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Más allá del meridiano

Más allá del meridiano

septiembre 22
02:06 2011

1-antes_de_meridianoA las doce de la noche. A la misma hora que la enterré. Tú solo. Gerardo escucha atento las últimas instrucciones del anciano de almidonada guayabera blanca, pantalón de dril del mismo color y sombrero crema de alas anchas. No hay dudas de que se ha estado dirigiendo a él, y en su voz ha creído percibir una extraña mezcla de magnanimidad y de imploración. Y ahora al final, antes de desaparecer tal como se había presentado, no sabe si sus últimas palabras ratifican un ruego o esconden una velada amenaza. 

Este año se cumplen los cien, te digo. ¿Estás seguro, Vidal? ¡Claro que sí, Ventura!: todo el mundo por estas lomas lo sabe. ¿Qué es lo que sabe? Que tiene que entregarlo, no puede elevarse hasta que no se desprenda de las cosas que lo atan a este mundo. ¿Pero cómo…? Es verdad que tú siempre estás atrás del palo, Ventura. 

Paradójicamente la muerte ha animado la casona de don Francisco, capitán de la Guerra de Independencia que se convirtió en el propietario más rico de la sitiería.  Al velorio han acudido todos los veteranos de la zona, y como siempre, después de dar el pésame a la acongojada familia, los vecinos aprovechan esta singular reunión para –entre tazas de café, tabacos y cigarros–, en voz baja pero no por eso menos abarcadora, difundir y enterarse de los más variados asuntos de la localidad… y del difunto.                                         

Dicen que ha dejado a la viuda y al hijo casi sin un quilo. Tendrán que vender parte de las tierras para salir a flote. Siempre fue un tacaño, así es que no me extraña. Se gastaba el dinero con putas allá abajo, en el pueblo. Mantenía una querida, con casa y todo. Tenía mucho dinero como para que se lo haya gastado todo así como así.  Cada cual tiene derecho a emplear su plata en lo que le dé la gana. Ese viejo no era de los que mete dinero en el banco. Dicen que el ataque al corazón fue fulminante, que cuando se estaba muriendo quiso decirle algo al hijo y no pudo.                                                           

Esa mañana del que desde temprano prometía ser un caluroso día, Gerardo madrugó como de costumbre, aunque no tenía intenciones de atender las labores de la finca. Tras el primer sorbo de café, se decidió a hablar con su esposa. Ten cuidado Gerardo, que a mí no me gustan esas cosas. Tengo que hacerlo, Jacinta; no me queda más remedio.  Recuerda que en la familia siempre hemos sabido que llegaría este momento. ¿Por qué mejor no esperas al sábado? Viene Eduardo con la mujer y el hijo. Tú sabes cómo son estas cosas: me dijeron que yo solo. Pero Julieta me ha dicho que eso es peligroso. Tengo mucho miedo, viejo. 

Te dije que esta noche. ¿Y cómo lo sabes? Me lo dijo alguien de confianza. Pero… ¡Siempre estás con un pero! ¡Sólo a mí se me ocurre contar contigo! Tienes suerte de que te necesito, porque este es un trabajo de dos para poder ir al seguro. Que si no…    

Sé dónde está el lugar, aunque hace tiempo que no voy por allí. Son como dos horas de camino, cuesta arriba, así que es mejor que salga con suficiente tiempo. Jacinta piensa que me he quedado en estas lomas sólo por amor al monte. Pero tengo que cumplir la promesa que le hice a mi padre. Después, le vendo las tierras al gobierno, y con ese dinero y el otro nos vamos los dos al pueblo junto a Eduardo.    

¡Ya sale! Es verdad que Julieta no falla. Esa prieta le mete a lo haitiano y trabaja al duro. Se merece su buena parte. El que no se merece nada es este comemierda que tengo aquí al lado. Pero qué remedio.  Ya veré después lo que hago con él. Ahora hay que ponerse pa’ la cosa, que hace bastante tiempo que estamos detrás de ella.                                                                                     

Aunque apenas visible en el fondo de un barranco, la cueva tenía una espaciosa entrada.  La amarillenta luz de la lámpara dibujaba caprichosas formas que aparecían y desaparecían a cada movimiento de Gerardo. A pesar de que  se había estado preparando para ese momento prácticamente toda la vida, no podía evitar un sobrecogimiento que tensaba sus músculos y le hacía sentir  sus pasos como los de un artefacto metálico.  Por la galería izquierda, anjá… Hasta el fondo de la herradura. En el rincón… debajo de la piedra que sobresale en punta desde el techo…. ¡Aquí! Soltó el saco que llevaba a la espalda y se dispuso a esperar.                                                                                          

¡Rápido! Apártalo y sácalo. Después nos ocupamos de él. Una de las dos siluetas arrastra el desmadejado cuerpo mientras la otra observa detenidamente el lugar. ¡Sí! ¡Este es un buen sitio! Le echa una mirada a su reloj. ¡Tenemos que apurarnos, que ya casi son las doce! Minutos después cavan febrilmente con pico y pala. Cuando el hoyo alcanza una profundidad  de medio metro, el pico choca contra un objeto duro… Sonrisas de satisfacción se dibujan en las caras de ambos individuos. Uno de ellos aparta al otro de un empujón y se inclina de rodillas. Con un cuchillo aparta la tierra que rodea un objeto de color ocre. ¡Aquí está la botija! La extrae, la coloca en el suelo, y con un poco de esfuerzo logra zafarle la tapa. Incrédulo ante lo que ven sus ojos, levanta la lámpara y acerca la cabeza. ¡Vacía! El que está agachado es el primero en sentir el penetrante olor que emana de aquel recipiente, y que empieza a diseminarse por la cerrada atmósfera de la caverna.

Cuando Gerardo recobró el conocimiento y penetró de nuevo en la caverna, todavía un leve vaho se esparcía por ella. A pesar de estar medio aturdido, pudo reconocer de inmediato los dos cuerpos que yacían sobre el suelo. Con evidentes síntomas de muerte por asfixia. No le deseo mal a nadie, pero parece que esta es la última fechoría de estos dos. Querer vivir sin trabajar siempre conduce al mal camino. Miró el agujero y el objeto sobre el suelo. Al medio metro hay una: esa  no… El mensaje había sido muy preciso. Medio  metro más…  

Colgada de una pared de la casa, la difusa foto del mambí parecía mirar fijamente la gran esfera del reloj situado justamente en la pared de enfrente. La aguja pequeña se encontraba prácticamente sobre el número uno, y la mayor ya acariciaba el doce.  

Gerardo dirige el haz de luz de la linterna hacia su reloj de pulsera. Se incorpora de la piedra en que está sentado. Con el pico en la mano camina y se para junto al agujero recién cavado. En la época de mi abuelo, estoy seguro –murmura–, no existía el horario de verano.

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