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Mantilla Blues (II)

Mantilla Blues (II)

Mantilla Blues (II)
abril 18
17:31 2014

El miércoles, Luis Miguel se bañó en casa de Roberto Carlos. Siguió sus consejos al pie de la letra. Bastante agua y jabón. Se restregó bien debajo de los brazos, para eliminar la peste a grajo. Se cepilló los dientes. Se vistió con ropa de su amigo. Recogieron a Yuleisy en la parada del camello.

La casa era en El Vedado. El maricón se parecía a Mister Bean. Los recibió envuelto en una bata de felpa. Cuando llegó el alemán, blanco y velludo como un oso polar, se quedó en trusa. El alemán también. Entraron a un cuarto y los tres muchachos se quedaron bebiendo whisky en la sala.

―Esto sabe a madera ―dijo Luis Miguel.

―Asere, verdad que tú no sabes nada de la vida ―respondió Roberto Carlos, y se quitó la camiseta.

El alemán salió del cuarto, puso un disco de Celine Dion y palpó el pecho y los brazos del muchacho.

―Coño, asere, que lindo, la música del Titanic ―dijo Roberto Carlos y se quedó en trusa.

―Ach so –dijo el plantígrado germano y le amasó los huevos.

Yuleisy había empezado a bailar y a quitarse la ropa. Movía la cintura en círculos y con el brazo derecho abrazaba un poste imaginario. Con la mano izquierda, se masturbaba despacio, la vista fija en Roberto Carlos.

Cuando Mister Bean los pasó al cuarto, esnifaron la coca. Suave, porque ellos no estaban acostumbrados. Después, cayeron en la cama. Los tres desnudos. Mister Bean y el oso blanco, los vasos en las manos, miraban desde un sofá en la esquina del cuarto.

―Mi hijo, esto es sin complejos ―advirtió el Robert Charles a Luis Miguel. Lo sabía. Ya se le estaba pasando. No era la primera vez que lo hacía en grupo. Ver a los demás haciéndolo, lo ponía loco. Los dos maricones eran la diferencia. Lo acomplejaban un poco. Sólo un poco.  No era para tanto. La bebida y la coca ayudaban.

Se la metió a Yuleisy y ella se la empezó a mamar a Roberto Carlos. Se tragó la leche y se relamió. Le tenía ganas. No paró hasta que se le encaramó encima del pecho.  El Robert Charles la penetró pensando que jodía a Yuniel. El oso y Bean se besaban.

Lo hicieron tres veces. Refrescaron con cerveza mientras se vestían. Luego, cobraron su dinero y se fueron. Cansados, en nota y cada uno con un billete de Franklin, calvo y cabezón.

―OK, thank you and good luck ― les dijo el alemán en la puerta―. I love Cubans. I love Fidel and Compay Segundo… Cubans are beautiful people. Ach so. Petria ou muerrti, vincerremos…

En el camello, se sentaron en el asiento trasero. Yuleisy y Roberto Carlos hicieron el viaje abrazados, besándose y riendo. Luis Miguel dormía.

La tragedia empezó esa madrugada.  Alguien le dijo a Yuniel que había visto, en la ida o la vuelta, a Yuleisy  en la guagua con Roberto Carlos. Con otro lo habría perdonado. Con Roberto Carlos, no.

Yuleisy desapareció del barrio. La abuela dijo que volvió a Manzanillo. Fue después de la bronca con Yuniel. La vieja se despertó con los gritos. Se había vuelto a dormir después que abrió la puerta a Yuleisy. La muchacha le dio un billete americano que ella nunca había visto.

―Guárdamelo hasta mañana, abuela― le dijo antes de entrar en el cuarto.

Los gritos se oían en todo el vecindario. Yuniel era muy violento, pero la vieja nunca lo había visto así. Pensó que mataba a Yuleisy. La golpeaba como si fuera un hombre.

―Déjala, maricón, y vete de mi casa antes que te descojone – le gritó con el machete en la mano. Lo persiguió hasta la puerta.

―Piérdete de todo esto, puta, que te voy a matar. ¡Putaaa!―gritó Yuniel. Yuleisy le lanzó un ladrillo y chilló:

―Tú lo que eres maricón. ¡Yo me cago en la resingá de tu madre!

Roberto Carlos estaba hecho una fiera. Salió a buscar a Yuniel y no lo encontró. Tampoco halló a Yuleisy. Quería llevársela a vivir con él. La abuela le dijo que había ido para casa de una tía en Centro Habana porque tenía miedo que Yuniel cumpliera sus amenazas:

―Mira, lo que han buscado todos ustedes por estar atrás de la chiquita como una partida de perros ruinos…¡Qué cojones te voy a dar su dirección para que sigan jodiendo!

Al final, logró convencerla. A la que no logró convencer fue a Yuleisy. Pasó horas hablando con ella en un parque de la calle Zanja. Le tenía mucho miedo a Yuniel. Decía que no quería buscar un problema entre hombres. Yuniel era capaz de hacer cualquier cosa. Le pidió unos días para dejar que se refrescara el ambiente. Luego, se iría a vivir a casa de Roberto Carlos.

El muchacho se lo contó a Luis Miguel esa noche. Lo fue a buscar cuando regresó de ver a Yuleisy. Le dijo que tenía que hablar con él. Se sentaron en un muro. Prendieron un prajo y lo compartieron. Halando fuerte el humo, sin dejarlo escapar. Desde la calzada, Mantilla era como un balcón a las luces de La Habana.

―Dime la verdad, de a hombre, ¿a ti no te importa que yo me quede con Yuleisy?

―Claro que no, asere, ¿por qué me iba a importar?

―Bueno, porque tú estabas primero con ella…

―Sí, pero yo te dije que aquello era descarga, más nada…Pero ven acá, ¿tu estás enamorado de ella o lo que quieres joder a Yuniel?

Robert Charles decía que estaba enamorado de Yuleisy, que se quería casar y tener hijos con ella. Luismi no podía creer lo que escuchaba. No se atrevió a decirle lo que el otro sabía: que uno no se enamora de las putas. ¿O sí? En eso estaban, cuando después del segundo cigarro, el Robert Charles le habló de la pistola. Era una Makarov y la tenía escondida en casa de Cristian. María La Soya se atacó cuando la descubrió en su casa. Con la marihuana ya había bastante peligro.

―Era del puro. Se la escondí cuando cayó cana. Yo tenía 13 años y le juré que no buscaría líos con ella, que sólo la usaría para un problema de moral. Y la voy a usar ahora, asere. A Yuniel  yo me lo tengo que quitar del medio…

―Ah, ¿pero tú estás loco o qué? Ese tipo no vale ir para el tanque, ese es una rata…

―Es una rata, por eso me lo tengo que bailar… Yo lo que quiero, mi hermanito, que pase lo que pase, que no se pierda la pistola. Yo confío más en ti que en Cristian. Él cuando está pasmado, es capaz de vender a su madre. Nunca te dije nada porque eras el más chama de los tres, pero ya eres un hombre.  Yo quiero entregársela al puro cuando salga. O que se la devuelvas tú si yo no estoy…

Luis Miguel le juró que se ocuparía de cuidar la pistola pasara lo que pasara. Al día siguiente, irían a buscarla a casa de Cristian.

No hubo tiempo. La policía llegó al amanecer a casa de María y Roberto Carlos. Venían buscando drogas. Trajeron los perros y una orden de registro. Lo viraron todo al revés. Dentro de una colchoneta encontraron la marihuana. Esposaron a Roberto Carlos. A María La Soya no se la llevaron. El muchacho dijo que la marihuana era cosa suya.

―Oigan, pero él sólo tiene 18 años – argumentó en vano La Soya. Le dijeron que se lo llevaban incomunicado para el DTI. La mujer, llorando, se paró en el centro de la calle y gritó que se cagaba en la madre del que chivateó a su hijo.

―Porque yo sé, cojones, que esto fue un chivatazo de Yuniel.  El muy maricón no tiene pinga para dar el frente…

Durante varios días, el barrio se llenó de policías. Registraron varias casas pero no encontraron marihuana, sino carne robada del frigorífico y antenas satelitales.

Una semana después, cuando Luis Miguel fue a avisar a Yuleisy,  la tía de Centro Habana le dijo que la muchacha se había ido para Oriente.

―Se fue con su novio, que maneja un camión y vive en Manzanillo –le explicó― Me dijo que le digan a Roberto Carlos que deje eso y no se busque problemas…

―Puta― pensó Luis Miguel.

Roberto Carlos nunca lo supo. Estuvo preso por poco tiempo. Al cuarto mes, lo mataron a cabillazos. Un oficial de la prisión le dijo a la madre que fue en una reyerta entre presos. Ella sabe que lo mataron los guardias.

Luis Miguel llegó a casa de Cristian a buscar la pistola, la tarde del primer día del año. Esa noche, había bailable en el cine. Anunciaron que iba a tocar Bamboleo.

―Dame la pistola ―dijo entre dientes.

―¿Qué tú dices? ¿Te volviste loco o qué pinga te pasa?

―Que me la des, Cristian, cojones. ¿Para quien te dijo Roberto Carlos que era la pistola?

―Sí, asere, para ti, pero no para esto… aquello va a estar lleno de fianas, ¿para qué pinga tú quieres una pistola? ¿Para desgraciarte? ¿Estás muy apurado en ir para el tanque?

―Oye, está bueno ya. No me puedo meter el singado día discutiendo contigo. La necesito hoy y ya. Es mía. Dámela. No va a pasar nada. Es por si las moscas.

Cristian la sacó del fondo del closet. Su padrastro era militar. Nunca temió un registro en la casa. Ahora sí tenía miedo. La mano le temblaba cuando se la dio a Luis Miguel.

―¿Para qué la quieres?

―Manda pinga, Cristian, ya te dije que por si las moscas…

Luis Miguel se metió la pistola entre la cintura y el pantalón, se acomodó la camisa y comprobó que no hacía demasiado bulto. Luego, sentado en la cama, terminó el trago que le trajo Cristian y encendió un cigarro.

―Voy echando. Ya tú sabes…

―Yo voy contigo― dijo Cristian, agarró la botella y salió con él.

Caminaron en silencio por la carretera. Sólo se pasaban la botella y se daban tragos largos. Había oscurecido y empezaba a hacer frío. Empezaron a discutir después del puente. Cristian quería virar y guardar la pistola. Trató de arrebatársela a Luis Miguel. Se entraron a golpes en el borde de la carretera.

―Dámela, cojones― decía Cristian.

―Acábale de dar el culo, yegua― le gritaron de un camión que pasó.

Fue entonces que rodaron por el talud. Era alto y muy empinado. Luis Miguel cayó en la tierra y se aguantó de la hierba. Cristian fue dando traspiés hasta abajo. Sólo lo detuvo la torre de alta tensión. Con un ruido seco, su cabeza chocó contra el poste de metal.

Cuando Luis Miguel llegó abajo, ya su amigo no respiraba. De la herida en la cabeza brotaba  sangre y una masa gris.

―No, cojones ―gritó Luis Miguel y lloró. Lloró porque Cristian era su amigo y porque nadie lo veía. Y si lo veían, no le importaba. Ya nada le importaba. No le quedaban amigos. Volvió a pensar en Roberto Carlos. Se lo imaginó tendido en un charco de sangre, en un pasillo del Combinado del Este.

La música se sentía varios cientos de metros antes de llegar al cine:

Qué clase de loco tú eres
Qué clase de loco más loco…

Luis Miguel entró en la plazoleta mezclado con un grupo de muchachos. Había policías en la puerta, pero no lo registraron. Su principal preocupación era que nadie entrara al bailable con botellas de cristal. Después de los operativos, el barrio estaba tranquilo.  Los policías se meneaban con la música y hacían señas a dos muchachas que se contoneaban al ritmo del tumbao.

Olía a cebollas podridas. Luis Miguel creyó que era peste a grajo. Se olió. No era él. Por la mañana, un camión había estado vendiendo viandas y vegetales en la plaza donde, apenas sin barrer la tierra colorada, habían montado la tarima para que tocara Bamboleo.

Que lástima,
Tenía un sueño y era de cristal
Quise conservarlo pero se rompió
Daría todo por no despertar…

Una muchacha lo miró y le sonrió. Luis Miguel le guiñó un ojo, se rascó los huevos y escupió. Entonces, vio a Yuniel. Vestido de blanco,  risueño. Los dientes de oro brillaban en su sonrisa. Hablaba con otro tipo y una rubia flaca vestida de negro. Gesticulaba con una mano. En la otra, tenía un vaso plástico lleno de ron.

―Yuniel― lo llamó Luis Miguel. Quería que lo viera. Yuniel miró justo a tiempo para verlo sacar la pistola y disparar. Cuando cayó, le volvió a disparar. Las detonaciones se confundieron con los metales de Bamboleo. La rubia del vestido negro empezó a gritar. La música se detuvo.

Luis Miguel se apoyó en el muro y pensó en su abuelo. Recordó que cuando niño, quiso ser pelotero y jugar con Industriales. Viajar por el mundo.  Dedicar sus medallas a su mamá y a Fidel. Le dio risa… Qué lástima, tenía un sueño y era de cristal…Qué lástima. No pudo ser. No sirvió.

Dos policías corrían por el medio de la plazoleta.  Le apuntó a la cabeza al más alto y disparó. Una vez. Y otra más. Como en las películas americanas.

Sobre el autor

Luis Cino

Luis Cino

Luis Cino (La Habana, 1956). Escritor y periodista independiente. Perteneció al consejo de redacción de la revista De Cuba. Ha publicado en diversas revistas en el exterior. Es colaborador habitual de la página electrónica Cubanet.org y jefe de redacción de Primavera Digital. Obtuvo premio en el concurso de cuentos El Heraldo, convocado en Cuba por el Proyecto de Bibliotecas Independientes con un jurado integrado por Raúl Rivero Castañeda, Víctor Manuel Domínguez García y Hugo Araña Sanchoyerto. Reside en Arroyo Naranjo, Cuba.

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1 comentario

  1. W
    W abril 23, 18:36

    Excelente plus

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