –contesté.

Santiago se estremeció otra vez. Creí que iba a advertirme contra aquel oficio tan ingrato, pero en lugar de eso me preguntó qué mensualidad cobraban por el servicio. Le dije que el básico costaba cuarenta pesos. ¿Por qué?

-Por nada –contestó– Tráigame mañana un pollón, una paloma blanca, un coco y cintas de varios colores. Ah… y también una camisa vieja. Usted no puede seguir así, tiene que hacer ecbó, romper con toda esa desgracia que le han echado encima, progresar, ser feliz con su mujer, ¿me oyó?

Después me dio una tarjetica con el nombre y la dirección de una botánica.

–El dueño es amigo mío –me explicó– Le va a dar un cinco por ciento discaun.

paloma de la paz            Afuera, hacía un calor del coño de su madre. La erupción me ardía y no me podía rascar; las muletas se trababan en la acera, el taxi se demoraba. No se veía un alma a esa hora en Berrou; sólo carros que pasaban y se alejaban a velocidad vertiginosa. Un infeliz trataba de venderles naranjas en la esquina de la 87. Ninguno le hacía caso. De sólo imaginarme a aquel guardiero que me seguía a todas partes, y que seguramente estaba ahora al lado mío, se me ponía la carne de gallina. No podía creer que Willy me hubiera hecho esa mierda, ni se me ocurría quién pudiera haber sido tampoco. El mundo está lleno de gente mala, es verdad, pero yo no le debía nada a nadie, y ciertamente no merecía la compañía de aquel espíritu oscuro.

–Tranquilo, papi –me dijo Damaris cuando le conté. Yo no podía creer que lo tomara con tanta flema. Después de todo, aquel negro fatídico habitaba desde hacía tiempo entre nosotros, se sentaba a nuestra mesa, compartía nuestras conversaciones, nuestros secretos, incluso nuestra intimidad…

Lo más difícil fue encontrar una camisa vieja, porque a decir verdad, yo no tenía mucha ropa en ese entonces. Todo mi ajuar me había costado demasiado sudor, mucho overtain, o era simplemente el producto de la más sentida caridad ajena. Tampoco podía prescindir de cualquier pieza. Damaris decía que yo era un tacaño; yo trataba de defender mis camisas a brazo partido. Al fin, nos decidimos por un pulóver gastadísimo, de color indefinido, que encontramos en el fondo de una gaveta. Damaris lo olfateó primero.

-Mmmm… Qué rico –murmuró, acariciando el pulóver con la punta de la nariz–. Tiene olor a ti, a tu sudor, it’s just perfect!

A mí no se me quitaba el guardiero de la cabeza. A veces, para no pensar en él, me encerraba en el baño. Santiago me había dicho que no entraba allí; por lo visto, era alérgico a la peste a mierda. Sentado en el inodoro, con la vista fija en las losetas rajadas del piso, lograba sentirme más o menos en paz. Pero al cabo del rato Damaris se ponía impaciente. “¿Qué coño haces metido en el baño?”, gritaba. Empezaba a dar golpes en la puerta y a escandalizar hasta que me veía asomar la cara. Así, todo el santo día.

Cuando le expliqué que estaba asustado del guardiero, Damaris se echó a reír. Me aseguró que podía verlo y que aquel negro pendejo, por anciano y guapetón que fuera, no iba a amargarle la vida.

–¿Tú quieres ver lo que hago con tu muerto, eh? ¿Quieres ver? –me gritó a la cara.

–Damaris, plis… –empecé a decir, tratando de calmarla, pero no me dejó terminar.

De un tirón, con los ojos echando candela, empezó a arrancarse la ropa. Primero, el pulóver; después, la faldita de mezclilla. Al fin, se quedó en tanga y ajustadores. Era una negra hermosa, de tetas paraditas y culo empinado, pero yo ni cuenta me daba de eso. Estaba mudo de espanto. Cuando se desnudó completamente y me tiró la tanga a la cara, no supe qué hacer ni qué decir. Damaris soltó una carcajada extraña, casi de ultratumba, y empezó a ejecutar un baile febril, obsceno, en medio de la sala.

–¿Tú querías verme, guardiero, eh? –gritaba, agitando las caderas y proyectando la pelvis hacia delante- ¡Pues mira, cabrón! eat your heart out, hijoeputa!

Se meneaba en una mímica desfachatada del sexo, acariciándose los pechos y las ingles ante el espíritu inmundo que nos rondaba, sosacándolo con gestos y palabras que se hacían cada vez más grotescos y explícitos.

–Te vas a tener que hacer una paja, maricón –chilló0-. Vas a dejar tranquilo a mi marido, lo vas a dejar en paz, ¿me oíste?

Al día siguiente, le llevamos a Santiago el pollón, el coco, las palomas, las cintas y la camisa vieja. Santiago partió el coco en un montón de pedazos con un machete. Echó los trocitos en una jícara con agua de colonia y cascarilla.

–¿Usted sabe lo que es esto? –me preguntó. Yo le dije que no. La colonia se había vuelto un líquido blanquecino, salpicado de manchitas oscuras. El pollo cloqueaba dentro de un cartucho a pocos pasos de allí; a veces se agitaba un poco, pero después se tranquilizaba. La paloma, en otro cartucho, apenas profería un murmullo tierno a cada rato. ¿La tendría que matar?

Damaris me había asegurado que Santiago se ocuparía del pollo; yo nada más tendría que arrancarle algunas plumas y servirle un poco de sangre a la prenda. La paloma era para limpiarme; no le pasaría nada y con ella se irían volando todos los tormentos que me aquejaban. Yo no estaba tan seguro y me preparé para lo peor.

Al final, el ritual fue más rápido de lo que esperaba. Santiago me roció con ron y humo de un tabaco. Después, le arrancó la cabeza al pollo y me hizo ofrecerle sangre a su prenda, un amasijo de palos, clavos y caracoles que se me antojó siniestro. Luego tomó la paloma por las paticas y me la pasó por todo el cuerpo, de arriba abajo, entre las piernas, por la cabeza, sacudiéndola con fuerza de vez en cuando. Me fijé que la paloma tenía una chapita plateada en una de las patas. “¡Siá! ¡Siá cará!”, gritaba Santiago. Yo creí que el pobrecito animal se iba a morir, pero aún tuvo fuerzas para batir las alas y emprender el vuelo. Los tres nos quedamos mirándola mientras escapaba por la ventana y se adentraba en el cielo azul, libre al fin pero cargada con todas mis penurias.

–Que así sea –dijo Damaris, santiguándose. Después de hablar un rato con Santiago, nos fuimos en un carro prestado.

Manejamos por todo Berrou hasta la 37. Allí tiramos por la ventanilla el cartucho con el pollo muerto, las cintas y la camisa vieja; hicimos izquierda y enfilamos para la Ocho.

–¿Quieres comerte una croqueta? –me preguntó Damaris cuando pasamos por el Versailles. Le dije que no y seguimos. Cerca de la 27 nos cogió un tranque. Pasamos como veinte minutos frenados por el tráfico.

–¿Tú ves al guardiero por alguna parte? –me preguntó Damaris cuando nos apeamos en casa.

–Yo no –respondí.

–Pues yo tampoco –dijo ella, y se echó a reír alegremente.

No sé si habrá sido el poder de la sugestión o algo por el estilo, o la tremenda limpieza que me hizo Santiago, pero empecé a sentirme bien enseguida. Me volvió el apetito, la erupción se me quitó, y al fin, al cabo de varios meses, pude dormir plácidamente. Damaris estaba impaciente, de vez en cuando me decía que quería echar un palito, pero yo todavía no tenía fuerzas. “Ay, baby, tengo el bollito echando candela y nadie que me la apague”, se lamentaba a cada rato, apretando los muslos para que la viera. En eso, alguien me avisa de un trabajito; nada del otro jueves, una guarejaus allá por Hialeah, pagaban por la izquierda y no tenían permiso, así que empecé a hacer delíveri con ellos. De Hialeah para Westchester, de Westchester para el dautaunn, del dauntaun para Opa-Locka, después para la casa, manejando un van viejo y cargando paquetes, cogiendo sol. Me puse como un cañón.

Damaris me alimentaba bien. Caldo de gallina, bisté con papas fritas todos los días. También me daba ostiones crudos los domingos. Andaba siempre en blúmers y ajustadores en la casa, a veces en un bikini de playa, pero a mí no se me despertaba ese apetito. Pasábamos la noche entera viendo televisión; a las once, después del noticiero del 23, me tiraba en la cama y dormía como un tronco. En eso, una mañana me levanto con una erección descomunal, casi dolorosa. Se me salía por un costado del calzoncillo y traspasaba las sábanas implacablemente, como un cuchillo pidiendo carne. Era puro nervio, vena, músculo. Una verdadera columna doricojónica. La negra me miraba, fascinada. Traté de esconder aquel artefacto infernal, pero fue imposible. Damaris se abalanzó sobre mí, no me dio tiempo a protegerme. Tenía una boquita privilegiada, muy resbalosa y caliente, y una lengua que parecía un rehilete. Casi me derramo enseguida, estaba desesperado, pero ella se detuvo a tiempo. Ven, métemela, me dijo, poniéndose en cuatro patas y meneando el culito. La atrabanqué por la cintura y se la clavé hasta la garganta. Qué coño fue aquello…

–Ay, honey, creo que me preñaste –me dijo ella después, con voz letárgica. No le hice caso. Cada vez que se venía como una yegua me decía lo mismo. Pero estábamos felices.

Dos días después me dieron un encargo urgente: tres paquetes que pesaban más que un matrimonio mal llevado. Venían envueltos en plástico, con letreros en chino, en inglés, en ruso. Me dijeron que era comida para animales o algo así. Coño, qué manera de comer.

Flague estaba brutal, no me dejaban avanzar. Cogí un atajo para escaparme por el Palmetto, pero estaba igual. Enfilé después por la 27 y me metí por un vecindario. Corté cerca de Leyún, me metí por una entrecalle y salí a la Ocho después, con menos tráfico. Por todas partes había carros rotos echando humo. Hacía un calor del coño de su madre. Miré de refilón la dirección: el negocio quedaba a la altura de la 69, capicúa. Después de muchas maniobras diviso el letrero “Columba Pigeons & Feed” y logro parquearme en un pedacito que quedaba cerca. La tienda estaba en un chopin con muy poco espacio, el van no cabía. Más carros que el carajo. Iba a tener que cargar los paquetes uno a uno, hasta un segundo piso. Fatalidad, como dice la canción.

En eso, mientras estoy echándome un paquete al lomo, miro al cielo y veo un espectáculo hermoso, casi mágico. Era una bandada de palomas blancas. Volaban en círculos concéntricos, cada vez más pequeños, con las alitas abiertas. Parecía que estaban formando una espiral, dibujando una figura curiosa en el cielo azul. Me quedé embelesado mirándolas. ¿De dónde cojones saldrían tantos pájaros bonitos? ¿Y en tan perfecta formación?

No me dio tiempo a extasiarme más. Un viejo ronco me hacía gestos y gritaba desde arriba, parecía apurado. La escalera estaba lejísimo, casi en el medio del chopin, y había que meterse por un pasillo. Subí aprisa, pero fue como si estuviera escalando el monte Everest. Para colmo, se me metió en el camino una señora, parece que venía de un médico. Se apoyaba en uno de esos burritos que el Mediquer le da a la gente cuando se opera. Tropezó, me hizo tropezar, no sé cómo los dos no nos partimos la crisma.

–Coño, qué alto viven ustedes –le dije al viejo cuando llegué. Apestaba a ron barato y andaba en camiseta; seguramente estaba bebiendo desde que amaneció. Tenía nariz de alcohólico, se llamaba Simón. Coloqué el paquete en el piso y me pasé la mano por la frente. El sudor me corría hasta por las nalgas.

Simón me ofreció una soda y después me llevó adentro, a una azotea. Miré alrededor, estaba llena de jaulitas. Arriba, en el cielo, la espiral de plumas blanquísimas formaba una diana perfecta y una hilera recta, lineal, descendía sobre nosotros. Una a una, iban aterrizando, como aviones que regresan del combate. Ellas solitas se metían en las jaulas. De paso, cagaban y lo llenaban todo de mierda. Me acordé de la paloma con que Santiago me limpió. Era igualita. ¿Se habría muerto? ¿Adónde se habría llevado mi mala racha?

–Como ve, mi negocio son las palomas –me dijo el viejo entonces–. Por eso vivo tan alto, disculpe.

–Un negocio de altura, ¿eh?

Los dos nos echamos a reír. Me agradeció que le hubiera traído los paquetes tan pronto. Era alimento para las palomas, unas semillitas que comen a toda hora, casi no comen otra cosa. Sin eso están perdidas, se mueren, me explicó.

Caminamos por la azotea inspeccionando el palomar. Yo escaché la lata de soda y la tiré en un safacón que había cerca. Me fijé que todas las palomitas tenían una chapita metálica en una pata.

–¿Eso qué es? –le pregunté.

–Para identificarlas –contestó Simón– Cada dueño tiene las suyas. ¿Ve?

Cogió una paloma con manos temblorosas, la sujetó y me enseñó la chapita. Era un número largo, como el de los carros. Después, la soltó. La paloma echó a volar enseguida y se perdió de vista.

–No se preocupe –dijo el viejo al ver mi cara de asombro–. Siempre vuelven. Tienen un sentido de la orientación extraordinario.

Ha de ser así, pensé. Tantas palomas juntas, enjauladas, prisioneras. La tentación de escapar tiene que ser grande…

–¿Vende muchas? –pregunté.

–Uf –dijo el viejo– Un montón, todos los días. Venga…

Me invitó a su oficina, un cuartico oscuro donde apenas cabíamos él y yo. Parecía una cámara de torturas. Había montones de revistas de pájaros y catálogos extraños por todas partes. Recibos viejos, cartas sin abrir. En la pared, un calendario con la Virgen de la Caridad. El aire acondicionado estaba roto, relegado a un rincón. El viejo se sentó a una mesa que había en el medio de la oficina, abrió una gaveta y sacó una botella; después, un par de vasitos plásticos.

–Perdón, ¿le apetece un traguito? Tengo la garganta un poco seca.

–No, gracias, mayor –le dije– Tengo que manejar.

–Ah sí –repuso, y se sirvió dos líneas de ron. Después me dijo: Usted se ve responsable y cumplidor. La juventud ya no es así.

–Desgraciadamente, no –dije.

–¿Usted vino hace poco?

–Casi un año –respondí.

–Se nota –dijo el viejo.

–¿En qué? –me había picado la curiosidad.

–En nada. En todo –el viejo se echó a reír y se espantó las dos líneas de ron de un solo golpe. Empezó a toser, creí que se iba a asfixiar. Cuando se repuso me dijo: No crea, es un negocio difícil. Si no fuera por la religión…

Me quedé esperando un sermón sobre el consuelo del más allá y sus recompensas. No hubiera sido la primera vez, ni la última. La gente me ve cara de santurrón, o lo que es peor, de comemierda. Dondequiera que llego, siempre alguien me quiere convertir. Me regalan biblias, rosarios, Atalayas; después, me piden una donación.

–La gente cree en muchas cosas, amigo –dijo el viejo entonces– A veces, cuando pasan por una situación difícil, les parece que se pueden librar de sus desgracias pasándose una paloma por el cuerpo. La paloma recoge toda su mala suerte y se la lleva volando lejos, muy lejos…

El viejo unió las dos manos e hizo un gesto ondulante con los dedos, simulando unas alas. Luego soltó una carcajada.

–Usted disculpe –dijo enseguida–. No sé si es creyente.

–Yo no creo en los santos, pero los respeto –contesté.  El viejo se encogió de hombros.

–Yo no creo ni en la madre que me parió –declaró–. En lo único que creo a estas alturas es en el billete. Cada vez que alguien se va a hacer una de esas limpiezas, compra una paloma, y cada vez que alguien se limpia, la paloma vuelve derechito a su palomar, es decir, aquí. Es un negocio redondo, brode.

Guardé silencio un momento y después le dije que todavía me quedaban un par de cajas por subir.

–Es verdad –dijo él viejo–. No lo interrumpo más, usted tiene que hacer.

Bajé la escalera como un bólido, atravesé el parqueo y antes de abrir la puerta del van volví a ver aquella linda bandada de palomas, todas volando en círculo, en formación perfecta, listas para aterrizar. Tuve que apartar la vista, el sol casi me cegaba. ¿Cuántas desgracias estarían cargando aquellas aves? ¿Qué malas rachas llevarían en sus alas? ¿Cuántas veces tendrían que volar antes de morirse, de limpiar a tanta gente, de aliviarlas de sus penas…?

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http://www.amazon.com/Descansa-Cuando-Te-Mueras-Spanish/dp/0557352444/

Sobre el autor

Manuel Ballagas

Manuel Ballagas

Periodista, crítico y escritor, Manuel Ballagas (La Habana, 1948) formó parte del Consejo de Redacción del grupo El Puente, en 1964. En Cuba su libro “Con temor” fue destruido por el castrismo, que envió al autor a la cárcel en 1973 por “diversionismo ideológico”. En 1980 se exilió en Estados Unidos y desempeñó cargos ejecutivos en publicaciones como The Wall Street Journal, The Miami Herald y The Tampa Tribute. Es fundador de la revista literaria Término, de la cual fue codirector durante cinco años. Es autor de las novelas “Descansa cuando te mueras” y “Pájaro de cuenta”, y del libro de memorias "Newcomer".

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2 comentarios

  1. Callejas
    Callejas julio 01, 22:54

    Muy bueno. Estuve metido en un slump por inconsciencia patriótica hasta que me di cuenta que todo eso era cuento de camino. Una mala racha que supere a golpe de vida norteamericana.

  2. Armando Añel
    Armando Añel julio 01, 23:41

    Manuel es muy norteamericano, muy preciso pero sin abandonar el sentido del humor. En la corriente de Bukowski más que de Miller. Me he divertido mucho con este fragmento.

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