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Marxismo, utopismo y maniqueismo

Marxismo, utopismo y maniqueismo

enero 23
16:56 2011

MarxismoEl Estado marxista uniforma toda la vida pública. Restablece la unidad teológico-política, erigiendo un ideal único en dogma de Estado, instaurando un Estado “virtuoso” y exigiendo la adhesión espiritual de sus súbditos. Somete lo económico a lo político, procediendo a nacionalizaciones o controlando todas las actividades en este sector. Establece un régimen de partido único.

El utopismo consiste en querer construir una sociedad perfecta sólo con el esfuerzo de los hombres; en eso se desvía con respecto a la doctrina cristiana original. El utopismo es sólo una fabricación intelectual, una imagen de la sociedad ideal. Las funciones de la utopía pueden servir para criticar el mundo existente; sólo el utopismo intenta introducir la utopía en el mundo real. El utopismo está forzosamente vinculado a la coerción y a la violencia (presentes también en los milenarismos cristianos que no se limitan a aguardar la acción divina), pues, aun sabiendo que los hombres son imperfectos, intenta instaurar la perfección aquí y ahora. Karl Marx, en una de sus famosas tesis sobre Ludwig Feuerbach, se limita a declarar: “Los filósofos, hasta aquí, sólo han dado del mundo distintas in¬terpretaciones; lo que importa es transformarlo”.

A nombre de ser depositaria de un instrumental “científico” la élite se identificó con el destino histórico de la Revolución, y al sacralizarse construyó un Estado represivo que suprimió sangrientamente la oposición dentro o fuera del Partido, y engavetó las promesas al obrero. Un Estado burocrático que respondió a sus intereses hegemónicos, encubrió su transformación en clase explotadora y sus privilegios a partir de los servicios estatales; un Estado explotador con su propia etiología de apropiación y distribución indirecta de la plusvalía, que estableció la desigualdad en los niveles de vida y consumo entre gobernantes y productores. Al determinar el derecho y la proporción en que un individuo o grupo tenía acceso a los medios de subsistencia, tal poder de exclusión definió a la élite rectora como una clase.

El futuro Estado se opondría a la democracia. Su objetivo no es dar el poder a todos, sino reservarlo para los mejores; no cultivar la igualdad sino favorecer el desarrollo de los superhombres. La libertad individual, la tolerancia, la concertación no tienen papel alguno que desempeñar allí, puesto que al disponerse de la verdad, ésta es una y exige la sumisión, no el debate. En la base de la sociedad totalitaria se halla la sumisión del individuo. La libertad no sólo es vencida en el campo de la política y la actividad pública; es aplastada en todas partes, ya se trate del derecho de sembrar, de cambiar de domicilio, de publicar poesía o de hacer filosofía, incluida la búsqueda de la verdad. “Antaño —dice en una de sus novelas el soviético Vassili Grossman—, yo pensaba que la libertad era la libertad de palabra, la libertad de prensa, la libertad de conciencia. Pero la libertad se extiende a toda la vida de todos los hombres. La libertad es el derecho a sembrar lo que se quiera, a hacer zapatos y abrigos, es el derecho del que siembra a hacer pan, a venderlo o a no venderlo, si lo desea. Es el derecho del cerrajero a fundir acero, el del artista a vivir y trabajar como desea y no como se le ordena”.

La aspiración humana a la libertad puede ser aplastada pero no puede ser aniquilada, como se ilustra en el siglo XX, a pesar del formidable desarrollo del Estado moderno para someter a sus súbditos. Pero ello no puede tranquilizarnos, pues si bien la evolución del mundo vivo busca la libertad máxi¬ma, nada prueba que sea también la evolución de la Historia, y debemos preguntarnos si nuestros antepasados eran menos libres que nosotros, que nos hemos dotado de Estados más poderosos que los de ellos.

Las antiguas tiranías asociadas a la religión, disponen de la amenaza del infierno, pero cuando no se cree ya en los diablos, la tiranía se desmorona. Los totalitarios resuelven esta debilidad no con un infierno quimérico, de cuya existencia no se tengan pruebas, sino con un infierno real, campos de la muerte que hacen nacer el espanto y producirían la sumisión incondicional de todos, justificados, pues sirven para “el bien de la especie”. Para establecer esta política de terror, existirá un cuerpo especial de individuos entrenados, máquinas obedientes liberadas de repugnancias morales y dispuestas a todas las ferocidades. Félix Dzerzhinski, el fundador de la policía política soviética, la Cheka, describía a sus subordinados como “camaradas decididos, duros, sólidos, sin estados de ánimo”.

Marx y Frederick Engels, en La ideología alemana, aseveraban que el socialismo, en un medio socio económico atrasado, solo generalizaría la miseria y las pugnas por las prebendas. Bajo el precepto de que toda democracia es una forma de dictadura minoritaria, la “vanguardia proletaria” trató de justificar la dictadura del proletariado. Pero lo que Lenin establece como mandamiento teórico fue objetado por muchos de sus pares europeos. Rosa Luxemburgo, la marxista polaca, entabla una agria polémica con el ruso al que prácticamente acusa de autócrata, al recordarle que Marx nunca habló de monopartido ya que el modelo de dictadura que tuvo delante fue la burguesa, que era de carácter pluripartidista, y que, en consecuencia, la proletaria tendría que ser igual. La Luxemburgo fue asesinada antes de convertirse en hereje del marxismo, y la toma violenta del poder, la aniquilación de las “clases recesivas”, e incluso la purga de comunistas insumisos, se consagraron en prácticas comunes.

La victoria de la revolución leninista era, para muchos de sus partidarios occidentales, una conquista del sentido, pues supuestamente con ella la historia adquiría un sentido grandioso y universal que subyugaba y exaltaba tanto más cuanto que sucedía al absurdo catastrófico de la primera Guerra Mundial, y contrastaba con su fondo siniestro. Se esperaba que la locura cediera el lugar a una organización del mundo razonable. La humanidad, se decía, había encontrado un objetivo, y el camino que a él llevaba.

Lo que caracteriza al comunismo no es el ideal de armonía final sino el camino elegido para alcanzarlo: sumisión de las opciones personales a las del Partido, exclusión de una parte de la población (las clases enemigas), toma del poder revolucionario y dictadura del proletariado, abolición tanto de la propiedad privada como de las libertades individuales. Las hipótesis económicas, sociales o históricas de Marx y Engels se convierten en artículos de fe y está prohibido discutirlas. Puede comprenderse así por qué el régimen comunista persigue con tanto encarnizamiento a los representantes de la religión cristiana, cuando en su punto de partida ambas doctrinas no son antinómicas: es que cualquier otra religión es un rival directo y que sólo hay lugar para un único Dios.

Las doctrinas del bien, a la que se suscribe la utopía marxista, tienen todas el defecto de poner en alto los valores de una abstracción, no a los individuos. El humano no hace el mal por el mal, siempre cree perseguir el bien, pero en ese camino se ve arrastrado a hacer sufrir a los demás. Ni siquiera Herodes Antipas derramaba sangre en nombre del mal. La persecución del bien, olvidando que el individuo debe ser el beneficiario, se confunde con la práctica del mal. Los sufrimientos humanos resultan mayormente de la persecución de quienes buscan el bien, que del mal. Allí donde se levanta el bien, corre la sangre. Esta regla se aplica tanto a las religiones antiguas como a las modernas doctrinas de salvación, como el comunismo. Más vale, pues, renunciar a cualquier proyecto global de extirpar el mal de la Tierra para que reine en ella el bien.

La división de la humanidad en dos partes mutuamente excluyentes es esencial para las doctrinas totalitarias. No hay lugar para las po¬siciones neutrales: la persona moderada es un adversario, el adversario es un enemigo. El fin del conflicto es la eliminación del enemigo. Las ideas de Lenin y de Hitler son reveladoras: deshumanizan al que se intenta vencer, convirtiéndolo en “la escoria”, “el reptil”, “el gusano”; su eliminación se hace así aceptable para todos. Es preciso, dice Lenin, “acabar con la purria contrarrevolucionaria”. Todo totalitarismo es, pues, un maniqueísmo que divide el mundo en dos partes mutuamente excluyentes, los buenos y los malos, y que se fija como objetivo la aniquilación de estos últimos.

El leninismo, rompiendo con la tradición socialista e, incluso, marxista (a la que ahora califica de “socialdemócrata”, “social-traidora”, y “social-fascista”), es precisamente el abandono de la universalidad utópica, puesto que la victoria pasa ahora por la derrota y la eliminación física de una parte de la población, llamada, por necesidades de la causa y de un “enemigo”, la “burguesía”. Lenin al comienzo del Estado soviético defendió el terror sin ambages: “Hay que plantear, abiertamente, que el terror es justo en principio y en política, que lo fundamenta y lo legitima su necesidad”.

Más que una proyección utópica se estaba en presencia de una ideología estatal, por eso el marxismo no pudo gestar una ética humanista, pese a los esfuerzos de Georg Lukács y Louis Althusser. Su mesianismo, encarnado en el estalinismo, el maoísmo, y el castrismo, entre otros, sería un concepto religioso heredado del puritanismo, en la que el trabajo “moralizador” lograría la acumulación originaria, si bien sacrificando el consumo del productor. El modelo no resultó una formación transitoria hacia el comunismo; la herencia de su Estado burocrático provino del estatismo prusiano, del zarismo y sus sociedades secretas, del despotismo oriental de los kanatos y de las sociedades hidráulicas.

¿Se trata el bolchevismo una variante rusa del comunismo, exportada a continuación, y el estalinismo, su período más intenso? No es posible aislar a Lavrenti Beria de Stalin, ni separar a Stalin de Lenin. Éste fue quien fijó los grandes rasgos del nuevo régimen, de prevalecer a toda costa, en un maquiavelismo extremo, donde el fin justifica todos los medios y donde no existe absoluto alguno. Lenin nunca buscó la verdad, buscaba la victoria. En los países comunistas la “dictadura del proletariado” implicaba el terror policíaco. De ahí provienen los asesinatos en masa, la tortura y las amenazas; a lo que se añaden los campos de concentración. Lo ilustra 1989: en cuanto el terror fue suspendido (la policía y el ejército no recibieron órdenes de disparar, y Mijaíl Gorbachov ordenó a sus divisiones blindadas de no interferir), los Estados totalitarios comunistas se derrumbaron como un castillo de naipes.

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