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Mendoza 324 (fragmento)

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Mendoza 324 (fragmento)
marzo 14
11:17 2014

―Aquí tienes ―dice Ela con picardía y pone encima de la mesa del centro una breva de proporciones considerables. En sus ojos se manifiesta una vileza que Bruno saborea. Un gesto en la mirada que le recuerda a Frida Kahlo.

―Lo traje para nosotras ―y agrega―: Tú serás en todo caso un testigo, indiferente por cierto.

Bruno sonríe. Sabe que no va a quedarse fuera del banquete que endosa el terreno para uno mejor. Menos en lo que a una buena hierba se refiere. ¿Y en su espacio, con dos chicas dispuestas al retoce, a la entrega? Además, concurre el acto de que ellas no lo quieren apartado, estoico, sino urbano…

Bruno piensa en no establecer preferencias, si bien las hay. Cada una, a pesar de la comunión de piernas flacas y caderas huesudas, marca un contraste que él gusta de restregarles: la antípoda al socorro de la reciprocidad; la gestión personal en la que un competidor se muestra como supuesto aliado, y que sin escrúpulos estampa la delantera en la primera oportunidad. Sin embargo, esa falta de ilación representa el equilibrio: las dos concretan para Bruno una suerte de dispar armonía en la que él pretende complacerse hasta el cansancio; y de eso, ningún heterosexual que se respete muestra agotamiento. Bruno procura darle a ellas lo más tierno de su esencia –que Carla asegura es peligrosa, arrebatada, al amparo del desacierto―  en medio de un juego que trasciende.

Conversan de cosas fútiles: del calor, de lo sensual que Ela vino vestida; lo sorprendente que resulta el acto de que las dos no se conociesen desde antes con tantas amistades en común; de lo bien que le ha venido a Bruno mudarse a Mendoza, una suerte de retiro para relajación, el entendimiento y la literatura, a pesar de que aún no ha logrado escribir un cabrón cuento. Y lo mismo se imagina un Navakov tropical: las muchachas se le antoja son sus dos “Lolitas”. Ela y Carmen, que se han convertido asimismo en sus dos palomas. Carla no aparece aún, si no, fueran tres. Y si lo hubiese hecho, ¿igual estaría aquí?

Bruno descorcha un tempranillo barato comprado en Farmacias Navarro. Anuncia, con sobrada ceremonia, que se trata de un tinto de muy buena cosecha. Hace un chiste y les explica que lo que en realidad está rotulado en la etiqueta es el nombre de un poeta local. Carcajadas…

Pero el “contexto” todavía se muestra tenso. Es la primera vez que ellas comparten. Bruno le sirve a cada una.  Él bebe en un vaso enorme muy parecido a esas copas que sostienen “sus nínfulas”, en lo que esperan el ceremonioso brindis para una vida mejor. La única diferencia que carga su cáliz es la peculiar base, el palito de apoyo; el soporte que lo distingue de una copa, no lo trae.

Bruno sugiere por fin el dichoso ofrecimiento a la suerte. Ela y Carmen lo acompañan entusiasmadas. Chocan sus vidrios contra su vaso. Bruno, por darle credibilidad a un gesto gastado, desborda una aparente apoteosis.

Lo sabe bien. Han sido incontables las veces que ha colisionado cristales, latas, barros y hasta feas vasijas de cartón, con la esperanza de una vida mejor. Y ahí sigue, en una suerte de limbo, en medio de una frontera infranqueable para la felicidad plena. Una felicidad que tuvo con Amalia, que trasegó a Carla sin conseguirla, y por la que todavía lucha ya no importa con cuál mujer.

Bruno piensa que lo único que queda es lo bebido y la terrible resaca si nos excedemos. Saldado el rito besa a cada una en su boca y en lo que revuelve su lengua da por hecho que después les corresponde a ellas. Y no pasa, desdichadamente. Bruno mira al cigarro sin encender. Sin dudas precisan de una “herramienta” que las desinhiba.

―A ti más ―le reprocha a Ela dulcemente―, que te noto retraída.

Pero su arbitrariedad es persistente a pesar de la concebida sutileza, y le domina como no debe, y se apresura. Bruno, que presume de practicar la tolerancia, de ser un demócrata, establece una dictadura por la que han de regirse. A su favor, para justificar el desenfreno, concurrieron las veces que por separado le hablaba a una de la otra cuando hacían el amor: las “delicias” de la pospuesta. Y ahora, los tres juntos, es la consagración de la quimera y su sentido común se desvirtúa un tanto a pesar de su experiencia en esta lides de carne compartida, porque su erección lo determina así.

De nuevo otro brindis, otro beso, esperando el de ellas. Y no sucede, y no aguanta, y casi lo exige. Ela mira a Bruno con cierto reproche pero remata complaciéndolo. Besa a Carmen y lo que un principio constituye un ejercicio de puro trámite al parecer le satisface, y le muerde los labios. Carmen le acaricia el pelo a Ela con sobrada ternura, luego los senos. Ela responde gustosa a su determinación. Y el beso se extiende, se troca en un deseo auténtico. Bruno las mima con ternura, esa devoción que tanto disfrutara Carla. Es cuando Ela se ruboriza y aparta a Carmen suavemente, en lo que ofrece a Bruno toda su sonrisa, sus ojos chinos.

Bruno queda en silencio. Pasa un ángel, libídine lo mismo. No es este un espacio para nadie que no se conecte con la concupiscencia. Se le ocurre entonces que ese segundo es el relámpago idóneo para prender el bendito cigarro. Los tres ríen y concluyen por unanimidad sobre la bondad que carga consigo un torpedo de cannabis.

Ela aconseja a Bruno que no sea glotón. Lo que he traído es fuerte, señala con marcado drama. Cuenta que le dicen la “patada de King Kong”. Bruno imagina al inmenso primate dándole en el rostro con una de sus patas –o pies manos―; la imagen le recuerda a una hierba a la que, hace ya ni me acuerdo, en La Habana, nombraban “la galleta de Bruce Lee”.

Bruno continúa tragando. Los límites se le configuran pautas a posponer con redomado gusto.  Pasa el cigarro, no sin trabajo, y finalmente ellas se deleitan.

Ela posa la negritud de su pupila en Bruno. Hace una mueca que termina con esa expresión de retozo tan suya, que él adora. En lo que Ela le echa un vistazo, sonriendo con esa malicia que la reafirma hermosa, Bruno le abre las piernas a Carmen y comienza masturbarla.

Practican el suceso de la fuma con elegancia. Bruno recula al malévolo torcido.

―Aún no me “arrebata”― reclama Bruno preso de un jolgorio explosivo en lo que vota el humo con ese gesto aparatoso, tan habitual en él. Es precisamente su duda, el exceso de entusiasmo, el primer síntoma de que empieza a domarlo. Por supuesto, repite la bocanada y se traga el humo; fuma a la usanza criolla. Al poner su vaso en la mesa, grita:

―¡Cuidado! No se muevan. Se ha roto mi copa. He perdido su base, la única pata ―risas frescas. Bruno se siente como un imbécil. Nunca fue copa.

Pide disculpas, da otro chupón desmedido. Vuelve a reprender a Ela, con sobrada simpatía, de que no es lo suficiente bueno el bendito cigarro. Todos se miran, de nuevo sus lindas risotadas. Se divierten, ironizan. Lo disfrutan.

El ángel se presenta. Cada uno ocupa su vista en algo que no definen realmente. Los tres evitan topar sus ojos. Por fin, Ela posa la negritud de su pupila en Bruno. Hace una mueca que termina con esa expresión de retozo tan suya, que él adora. En lo que Ela le echa un vistazo, sonriendo con esa malicia que la reafirma hermosa, Bruno  le abre las piernas a Carmen y comienza masturbarla.

Carmen se deleita, se ciñe a su dedo,  sabe que está ahí para eso. Ela, por segunda vez, intenta marcar distancia aunque en sus ojos lagrimea la certeza de que le complace el trance de que Bruno practique con Carmen “el juego de los bordes” que tanto ella disfruta. Bruno le habla a Carmen cual abejorro, susurrándole en el oído que la fantasía de Ela es verlo con una mujer, en lo que decide qué hará cuando inmediatamente se le caliente el alma. Carmen gime con inusual vergüenza. Invita a Ela con una ojeada repleta de libido a que se incorpore. Ela da una larga chupada al cigarro y por fin toca uno de los muslos de Carmen.

Bruno sale del centro de Carmen, le da a Ela a chupar el dedo con que la penetraba. Ela pasa la lengua con refinado gesto, lo desaparece en la boca. Bruno le quita el cigarro, aspira y deposita el humo en los labios de Ela, que no paran de chupar su dedo. Carmen reclama. Bruno repite el evento: masturba a Ela y Carmen saborea su dedo, el humo. Todavía no nos “arrebata” lo suficiente”, repite Bruno casi embobecido.

Sin preámbulo alguno, sin esa delicadeza que ha de ir apuntalada por la sensualidad, Bruno se expone de una buena vez. Sin ropas, las invita a que lo hagan. Ela y Carmen se miran. Otra algazara y supuestamente se proponen complacerlo. Ya los tres desnudos, Bruno insiste que el cigarro no es tan fuerte como Ela cacareaba.

Al regresar el cigarro encima del cenicero Bruno se percata que todavía están vestidos. Duda y confiesa:

―No sé si nos cubrimos de nuevo, en qué tiempo, o si alguna vez llegamos a estar encueros.

Vacila, toma de nuevo el bendito “prajo”, lo besa casi y lo ofrece a no sabe qué mano que le acaricia el pecho por entre la camisa. Bruno porfía en su pedido. La ropa simboliza una sospecha inadmisible.

Respuesta común que se traduce en risas. Bruno vislumbra que sus “palomas” comienzan a establecer complicidades de las que él no participa. Se levanta aparentemente serio y las deja en el sofá.

De pie, deduce que está a una distancia desproporcionada. Si bien la sala no ha desfigurado sus dimensiones, y apenas si se paró a unos centímetros de ellas ―acariciándose las piernas cada una―, da por seguro que el apartamento es una especie de hangar con anchos imprecisos. Bruno queda tan sosegado que termina desparramando un aburrimiento repentino. Para no contagiarlas, permite que las dos se vayan a la cocina a preparar el supuesto majar por el que las invitó.

Carmen y Ela conversan sobre esas hierbas molidas que Bruno trajo para a la comida que aún no se hace, y que acabó en la basura al quedar mucho tiempo destapada y notar él en su arrebato una cucaracha que desde el piso le hace muecas. Bruno se para frente a sus niñas y aplasta a la supuesta periplaneta. Luego las mira como el héroe que acaba de luchar contra un dragón, y las goza de manera leve; una suerte de regocijo etéreo que para nada les interesa a ellas. Quieren carne sobre carne, él en el medio, y nada.

Bruno siente que Carmen y Ela lo registran visualmente, quizás con antipatía. Descubre un aparente y estrenado afecto entre las dos. Incluso llega a creer que lo quieren desaparecido.

En medio de su paranoia a Bruno cualquier punto de referencia se le pierde. Una vez más intenta acorralar su cuerpo al arrimo de un lugar determinado, y no, sigue equidistante. Lo peor, Bruno concluye en su fatal paralelismo que las intenciones por eclipsarlo se deben a la flacidez de su espada, inservible en ese segundo.

Bruno se aparta. No hay dudas que el deseo se apoderado de las dos y él, cuando más, estará sentado en un asiento de palco. Bruno observa cómo se disfrutan Carmen y Ela. La apetencia entre ellas ya no es sutil. Luego clavan sus ojos en los de Bruno, que parecen los de un chino.

Cual monje tibetano que considera al sexo un lastre para el viaje a la ansiada anchura, Bruno hace mutis. Baila solo al son de una música que imagina perpetua. Lo único que se le ocurre segundos antes de ejecutar su danza es aclararles a sus “nínfulas” que, si urgen de ayuda, lo llamen.

―Estaré cerca ―sella con una voz que parece sacada del fondo de una lata, y continúa:― aun cuando el espacio se me antoje deformado y en mi “vuele” olvide la razón fundamental de por qué están en mi casa.

No sabe qué tiempo ha transcurrido. Carmen viene y lo besa. Ela lo hace por su espalda y termina abrazándolo. Durante esa disfrazada hora que las dos le juran han sido escasamente unos cinco minutos, Bruno cuenta con la certeza de que no ha estado en su apartamento de Mendoza por largo tiempo. Esa danza liberadora de una energía muy distante de la falda lo ha mandado lejos.

Sí, las escucha, y cuando por fin Carmen y Ela se deciden a florear delante de él,  atiborradas de liviandad, Bruno percibe que sus cabezas han crecido. Carmen lo observa sorprendida. Ela ríe por enésima vez. Bruno se llama al regreso pero se ha ubicado tan remotamente que no se escucha.

Gracias a la providencia, al ángel –¿o las palomas?―, por un instante repatría a donde quiere estar. Las dos siguen bailando pegaditas, apretándose con esa simpatía tan necesaria entre mujeres. De pronto, como si fuese una pelota de baloncesto en manos de Shaquille O’Neal, la existencia de Bruno se convierte en un dribling constante. Salta del sitio en que se hallaba convaleciente y es emplazado a una altura que sobrepasa el techo. Desde su ilocalizable espacio le parece que, en vez de una danza erótica, Carmen y Ela ―en lo que se desvisten la una a la otra― practican lucha de sumo, que para mujeres delgadas no queda bien.

Bruno se tira en el sofá sobado por la impotencia. Por varios minutos queda y sigue sin estar. Al fin la lucidez lo rescata y se reintegra. Una ola lo arrastra con fuerza a la orilla del disfrute. Un paréntesis terrenal por el que reza para que se eternice. Pero el brinco se presenta, O’Neal vuelve a driblearlo y lo lanza remotamente cuando, por fin, los tres están por primera vez desnudos.

Lo ha devuelto el ángel, no sabe cuándo. Las dos en la cama, empapadas por fuera y por dentro, miran a Bruno sorprendidas. Bruno se levanta sin el convencimiento de que estuvo allí todo el tiempo. Por si acaso, se le ocurre que habría de buscar unos zapatos de plomo que lo reconozcan; al menos una fuerte soga con la que amarrarse los tres a la cama para no torcer ese soplo glorioso que encarna el goce de sus cuerpos.

Ya en la puerta, Bruno le pide de favor a Ela que no traiga otra vez un cigarro como ese. Carmen y Ela lo besan con ternura y bajan la escalera riéndose por enésima vez.

―¡Maldita mariguana!―refunfuña Bruno en voz baja, en lo que abre la ducha…

Al acostarse, un pequeño malestar todavía lo golpea de a poco. Después de salir de su modorra abre su laptop y repasa mentalmente la trinidad que ha gozado prácticamente omitido. Intenta escribir y a escasas tres líneas cierra la laptop. La vecina de al lado comienza a gimotear.

Escucha latigazos, a punto está de tocarle a la puerta a la vecina. Se levanta, va hacia la sala y para distraerse busca en el librero un cuaderno de poemas, cualquiera. Se toma antes un poco de vino olvidado en una copa. Ha de ser de Carmen, piensa y sonríe. Escoge un título al azar: Alguien canta en la resaca…

Sobre el autor

Denis Fortún

Denis Fortún

Denis Fortún (La Habana, 1963). Poeta y narrador. Artículos y crónicas de su autoría, con un toque humorístico sobre la cotidianeidad en Cuba y su exilio, aparecen con regularidad en bitácoras de otros autores, y en diversos ciberportales y revistas. Textos suyos han sido incluidos en antologías de narrativa y poesía en Cuba, México y Estados Unidos. En Miami, donde reside actualmente, edita el blog Fernandina de Jagua. Ha publicado el poemario “Zona desconocida”, “El libro de los Cocozapatos” (narrativa) y “Diles que no me devuelvan” (crónicas).

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1 comentario

  1. Juanito Camaron
    Juanito Camaron marzo 19, 14:27

    UNA ORGIA DE LAS LETRAS QUE SE ENCARAMAN UNAS SOBRE OTRAS Y SE FOLLAN. BUENISIMO, ME ENCANTA LA NOVELA.

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