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Messi, crónica de un dopaje anunciado

Messi, crónica de un dopaje anunciado

abril 28
03:38 2011

1-lionel-messiLe llama, con un dejo despectivo que revela su filiación merengue, “la fierecilla dopada”. “Desde los 10 años anda en esos trajines”, dice. Para Ismael Echemendia, entrenador de Los Piratas, de la liga infantil de fútbol de Miami Lakes, el arranque eléctrico del futbolista argentino Lionel Messi es fruto del tratamiento hormonal recibido ya desde su niñez. “Lo demás es paisaje”, asegura lacónico.

“No debería pisar un campo de juego en competición oficial”, reflexiona Echemendia.  Y repite la historia que casi todo el mundo sabe, pero en un tono misterioso que inmediatamente le presta otro cariz:

En 1998 Leo Messi, con 11 años de edad, medía apenas 1,32 metros, la altura correspondiente a un niño de 9 años. Comenzó entonces un tratamiento de Levotiroxina, una hormona que aumenta el metabolismo basal. En 2001, la actual estrella azulgrana y su familia se fueron a Barcelona, con el jugador midiendo ya 1,48 metros, aunque todavía presentaba retraso de crecimiento. En las filiales del club azulgrana continuó recibiendo el tratamiento, que incluía inyecciones de somatropina.

Uno de los efectos de las hormonas del crecimiento es un mayor desarrollo en las conexiones nerviosas del cuerpo humano, lo que proporcionaría a Messi su arrancada eléctrica, ese plus en velocidad a distancias cortas, fundamenta Echemendia. “No en balde le apodan La pulga biónica”, reflexiona.

“Ser bajo de estatura no es ninguna enfermedad”, insiste el también admirador de Kaká y Cristiano Ronaldo. “Messi no estaba enfermo. Así que el tratamiento de crecimiento hormonal estuvo claramente dirigido a aumentar su capacidad atlética y de esa manera explotar su talento… porque sin duda talento tenía, y tiene. Pero se ha dopado toda su vida. De hecho, la somatropina que se le suministraba es una sustancia prohibida en el deporte de competición”.

“¿Te imaginas que comenzara yo a suministrarle somatropina a estos chiquillos para aumentarles el rendimiento  deportivo?”, pregunta el entrenador y le pega fuerte a un balón a su lado. La pelota traza un arco en el aire y sobrevuela las cabezas de los piratas, que lo contemplan con mal disimulada admiración. “Estaría preso ahora”, asegura Echemendia, y sonríe con malicia. Su cara de enterado es un poema.

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Fabricio Iglesias Delay

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