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Marco Rubio, la Iglesia y un cuento recurrente

Marco Rubio, la Iglesia y un cuento recurrente

marzo 21
20:40 2012

1-0_marco-rubio-flagLeo en un cable de EFE a propósito de críticas de Marco Rubio al rol jugado por la jerarquía católica de Cuba en los últimos tiempos, que al senador republicano se le olvidó mencionar el “papel mediador clave” asumido por la Iglesia en la liberación de presos políticos. Por supuesto la nota, que no aparece firmada, se refiere a las excarcelaciones de 2010.

El cuento de la mediación de la Iglesia en la excarcelación de los 52 prisioneros de la Primavera Negra que quedaban en las cárceles en el verano de ese año, ha calado tan hondo que ya no hace falta ni contarlo. Es la perversión habitual del lenguaje que ha posibilitado a un régimen como el castrista mantenerse por más de medio siglo en el poder, más allá de su condición represiva o totalitaria. La Iglesia no medió porque mediar, en español, es “interceder o rogar por alguien”, o “interponerse entre dos o más que riñen o contienden, procurando reconciliarlos y unirlos en amistad”. La Iglesia se limitó a acudir al llamado de Raúl Castro, que necesitaba un mensajero o representante a través del cual hacer pública su decisión de soltar –básicamente desterrar– a los presos. En la excarcelación de marras la Iglesia actuó como vocera del régimen, vehículo a través del cual el castrismo llevó a vías de hecho una decisión tomada de antemano, nunca como mediadora y mucho menos como un factor de presión a favor de los encarcelados.

La excarcelación de los 52 prisioneros de conciencia constituyó un triunfo histórico de la oposición, sobre todo de las Damas de Blanco, con la cercana muerte de Orlando Zapata Tamayo y la huelga de hambre de Guillermo Fariñas como hitos determinantes. El castrismo escogió a la Iglesia para escapar por la ventana de la profunda crisis a la que lo habían abocado su empecinamiento y la presión, inédita por lo menos en los últimos 30 años, de unos hombres que estaban dispuestos a morirse literalmente de hambre (y lo demostraron), de unas mujeres que no estaban dispuestas a aceptar la patraña de que “la calle es de Fidel”, y no la aceptaron.

La actuación de la jerarquía católica puede agradecerse, ciertamente, pero ésta debe ser humilde, reconocer que llegó al baile cuando la fiesta hacía mucho que estaba andando –evitar un protagonismo injustificado– y abstenerse de cargar contra la oposición interna, que con todos sus errores y carencias ha dado la cara y se ha jugado el pellejo frente al monstruoso aparato de represión castrista. Al César lo que es del César.

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