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mayo 11
19:24 2017

Ya que los grandes científicos son artistas supremos (según dijo uno de ellos, Martin Henry Fischer), el último grito del arte de hacer ciencia en estos días podría ser una máquina mejor capacitada que el cerebro para conocer, entender y encauzar justo el cerebro de las personas. Tanto en términos biológicos como psicológicos, la máquina en cuestión sería capaz de conocernos con mayor certitud de la que nosotros mismos nos conocemos. Así se afirma.

No me parece que los humanos nos conozcamos tan bien. Y creo que a los artistas supremos de la ciencia les resultaría más rentable propiciar que nos conozcamos mejor antes de gastar montones de neuronas y de dinero inventando lo que se supone que ya debió ser inventado por Dios o por la naturaleza.

Pero ateniéndonos al enunciado, se asegura que al poder registrar con exactitud milimétrica, segundo a segundo, todo aquello que las personas piensan, hablan, ven, escuchan, leen… Y al conservar intactas cada una de nuestras experiencias: tristezas, alegrías, dudas, frustraciones, deseos, miedos, esperanzas… las tales máquinas estarían en condiciones de diagnosticar quiénes somos con una precisión que ya no parece estar al alcance de nuestros cerebros, expuestos, por la fuerza del desuso, a interpretaciones erróneas, condicionadas por el sesgo egocéntrico, los lastres de la pasión o el fanatismo, y por las conveniencias del olvido o del recuerdo propiciatorio.

La noticia no aclara cuál va a ser la utilidad práctica de estas máquinas, si es que tendrá alguna más allá de las cuatro paredes del laboratorio. No se dice, por ejemplo, si podríamos aspirar a que algún día ocupen el lugar de los presidentes del país y de los políticos en suma, ya que, al conocernos mejor, sabrán representarnos y servirnos mucho más cabalmente. Cuando menos, nos ayudarían a poner coto a los demagogos populistas, pues al saber de antemano lo que verdaderamente traman, nadie tendrá qué dar crédito a sus discursos.

Tampoco se puntualiza si la gente tendría derecho a tomar una de estas máquinas por esposa o esposo, con lo cual se garantiza por adelantado la amenidad y la comprensión permanentes como atributos del matrimonio. O si nos cabría esperar que sitúen grandes cantidades de estas máquinas en el mercado, a precios módicos, para que realicen por nosotros las tareas cotidianas, desde colarnos el café en la mañana, o llevar los niños a la escuela, hasta manejar el auto mientras nos peinamos, u ocupar nuestro puesto en la oficina.

Por descontado dejamos que este nuevo ingenio de los artistas supremos de la ciencia nada le deberá al Frankenstein de Mary Shelley. Dios nos libre. Ni a los robots de Karel Cápek o de Asimov, tan rígido uno y tan cafre para discurrir el otro. Menos aún a Blade Runner, que es punto más que una muñeca Barbie y con una capacidad de existencia tan breve que no podría hacer campaña para un segundo período presidencial. En todo caso, si es que tuviera que deberle algo a la falible tradición del género, preferiríamos que los creadores de la nueva máquina hayan pensado en Borges, quien, a su vez, pensó en una fábula derivada de Scholem, el que pensó en Jacob Grimm, en tanto Grimm había pensando en cierta leyenda hebrea muy antigua, según la cual un rabino cabalista hubo pronunciado el secreto nombre de Dios sobre una figura humana hecha de arcilla, y entonces ésta cobró vida propia, no antes de que su creador le inscribiera sobre la frente la palabra EMET, que significa verdad en hebreo. Ocurrió, sin embargo, que andando el tiempo, aquella creación (el golem) fue creciendo y haciéndose independiente. Se puso fuera de control. De modo que el rabino le pidió que le atara los zapatos. Y cuando el golem se inclinó a cumplir la tarea, le borró de la frente la primera letra de la palabra EMET, con lo que esa palabra terminaría convertida en MET, que significa muerte.

Y así iba a terminar el golem sus días en la tierra, dejándonos una inspiradora memoria y un mecanismo de control que no debieran desechar los supremos artistas de la ciencia a la hora de confeccionar esta novedosa máquina, ya que se perfila como una candidata ideal para las próximas elecciones presidenciales. Yo por lo menos me sentiría tentado a votar por ella, donde quiera que viva.

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Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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