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Mi vida antes y después de Rondón

Mi vida antes y después de Rondón

Mi vida antes y después de Rondón
enero 02
18:40 2014

¿Mi vida antes de conocer al compañero Rondón? Antes de conocerlo había sido una mierda, después de conocerlo sigue siendo una mierda… solo que ahora tengo donde echarla.

―Esa ventana tiene una hermosa vista.

―Es cierto, lo que yo no le veo los ojos. Lástima que todo sea verde y olivo.

―Pues a mí el verde y el olivo me parecen hermosísimos…

―No, incluso si no fuera por ese verde histriónico de chovinismo nacional sobre cosmódromo, se parecería de verdad a Venecia.

―Sin dudas tienes imaginación y es cierto, se parece a Venecia por las aguas colindantes…

Ambos personajes se encuentran en el comedor del Instituto Cubano del Libro, eso queda en O Relly esquina a Tacón, en La Habana Vieja. Entra un tercero con cara de que va a instalar un micrófono y dice algunas boberías. A juzgar por su forma de vestir, parece un escritor novato formado en talleres literarios.

―Casi se parece a Venecia, pero dos detalles lo joden todo y lo devuelven a uno a su oliva realidad.

―No entiendo…

―Sí, mira, uno es superficial y el otro es profundo.

―Explícate…

―El superficial: El foso está lleno de restos turisteares y los niños con anzuelos tratan de alcanzarlos.

―A ver, socio, tú me desvías mirando demasiado esas cosas, ya explicadas en el noticiero nacional. En cambio, la salud…

―Un momento… el segundo detalle tiene que ver con la angustia, tener agua, canales, clarias, tiburones, estrechos de agua, permiso para viajar y no poder hacerlo.

―Pero si ya despenalizaron eso, ¿tú no ves el noticiero nacional?

―El mundo le teme a los cubanos porque son una plaga, ¿tú no lees las entrevistas que da Padura fuera del noticiero nacional?

―Bueno, por si nos graban y todo eso, mira, tenemos educación gratis…

―Oye, espérate, mira lo que nos pasó anoche en la ruta del “ómnibus” a Boyeros… casi nos joden la salud a golpe de piedras, y eso que hay buena educación…

―Tú eres el único que mira donde no debes. Ese verde, ese foso y esa ventana jamás se parecerán a Venecia, tus ideas son extranjerizantes y me asustan.

―Mira, socio, yo sé que esto es La Habana, como una vitrina de la desgracia nacional, y que tenemos un muro famoso y este foso para enterrar a los vivos y demás poesía existencial del discurso. Pero a mí me gustaría, en tono de libertad, irme del país y volver como dueño.

―¡Eso es disidencia asalariada, compañero!

―¡Pero vos, che, estáis loco! ¡Cómo osas llamarles así a los emigrantes económicos! ¿Sabes el riesgo que corren? En el noticiero nacional les llaman “Los de la comunidad del exilio, los de los fulas”.

―No son emigrantes, me hieres con tus ideas.

―Entonces recondénate, yo no puedo ver en este verde olivo que lo jode todo un canal de Venecia, y sabes que hay que poner un anuncio fuera del Facebook chino este que tenemos… ¿o no?

―Las ideas subversivas no me interesan.

―Pretendes decirme en mi cara que vives de espaldas a la realidad. Desconéctate de la memoria flash; escucha bien, no hablo de literatura de espionaje ni de cinco en clave de cuatro… hablo de una plaza con fondos de patrimonio nacional para limpiar el foso. Coño, viejo, si lo importante no es parecerse a Venecia sino tener por fin un foso limpio o sucio, pero con nuestra mierda, ¿entendes?

―Ven acá, ¿y por qué llevas rato usando frases y palabras con tono a lo argentino?

―Es que como no tenemos un cardenal como Dios manda, al menos tenemos un papa.

―Ah… Pero si no es limpio el foso, ¿cómo va a parecerse a Venecia?

―Coño, viejo, repito: lo importante no es parecerse a Venecia, sino tener por fin un foso limpio o sucio, pero con nuestra mierda, ¿entendes?

―Esa falsa identidad nacional tuya es sospechosa.

Los dos personajes decentemente se encolerizan hasta que alguien los interrumpe para hablar cosas banales y cambiar el micrófono.

 

 

Conocí al compañero Rondón en el municipio Ciro Redondo. Fue una época de carreras de caballo… el compañero Rondón no conocía a Ciro, el héroe, pero fuera de eso me parecía un tipo redondo… jamás pensé que pudiera delatarme; ese día nos encontrábamos en un concierto de rock clandestino, él había ido fingiendo que le gustaba. Cuando vio a todos aquellos marginales y fingidores de su automarginalidad, puso cara de susto y, aunque no recuerdo el pretexto, dijo que se iba. No sin antes pedir disculpas. trató de escaparse y yo de impedírselo…una de las cosas más crueles que me dijo fue que temprano iba a tener una larga y tortuosa reunión del partido (lo de tortuosa se me ocurrió a mí, que para entonces estaba ebrio como una botella de ron destilado en “sábanas blancas” made in havana). Le enseñé el pene a Rondón no sin antes explicarle que a eso iba yo a los conciertos de rock, a practicar porno y hacer bailar mi pene… salió corriendo y no volví a verlo hasta hoy.

El comedor está lleno de escritores, esto queda en O Relly esquina a Tacón. Por la ventana que da al foso (y que nunca se parecerá a Venecia) alguien lanza a un niño, pero como el lanzamiento a todas luces lo hace un turista, nadie se inmuta. Todos sonríen aparentando ser intelectuales a propósito, o sea, miembros unidos por la misma filial. Solo el compañero Rondón, asomado a la ventana, solloza de una manera casi humana. El personaje de la conversación anterior se le acerca.

―Pero, che… no seas amarillo… es solo un niño.

―¿Y quieres algo más criminal, viejo?

―¿Criminal tirar a un niño a un foso? Debe ser una manera de bautizarlo… amén, que a ellos le sobra para darle, infancia, alimentación y productos liberados de la canasta básica todo el tiempo.

―¿Tú crees?…

―Claro, che… mira, piensa que somos, además de poetas de provincia reunidos, de la generación hija del post novísimo. A todo lo viejo, más allá de nuestra moringa poética, le reinventamos tropo nuevo, y además, no te asombres tanto por nada, este es el único país del mundo mundano y global donde se pierden, y no precisamente por el ojo de una aguja, una jirafa y dos caballos poni, y luego resulta que la nota necrológica en nuestra prensa diarreica lo denomina con el eufemismo “de pérdidas lamentables en nuestro zoológico nacional”.

―¿Y a quién te refieres con eso, viejo?

―A nosotros los cubanos, por supuesto… pero volvamos a lo que nos ocupa. ¿Qué bobería es esa de llorar por un objeto extranjero?

Desde hace un rato los del gremio filial conversan animadamente. Menos el compañero Rondón que, aunque calmo, sigue afligido. Los colores amarillos de su rostro comienzan a delatar que está ahí pero ausente, muerto y ciego de sentimiento. De pronto, Rondón se levanta y saca un cuchillo. Va a matar al subversivo pero alguien oportunamente lo detiene; de las cajas de cartón con comida salen ratones vaqueros con rayos láser… al fondo, un grupo de escritores noveles del municipio Ciro Redondo se emplean a fondo en una balada rock… solo entonces el compañero Rondón logra liberarse, aunque un dolor lento lo detiene, como si una máscara se le cayera o un pene le dejara caer el tibio orine de su posmodernidad.

Rondón cae muerto.

Nunca debí hablar así de Rondón, nunca debí hablar con el compañero… nunca más discutiré con personas como Rondón, me siento culpable… a pesar de sus esfuerzos por ser un humano de categoría nacional y de no querer irse al extranjero, y de tener entre sus únicas prendas de valor su carné amarillo, digo rojo, de afiliación única (lo expreso sin burlas y sin falsas despedidas), el compañero Rondón era una buena persona. Y lo confieso ahora no porque ha muerto: en realidad mi vida no termina ni comienza en Rondón como si fuera una visa de ultramundo, entre él y yo no hay nada, a no ser la esperanza de que alguna vez la consabida cosecha de moringa haga su parte.

Antes de conocer a Rondón mi vida había sido una mierda. Tras conocerlo mi vida fue una mierda. Después de enterrarlo mi vida sigue siendo una mierda.

Mi vida es una mierda, mi vida es amarilla, mi vida es una, mi vida, mi m…

Sobre el autor

Juan Carlos Recio

Juan Carlos Recio

Juan Carlos Recio (Santa Clara, 1968). Poeta y narrador. Su libro “El buscaluz colgado” fue Premio de la Ciudad de Santa Clara en 1990. Obtuvo también una primera mención en el Premio Julián del Casal de la UNEAC, en 1991, con su poemario inédito “Hay un hombre en la cruz”. Ha publicado, entre otros, los poemarios “Sentado en el aire” y “La pasión del ignorante”. Desde el año 2000 reside en la ciudad de Nueva York, donde edita el blog Sentado en el Aire.

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