Neo Club Press Miami FL

Mantilla blues (I)

Mantilla blues (I)

Mantilla blues (I)
abril 14
14:19 2014

El abuelo murió por la noche y lo enterraron al mediodía.

―Déjenme tranquilo, coño, que yo lo que me quiero es morir ―dijo cuando vio la ambulancia. Se lo llevaron vomitando sangre.

Cuando llegó el padrastro del hospital y avisó que se había muerto, Luis Miguel veía la telenovela brasileña.

El muchacho no quiso ir al entierro. Pasó la tarde en el terreno deportivo. Era un campo rodeado por árboles de tamarindo, a un lado de la carretera, donde terminaba el reparto. Lo cruzaba una zanja de agua verde lechosa y medio pie de profundidad que siempre apestaba a mierda. Entre su orilla izquierda y los tamarindos, si alguien no le daba candela, crecía la hierba y se amontonaba la basura.

Era un buen lugar, no sólo para jugar pelota, football, beber, templar o pajearse. También para estar tranquilo y pensar, sin que nadie viniera a joder. Esa tarde nadie jugaba. Sólo estaban él y su perro. Al fin pudo llorar. En la funeraria no lloró. No quería que lo vieran llorar. Además, no le salían las lágrimas. No valía la pena. El viejo siempre lo decía: estaba cansado de pasar trabajo y vivir en la mierda. Todos lo dijeron: ya descansó.

Lo único que consolaba un poco a Luis Miguel es que el cuarto con dos camas que compartía con el abuelo, ahora sería para él solo. Su hermana ya casi nunca dormía en casa. Andaba por ahí, en la lucha. Cuando venía, él tenía que dormir en una colchoneta en la sala. Cuando eran pequeños, dormían bien apretados bajo la colcha verde olivo  llena de agujeros. No quiso más compartir la cama con él desde que lo agarró una madrugada botándose una paja.

Pensaba en todo eso cuando llegó Cristian. Tenía dos años más que él, pero eran casi del mismo tamaño. Incluso se parecían. Sólo que Cristian tenía la piel más tostada y el pelo un poco más rizado. No se notaba, porque los dos se cortaban el pelo bien rebajado.

Cristian se sentó a su lado sin hablar y le tendió la botella. Estaba por la mitad. Al segundo trago, le habló del negocio. Le hacía falta que lo ayudara a vender el maní. Del bueno, traído de Baracoa. Nada de hierba de parque ni un carajo. Se lo soltó Wampa, el del callejón.

―Con él no hay casualidad ―le dijo―. Pero es mucho y me hace falta soltarlo rápido.  El barrio está malo.

Luis Miguel no respondió. Sólo se empinó la botella.

―¿No te hacen falta unos pesos, chama? ―dijo Cristian mientras enrollaba un pito. Para pegarlo, le pasó la lengua al borde del papel y luego se relamió los labios, antes de encenderlo― Vaya, para que calientes los motores y no pienses tanto.

Luis Miguel aspiró hondo y se tragó el humo. Hondo, hasta los cojones. No le gustaba mucho fumar, prefería el alcohol, pero no le disgustaba la marihuana. Empezó a fumar el día que cumplió los 14. Fue el regalo de Roberto Carlos, su mejor amigo desde la primaria. El humo ya no le daba picazón en la garganta. Lo ponía bueno y lo hacía reír. Para andar con Cristian y Roberto Carlos, había que fumar. ¿Qué iban a pensar, que él era un niñito comemierda?

Se fueron cuando empezaba a oscurecer. Recogieron la carga en casa de María La Soya. Era la madre de Roberto Carlos. Una mulata achinada, de 42 años, teñida de rojo. El marido llevaba 5 años preso por robo con fuerza. La mitad de la condena. Ya no lo visitaba en la cárcel. Lo suyo era buscarse la vida. María lo mismo vendía marihuana que picadillo. O echaba un palo por 30 pesos. Estaba un poco gorda, pero todavía conseguía clientes. Antes que se fueran, se la mamó a Cristian en el baño. Entró detrás de él cuando fue a mear. Luis Miguel no estaba hoy para eso. A ella, cualquiera de los dos muchachos le venía bien. No se templaba niños, pero la leche fresca no se puede desperdiciar, decía.

Esa noche se buscaron 80 pesos. Compraron dos pizzas y media botella más. Se la tomaron en el terreno y luego se  fueron a dormir.

Dos días después, se llevaron preso al padrastro de Luis Miguel. Los tres policías y el presidente del CDR llegaron al amanecer. Luis Miguel se iba para la secundaria cuando tocaron a la puerta.

―¿Quién es el dueño de la casa que toca así? ―gritó el padrastro, poniéndose el pantalón, antes de abrir.

Registraron la casa sin mucho entusiasmo y haciendo muecas, como si olieran mierda. Encontraron seis libras de carne de res. Se lo llevaron esposado. La madre de Luis Miguel lloraba y repetía: Ay, dios mío, verdad que las desgracias nunca vienen solas…

La marihuana estaba en el palomar, envuelta en dos bolsas de nylon. Allí no buscaron.

El sábado por la tarde, ya la habían vendido toda. Gastaron casi toda la ganancia esa noche. Cuando iban por la primera botella, Roberto Carlos habló por primera vez de su problema con Yuniel. Le había tumbado dinero en un negocio. Luego, empezó a regar que él había puesto a hacer tortilla a María La Soya. Estaba acomplejado. Juró por su madre que se lo iba a bailar. Nadie le hizo mucho caso. Siempre había problema con alguien. Por dinero, por jebas, por cualquier cosa.  Cristian cambió el tema y propuso ir a buscar a unas putas.

La primera no hubo que buscarla. Vino sola. Cuando llegó, estaban solos en casa de Luis Miguel. La madre había ido al DTI para averiguar por su marido. Era una amiga de su hermana. Andaba buscándola, pero  nadie sabía donde estaba. Cristian, siempre rápido, se la llevó para el cuarto. Luis Miguel miró por un hueco en la pared de tablas. Vio poco.  Sobre la cama, el culo prieto de Cristian subía y bajaba rítmicamente, las piernas de ella alrededor de su cintura. Se le puso dura, pero no valía la pena rallarse una yuca. Era mejor guardar energías para después. Salieron sudados, envueltos en una sábana y se metieron en el baño. La muchacha quedó en encontrarse con ellos más tarde en la casa de la cultura.

Cumplió. Llegó con otra amiguita, que enseguida empezó a darse la lengua con Roberto Carlos.  Cuando llegó Luis Miguel con Yuleisy, la novia de Yuniel, ya la mesa estaba llena de latas de cerveza.

Luis Miguel  fue a buscar a Yuleisy a su casa. Yuniel vivía con ella, pero se fue para El Vedado y no quiso llevarla. Ella estaba loca por coger calle. Luis Miguel llevaba un par de meses templándosela. A ella le gustaba Luis Miguel, decía que era un loco. No le importaba que fuera dos años menor que ella. Sólo se quejaba a veces de su peste a grajo. A veces. Otras, el olor agrio de su sudor la excitaba.

La primera vez, el padre de Luis Miguel lo cuadró todo sin que el hijo lo supiera. Sólo tuvo que pasarle dos fulas a Yuniel. Todos sabían en el barrio que, además de ser pinguero, ponía a su novia a putear, pero lo respetaban. Sabían que era peligroso.

La primera vez, Yuniel  los dejó solos en la casa. La segunda, Luis Miguel se  templó a Yuleisy con Yuniel delante.  Pidió que lo dejara mirar, porque a él le gustaba ver a su jeba templando con otro.

―Asere, sin líos, esto es entre hombres. Nadie se puede enterar ―fue la única condición que puso.

El lío empezó cuando Roberto Carlos lo vio llegar con ella. Luis Miguel fue a mear y Roberto Carlos fue con él.

―Asere, ¿qué tú haces con la jeba de Yuniel?

―Na, ahí, estoy descargando con ella.

―Pero, ven acá, ¿él lo sabe?

―Asere, ¿tú eres policía o qué?

―Chama, tú estás loco. Te van a matar…

―Oye, ya, viejo…

―Oye, mi hijo, tú sabes que yo estoy en guerra con él. Cuenta conmigo para lo que sea. Pero ven acá, ¿a ti te interesa mucho esa jevita o la estás cogiendo para tus cosas?

―¿Y a ti qué pinga te importa?

―A mí me importa todo lo que sea contra Yuniel, consorte…

Terminaron todos templando en los matorrales. De lejos llegaba la música de la Charanga Habanera. Las hormigas y los mosquitos los picaban sin piedad.

―Vamos para mi casa ―propuso Roberto Carlos―. La pura ya debe estar dormida.

Entraron sin hacer ruido. María La Soya dormía en el cuarto abrazada a un negro enorme. Los dos roncaban, desnudos. Parecían muertos. Roberto Carlos cerró la puerta del cuarto de su madre, les hizo señas para que entraran al suyo y se empinó lo que quedaba de la botella que había sobre la mesa. Siguieron la fiesta cerrados con pestillo y con la luz apagada.

Yuleisy se fue primero. Quería llegar a casa antes que Yuniel. Nadie la acompañó. Todos estaban demasiado en nota para acompañarla. Antes de irse, se agachó a mear en el jardín. Cuando se levantó, tropezó con el negrón de María. El tipo la agarró por el brazo. Ya tenía la portañuela zafada.

―Oye, tranquilo,  no quiero bateo entre hombres ―dijo Yuleisy. Se templó al negro, recostada a la cerca. El tipo se vino rápido. A ella le daba igual. Casi disfrutó. La excitó que la cañoneara un negro. Luego se fueron. Cada uno por su lado.

Cuando se fueron Cristian, Luis Miguel y las dos muchachas, La Soya seguía durmiendo. Dejaron a Roberto Carlos desmayado. Antes de irse, se tomaron un pomo plástico lleno de refresco gaseado que encontraron en el refrigerador.

―No, coño, no te lleves el picadillo, que eso es mariconá ―le dijo Luis Miguel a Cristian.

Luis Miguel durmió hasta después del  mediodía. No durmió más porque lo despertó la música del radio. Su hermana estaba en casa. De todos modos, el hambre no lo hubiera dejado dormir más. Algo le jalaba las tripas. La madre le preparó pan con tortilla. Terminó de comérselo en el inodoro. Tanta cerveza siempre le daba diarrea.

Cristian vino a buscarlo al mediodía. La amiga de su hermana los esperaba en la esquina. No quería que la vieran en la casa. Hacía calor. Buen día para ir a refrescar a la presa. Cuando llegaron, no había nadie por los alrededores. Cristian enrolló y prendió un pito. Se lo fumaron sentados en una piedra de la orilla, con los pies en el agua. Luego,  nadaron desnudos. Cuando salieron del agua, se alternaron en templarse a la muchacha. Primero, ella no quería. Después preguntó  por que no habían invitado a Roberto Carlos.

Robert Charles apareció por la noche. Chifló por la cerca del patio para llamar a Luis Miguel. Venía con aire misterioso. Le dijo que tenía un negocio bueno, pero Cristian no podía enterarse.

―Se acompleja y se pone pesado, tú sabes que él no entra en volá de cuadros… Es un ganso que paga bien. Va a llevar a un extranjero. Quiere dos muchachos y una jeba. Yuleisy, tú y yo. Lo de ellos es mirar, volá de video y esa descarga, más nada…

―¿Y por qué tiene que ser Yuleisy?

―¿Y a quien tú quieres llevar? Oye, mi hijo, esto es de nivel, yo no voy a cargar con ninguna peste a culo del barrio…Oye, piénsalo, chama, métele moropo, que son 50 fulas por cabeza, más la bebida.

Logró convencerlo. Sería el miércoles. Luis Miguel habló con Yuleisy. Yuniel no podía saber nada. Menos todavía si Roberto Carlos estaba en el asunto.

Sobre el autor

Luis Cino

Luis Cino

Luis Cino (La Habana, 1956). Escritor y periodista independiente. Perteneció al consejo de redacción de la revista De Cuba. Ha publicado en diversas revistas en el exterior. Es colaborador habitual de la página electrónica Cubanet.org y jefe de redacción de Primavera Digital. Obtuvo premio en el concurso de cuentos El Heraldo, convocado en Cuba por el Proyecto de Bibliotecas Independientes con un jurado integrado por Raúl Rivero Castañeda, Víctor Manuel Domínguez García y Hugo Araña Sanchoyerto. Reside en Arroyo Naranjo, Cuba.

Artículos relacionados

1 comentario

  1. apolo 13
    apolo 13 abril 21, 12:54

    realismo sucio del mejor, aqui pega el dicho que no van lejos los de adelante si los de atras corren bien

Escriba un comentario

Carlos Alberto Montaner entrevista a Catalina Serrano

Letras Online

LA REVISTA INTERACTIVA DE NEO CLUB PRESS
  Adrián Morales

Borrón y cuenta nueva

Adrián Morales

  No podemos seguir dándole brillo al pasamanos del Titanic. En la tierra que veo un sabio meteoro (puede ser un drone) extingue carbónico al tiranosaurio racionalista que se aferra

1 comentario Leer más
  José Hugo Fernández

Una trompetilla, eso es la libertad

José Hugo Fernández

  La trompetilla se fue de Cuba. Su ausencia representa para nuestra gente lo mismo que representó la retirada de los cohetes soviéticos para el régimen. De pronto, ya no

0 comentario Leer más
  Ángel Santiesteban

La Parca merodea

Ángel Santiesteban

  A la abuela se le ha hecho costumbre mantener la vigilia en las madrugadas. Espera impaciente en la oscuridad porque de todas maneras quedó ciega por la diabetes, y

0 comentario Leer más
  Nilo Julián González

Querido padre

Nilo Julián González

                si dejara de buscar el asombro de todo y del mundo si dejara de ver con sanidad con este es mi cuerpo

0 comentario Leer más
  Yosvani Oliva

Tenga cuidado la noche

Yosvani Oliva

                Ándese sobreavisada la noche tan permisora de este bufón aburrido buscando quien lo contente. Trastoca las prioridades y a quemarropa dispara estrellas

0 comentario Leer más