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Mexicanizándose: Primero la chingada

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Mexicanizándose: Primero la chingada

Mexicanizándose: Primero la chingada
enero 25
00:04 2016

 

El volverse culturalmente mexicano, es decir, reconvertir la identidad original de uno en una nueva versión sin nacer en el país, de modo que algún día te etiqueten de paisano no porque te vistas de charro, sino porque ya pareces pertenecer al catálogo de la especie, tiene mucho que ver con una aventura existencial; la aventura de una nueva vida ramificada en sutiles y profundas introspecciones y experiencias. Y la aventura del habla.

Cómo ser visto como mexicano

La mexicanización, naturalmente, te expone a cierto grado de asimilación, hasta que puedas encajar en los requisitos del modelo social. Para los hispanohablantes es menos agresivo que un melting-pot anglosajón, donde la pérdida lingüística es tan radical que subvierte la identidad. México puede ser la más dulce de las invitaciones a la doble ciudadanía, sin que te aplaste el peso de la transculturación. Pero asumir la mexicanidad como fisonomía cultural, presupone una integración en la cultura nacional. Una mayor fusión con la idiosincrasia y el alma mexicanos garantiza que seas visto como mexicano. El proceso lleva años, pero el tiempo lo determina el balance de la connivencia y la culturización.

Unas veces lo mexicano se te cuela en el alma y se vuelve una praxis absorbente, se observa en numerosas colonias de gringos en la costa y el interior de Jalisco (Chapala y San Miguel de Allende), para quienes el idioma no ha sido obstáculo para enamorarse del país, donde han fundado familias. México, que se ve en el exterior como un nacionalismo poco acogedor, es una de los receptores más grandes de extranjeros migrantes. Desde la Guerra Civil española se abarrotó de judíos y exiliados, luego de latinoamericanos (algunos famosos, como el premio Nobel García Márquez) y tiene un persistente establecimiento de estadounidenses. Es falso que México sea inseguro para los extranjeros. Hay más peligro en los países poseedores de bombas atómicas, en aquellos de segregación religiosa e ideológica y en las dictaduras. ¿Por qué escritores, artistas y hombres de negocios de todo el mundo escogen a México para vivir? Claro que los problemas sociales y económicos mexicanos son graves, el narcotráfico es feroz, pero esta vez la inspiración es el secreto de la mexicanización.

Lo mexicano no es solo Cantinflas

Generalizando: la identidad mexicana es poderosa en su esencia, rasgos y matices. Las ruinas mayas, Benito Juárez, el cura Hidalgo, los indígenas, las pirámides de Teotihuacán, el agave y tequila, el charro, el mariachi, Cantinflas, la revolución, María Félix, Acapulco, la virgen de Guadalupe, el muralismo, Diego Rivera, Frida, el escritor Juan Rulfo, el poeta premio Nobel Octavio Paz, la Catrina, el fútbol, Puerto Vallarta, los millones de Slim, la mordida (soborno), Televisa, los culebrones tele-novelísticos: hay miles de perfiles de lo mexicano circulando por el mundo, en los que el exotismo se torna belleza, magia o disparate y las imágenes reflejan la fascinación o la ignorancia. También es un país sometido a un constante descrédito por la prensa mundial masiva, sin que ello disminuya la avalancha de turismo internacional a sus playas, montañas, bosques, ciudades, monumentos y territorios culturales.

“Para lo mexicanos la vida es una posibilidad de chingar o de ser chingado”. Octavio Paz

Está claro que nadie que pretenda pasar por mexicano debe desconocer la historia, las costumbres, las grandezas icónicas unificadoras; la gastronomía es muy importante, el taco, la tortilla, el mole, la cerveza Corona, el chile, la quesadilla, la torta ahogada, los variados platos locales; también los ojos expresivos de las tapatías (mujeres de Jalisco), las canciones rancheras, Manzanero, la historia de la Malinche. Los mexicanos están pendiente de estas cosas, no conocerlas te resta autenticidad. La puerta se abre a medias.

Platicar, la prueba de fuego

Sin embargo, no hay nada que pueda ser más típico de lo mexicano que su manera de hablar y el abundante uso de un lenguaje propio que se enriquece constantemente, desde la jerga a la retórica educada. Es en este punto donde querer ser mexicano es un desafío. La expresividad regional es muy rica. No se habla igual en Jalisco que en Yucatán, Sonora y Chiapas, la entonación del chilango de la capital es muy reconocible, y la sonoridad de Cantinflas es un patrimonio del oído mundial. Las antiguas lenguas indígenas están vivas.

Gringo chingon (Adelle Calderón)

Gringo chingon (Adelle Calderón)

La “neta” es que todos se entienden. El sonido de México, pese a lo diverso, es un atributo innato, un aglutinante fundamental, es la nación. El nombre mismo del país suena con jota, se debía escribir Méjico. Nunca será un “puro” mexicano quien no hable así, el “puro” mexicano, el de las masas, una forma común del decir con su sonidito particular, emitido como un viento bravo, con algo de español arcaico, de sevillano mestizado con esperma semántica indígena, criolla e internacional, imposible de descifrar por sus muchos orígenes y caldos. Si te dicen “buey” o “güey”, muletilla de moda, no te ofendas, así habla mucha gente, mayormente los “chavos” (jóvenes). Pero en una “plática” educada es malsonante. Si te catalogan de “pinche extranjero”, puede ser una ofensa, un desprecio, no una amenaza. También suena a camaradería, según el tono que le den.

Platicar, he ahí un mexicanismo célebre, sinónimo de charlar, con raíz en el latín. En una plática te identifican enseguida de qué parte del país eres o si eres extranjero, pues la verborrea mexicana es un intrincado retozo de frases, con sentidos que a veces conspiran con la lógica del castellano común. Un hispano parlante puede entender lo que se dice, pero hay un 30 por ciento o más que le suena a chino. Y ese por ciento, a veces divertido y locuaz, es la identidad. Si escuchas “no hay pedo”, podrías considerarlo una grosería, pero significa “no hay problema” o “estamos de acuerdo”. Una buena plática es como saborear la vida tomando café y hablando hasta por los codos con tu pareja o con los “cuates” (compañeros).

En todos los países existe el tesoro de los modismos, el habla popular fermentando siempre, pero en México hay una palabra sumamente cotidiana que puede ser verbo, sustantivo, adjetivo, frase, grosería, alabanza, broma, invocación, catarsis, mentada de madre, manera de ser y de sentir; tiene mil significados, nadie sabe cuántos, siempre está en el horno de la imaginación: es la palabra ícono del idioma mexicano, un sonido multifacético rebosante de identidad. Si quiere ser mexicano, primero apréndase las variantes que derivan del verbo chingar, reconocido por la Real Academia de la Lengua Española. Luego vuélvete un hijo de la chingada. ¿Sabes qué es eso?

Chingada, la palabra que todo lo dice

Chingada, la palabrota más mexicana que existe. Solo los mexicanos la han convertido en estandarte idiomático y la entienden al cien por ciento; surge del verbo chingar. Octavio Paz, en su famosa obra El laberinto de la soledad, le dedicó un capítulo y la describe como la alegoría de la maternidad sufrida, quizás de la mujer violada. ¿Acaso no era La Malinche la chingada de Cortés? Para Paz el chingón es el macho, la chingada la hembra. Pero su magia etimológica se resiste a los conceptos: más que palabra, es sentir.

Se dice que proviene del léxico caló gitano español, o del azteca, pero en todos los casos la voz implica agresividad, perjuicio, frustración. No siempre es grosera pero sí desapacible, y generalmente malsonante. Se emplea en otros países latinoamericanos pero de manera limitada. Es una asombrosa amalgama fonética de significados y resonancias, que se van expandiendo debido a la masividad del uso. Para un extranjero, su aplicación puede ser un dolor de cabeza, pues mandar a la chingada, por ejemplo, sin el acento mexicano, puede mover a risas, aunque la uses para expresar un grosero “vete al carajo”. Como ven, la entonación es lo que le da sentido a la palabra, y otras veces la situación, el sentimiento, la gestualidad, el contexto.

Veamos algunas aplicaciones. “Eres un chingón” equivale a ser un tipo exitoso en los negocios y con las mujeres, aunque chingar a una persona es fastidiarla, molestarla. Chingar en esencia entraña violencia, picardía, “violar cuerpos, almas, objetos”, asumiendo a Octavio Paz. No puedes decir “eres un chingador”, no existe. Es común oír: “Chinga a tu madre”. Aquí suena soez, y es como si alguien disgustado enviase a molestar a la madre del que lo “chinga” (molesta). Por ejemplo, “me siento de la chingada” es sentirse mal, cuando pasas por un resfriado. “Déjate de chingaderas” es lo mismo que “No jodas”. La palabra no debe asociarse a lo sexual, por si escuchas “Me chingué a esa vieja”: léase como “jodí a esa vieja” (joder, molestar, engañar).

Chingar suena como una voz muy viva, y al parecer se nutre de la reinvención de significados, con variantes y localismos. Es prácticamente dialectal, para quien no conoce el vocabulario de México. Conocer el México profundo y real requiere tener plena conciencia de su significado y usarla “a lo macho” para hacerte sentir. Algo tan complicado, que puede ser una experiencia filológica y sociológica divertida, que es el hecho de incursionar en las entrañas de una nación y habitar lo que la enriquece. Si un día la aventura de mexicanizarte, de chingar y ser chingado, te hace sentir un chingón más en el catálogo de la especie, ese día puedes gritar “¡Viva México, hijos de su rechingada! ¡Esta me la curo con tequila!”, y nadie notará que viniste de otro mundo. Solo notarán tu sentir. Tampoco te dirán más “pinche extranjero”.

Sobre el autor

Antonio Ramos Zúñiga

Antonio Ramos Zúñiga

Antonio Ramos Zúñiga es un periodista freelance, además de dedicarse a la arquitectura, la fotografía de viajes y la historia del arte. Actualmente investiga el patrimonio cultural de México, donde reside. Es miembro de la Asociación de Amigos de los Castillos de Puerto Rico y de la junta de editores de la revista Herencia, en Estados Unidos. Ha publicado en periódicos y revistas de varios países y recibido premios por sus trabajos. Es autor de "La ciudad de los castillos" (2006) y de las novelas "Cornatel, el secreto español" (2014) y "Bonos chinos. Todo se sabe en la vida" (2015).

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