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Metáforas paralelas

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enero 19
12:29 2015

Estado y Mercado: reflexiones sobre ideologías socio patriarcales y de control

1. El alcalde de Grenoble en los Alpes Franceses acaba de decretar lo que pudiera ser el principio del fin de la publicidad en los espacios públicos al sustituir vallas publicitarias por árboles; al mismo tiempo acaba de protagonizar lo que me parece un extraordinario gesto de la política, cuyo poder se orienta ya no en función de la agenda que dicta una ideología particular o de la agenda que dictan el capital y el mercado sino en función de una agenda ecológica y, quiero pensar también, de bienestar ciudadano. La noticia de este inusitado y alentador gesto me ha llevado a reflexionar sobre la naturaleza de la propaganda y la publicidad en aquellas sociedades en las que he vivido, donde ambas sirven a agendas y propósitos de control no sólo del espacio simbólico, sino, sobre todo, de nuestra identidad profunda, nuestra conciencia multidimensional.

En la cultura publicitaria del castrismo, los arquetipos épicos y redentores están en el origen de políticas que intentan apropiarse del espacio simbólico con la finalidad de servir a un estricto programa ideológico. De este modo, se invade de manera masiva la conciencia, el ser, la identidad y la subjetividad de un pueblo con creencias, propósitos y deseos diseñados desde el poder ideológico dominante y, por tanto, ajenos a cada persona.

Un slogan típico de esta propaganda que versaba “Pioneros por el comunismo, seremos como el Che”, encontraba en el perfil del guerrero argentino el ideal o arquetipo con el que modelar los rasgos del “súper hombre o el hombre nuevo” emergente, con el que embotellar o limitar la consciencia, uniformar la conducta y programar el carácter de todo un pueblo. Yo soy uno de los supervivientes de aquella generación-laboratorio del “hombre nuevo”.

Curiosamente, ni siquiera José Martí, probablemente el intelectual más grande de Latinoamérica en el siglo XIX, era un candidato apropiado para un patrón que demandaba más del apolineo Aquiles que del astuto Ulises. En ese sentido, el genial poeta y escritor encarna al intelectual, al hombre culto pero no al guerrero; un modelo demasiado descompensado como “Mesías” para identificarlo con las masas.

Tampoco existía un homologo simbólico femenino que representara acaso una alternativa al canon guevarista. Sólo el arquetipo de la madre que ofrece sus hijos a los avatares de la gesta épica; Mariana Grajales es decir, la mujer cuya figura emerge para subrayar o reforzar la agenda y el lenguaje irredento del hombre, era el modelo socialmente elegido de una cultura en el que la mujer, sigue el mismo destino que la virgen María para el catolicismo.

En los sistemas androcráticos y totalitarios, la uniformidad del carácter es clave para programar masas obedientes al status quo que respondan a la autoridad como si de un ejército se tratara; incluso cuando el arquetipo a imitar representa la forma más violenta de la rebeldía, un icono militar y político para el que la “emancipación” pasa por la eliminación física del otro.

Del Che me quedo acaso su tensión a la rebeldía más no su manera de entender la justicia y el cambio social, que lo convirtió en el mismo criminal que aquellos a los que combatía.

Nunca termino de cuestionarme las razones, esas “variables ocultas” por las cuales el movimiento 26 de Julio eligió la vía violenta y no la desobediencia civil como forma legítima de cambio sociopolítico. Nunca dejo de preguntarme si la única vía que un pueblo conoce para dirimir sus conflictos es la destrucción física del antagonista y no “el cambio en la situación de opresión”, como afirmó Martin L. King, es decir (y le cito nuevamente), “derrotar la injusticia, no a las personas”, como también comprendió Gandhi. Siempre me quedara la duda sobre este vacío reflexivo en la cultura política cubana. Este es un nudo que aquella debe reconocer y superar si aspira a que la espiral de violencia que arquetipos como los del Che inspiran, siga lastrando el alma de un pueblo. Desde una perspectiva humanista y espiritual, las izquierdas y derechas genocidas comparten las mismas fobias, las mismas ansias de control, los mismos complejos androcráticos que nacen de una percepción conflictiva de la dualidad y el ego.

2. En la cultura capitalista ocurre un poco más de lo mismo, es decir, la misma propaganda, la misma invasión simbólica del espacio público pero con contenidos más diversos y sofisticados. En este caso, no es la elite política, el Estado, quien va protagonizar el adoctrinamiento, a imponer sus cánones identitarios dominantes, quien va a decirnos cómo debemos ser, a quiénes debemos parecernos o imitar, sino el Mercado, el logos como representación simbólica del capital y su entramado de corporaciones y redes financieras. Aquí el mercado se nos presenta como divinidad secular, como ese templo sagrado del espíritu burgués aliado de todas las ideologías y de una vida centrada en la liturgia del consumo. Este mercado, que encuentra en Hollywood la industria de la moda y el Entertainment sus principales manufactureros, ha construido un verdadero panteón pagano de arquetipos, una máquina de producir identidades de diseño en serie y un escenario tan surtido en fetiches ficticios y “reales” (celebrities) como uniforme. En este caso, nada ilustra más la vulgaridad y lo grotesco de su filosofía que ese slogan que versa: “eres lo que tienes”.

Si el estado comunista lo impone mediante la autoridad de la ideología en el poder, el mercado capitalista lo impone mediante la autoridad del capital como ideología al servicio del consumo. El verdadero poder se consagra en la ritualidad del consumo. Sin esa sacrosanta devoción hacia el consumo, no tienen sentido la producción ni el mercado, tampoco la esclavitud que deriva de la deuda. Sin esa celebración permanente del consumo el sistema se paraliza. En este caso el estado no es más que tributario de agendas corporativas.

La ideología de la acumulación y la usura, la posesión y la plusvalía, el consumo y la mercantilización de la vida genera ese fenómeno alienante que Marx definió como ” fetichismo de la mercancía”. En efecto, donde todo es mercancía, desde el aire que respiramos hasta el vaso de agua que bebemos; el sistema es pródigo en vender status quo o, lo que es lo mismo, Imagen, y a través de esta, los arquetipos triunfadores, sus fetiches elegidos, sus “objetos vivientes”. El mercado amplia, diversifica la oferta de identidades, logos, marcas y arquetipos con los que seducir a las masas. Si parafraseáramos en este contexto el slogan comunista, sería algo así como “Pioneros por el consumismo, seremos como Beckham”.

A través de un efectivo mercado de fetiches se reproducen y perpetúan los modelos exitosos, aquellos que consiguen ser parte de una elite opulenta y pudiente. El resto vive en la ilusión de poder alcanzar esa imagen, su modo de vida y estatus.

elche-ipodEn este contexto, sujeto y objeto son iguales (mercancías) y ajenos a sí mismos. Las fronteras entre realidad y ficción son tan permeables, tan porosas y difíciles de discernir que a veces desaparecen totalmente. Superman o el ratón Mickey pertenecen a “lo real” tanto como Angelina Jolie y Brad Pitt a la “ficción”; ambos personajes forman parte del imaginario simbólico y la iconografía (imagología) del sistema. El mercado fabrica y vende ilusiones, muchas de ellas banales, otras imposibles por más que la tecnología permita el cambio de sexo. (No es posible ser alto, rubio y de ojos azules siendo bajito, negro o chino y de ojos pardos). A lo más que se puede aspirar es a simular a tus fetiches referentes; al superhéroe épico de la ficción (Superman, Batman, Spiderman) o a la celebrity de turno; imitarlos y por tanto, ser la falsificación de uno mismo. No obstante, la ilusión más poderosa que ha logrado fabricar el mercado es la ilusión de libertad, esa que nos hace creer que el individuo tiene “el poder de elegir” o “el poder de decidir” entre creencias “distintas”, ideologías y partidos “diferentes”, marcas de ropa, tecnologías, canales de televisión, etc, cuando en verdad es esclavo de una fabulosa ilusión, de un soberbio montaje de control y programación que, como un gran prestidigitador es hábil en ocultar su lado depredador, excluyente y violento, ese que destruye los ecosistemas del planeta para complacencia de mercados, ese que nos hace esclavos de hipotecas y deudas impagables de por vida, ese que hace que “la singularidad del individuo” termine “cautiva de instrumentos y propósitos ajenos a él” como bien afirma Erich Fromm.

Como en los regímenes comunistas, la propaganda no es más que el arte de programar la conciencia, de embotellarla, de hacernos obedientes a las agendas de elites corporativas y financieras. Es, pues, el arte de narcotizar, de anular nuestra identidad, de convertir nuestra singularidad biopsíquica en una cosa, el alma en un objeto. La identificación con un ícono, una marca, un producto, un artista, un deportista, etc.; esa matriz que conforma el núcleo de nuestras creencias y gustos mercantiles, está destinada a convertirnos en un Consumidor orgánico, en yonkis de la imagen y el producto, ya sea Apple o Coca Cola. De lo que finalmente se trata es de que consumamos ciegamente o seamos como cualquiera de los ídolos prefabricados, muchos de ellos juguetes rotos; que tu ser íntimo y único se oculte tras la identidad de marcas, ideologías o en el glamour de las celebrities que el stablishment ofrece en abundancia, una abundancia equivalente a su pobreza de alma.

En ambos casos, tanto en los estados comunistas como en los estados capitalistas, se trata siempre de controlar tu propia brújula, de programar y/o falsificar el Yo más íntimo, de marginar e invisibilizar el ser único y particular que somos y podemos llegar a ser: nuestra conciencia multidimensional.

Ninguna cultura totalitaria quiere que descubras quién eres realmente; más bien intentaran sepultarlo ofreciéndonos un inventario de sustitutos y accesorios, caricaturas de lo que realmente somos. Cuando no imponen por decreto su modelo único, bombardean seductoramente nuestro subconsciente con todos los fetiches de su galería de arquetipos y productos. Nos prestan identidades cuando de lo que se trata es de desarrollar libremente la de cada cual, personal e intransferible, algo que realmente desconocemos y que, al pertenecer al ámbito de lo sagrado, se nos presenta como un misterio. Todo lo sagrado es un misterio para esta cultura, como bien afirma Adrián Morales en su conferencia Sexo y Tantra.

Ese atentado permanente a nuestra identidad, a nuestra consciencia (que comienza en casa, pasa por la escuela y se ramifica a través de la totalidad del tejido social e institucional), es parte de la trama ¿invisible? de la esclavitud moderna. Nunca se es más esclavo que cuando nos hacen creer que somos libres, de ese modo terminamos encariñándonos con la esclavitud, sintiéndonos orgullosos de ella, como bien apuntó Gurdieff. El fetichista mercado de las identidades te ofrece múltiples opciones a elegir, nunca el júbilo de ser tú mismo.

“El fin más íntimo de una cultura orientada hacia la apariencia es encubrir la verdad”, decía Nietzsche en uno de sus pasajes de El origen de la tragedia. Entiéndase la apariencia como el orden explicado de David Bohn, como el relato fenomenológico de una conciencia volcada solamente hacia el exterior que ignora su naturaleza implicada, esos “tejidos invisibles” como diría Neruda, su identidad profunda y multidimensional. Esa verdad que los sistemas de control intentan ocultar es tu naturaleza. Quieren que seas cualquier cosa Menos Tú.

Sobre el autor

Julio Fowler

Julio Fowler

Julio Fowler (Santa Clara, 1964). Actor, poeta, crítico, cantautor y productor musical. Profesor y director de Teatro, ha publicado el poemario “Las profecías de Alsine” (Ediciones Vigía, 1988) y su poesía aparece en antologías como “Retrato de Grupo” y “Un grupo avanza silencioso”. Entre los discos que ha editado se cuentan “Dale Mambo” (2003), “Buscando mi lugar” (2006), “Utopías” (2009), “Factoría Autor” (2011) y “Ligeros de equipaje” (2012). Reside en Madrid.

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1 comentario

  1. callejas
    callejas enero 19, 20:47

    esclarecedor y contundente!!!

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