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Miranda y Fidel Castro

Miranda y Fidel Castro

Miranda y Fidel Castro
marzo 14
11:27 2014

Cuando el verdadero Fidel Castro murió, en 1986, tras su cómico discurso en Sancti Spíritus, pueblo que odiaba, pueblo que le devolvía ese odio, Raúl brindó temprano, mezclando alegría y nerviosismo, para después dormirse. Mientras aquel primer Comandante hablaba, alguien entre la multitud le enseñó el protagónico dedo del medio (he aquí el origen del infarto) y desapareció entre los demás enguayaberados sin dar oportunidad de que lo fusilaran al amanecer. (Sé quién fue y no lo diría aunque me torturen; sé quién fue y nadie me ha ofrecido dinero por decirlo.)

Raúl despertó como a la una de la mañana. Tenía a su gente esperando. Alguien a quien describiríamos como un tipo atlético, le sirvió un vodka con hielo apenas le vio abrir los ojos y reconocer esa expresión tan familiar.

–¿Y ahora qué carajo hacemos? –dijo Raúl, y se empinó el vaso.

–Desayunar, mi general.

 

Miranda era famoso en Banao, no sólo porque cosechaba los ajos y cebollas más grandes del pueblo, sino por su definitivo parecido a Fidel Castro. Barbado, del mismo tamaño, nariz y edad; Leo también. Desde 1959 esto había causado gracia a los otros guajiros. Miranda, como los demás hombres de la zona, por muchos años frecuentó el bar Soledad durante los meses que siguen a la cosecha. Había aprendido a imitar la voz de Fidel Castro a la perfección. Si le faltaba ron, repetía pedazos de “los discursos” o los improvisaba. Tras rellenarle el vaso, la gente lo oía sin reírse, sin interrumpir, pues parecía que el mismísimo Comandante estaba entre ellos. (Miranda había conseguido un uniforme verde–olivo, una gorra, un tabaco perenne; el antiguo dueño del bar, ahora su casi feliz administrador, le dejaba golpear la mesa con el puño en momentos de énfasis.) La noche del 26 de julio de 1986 vieron a Miranda por última vez en el bar Soledad. Y en todo Banao, en Sancti Spíritus, en zonas aledañas.

 

Lo despertó un ruido infernal. Tenía a mano la botella de leche semi–congelada que su resaca demandaba, y tuvo tiempo de beber un poco. Unos tipos grandísimos lo arrastraron hasta uno de los jeeps que afuera iluminaban la finca, la noche.

–Parece que la Revolución te necesita, Miranda, compañero –dijo una voz que no parecía la de un imitador de Raúl Castro.

 

Lo peor es que tuvo que tomar muchas clases después de viejo, todo tipo de clases, y subirse a helicópteros y aviones. Sin embargo, al año ya Miranda suplantaba con naturalidad y gracia al Gran Difunto, sabía que Marx y Engels no eran el mismo tipo –un pecado común entre campesinos y profesores de marxismo–, y hasta dio discursos y se entrevistó con varios mandatarios de los que no saben español, van por la foto y dignifican así partes de África.

Aunque no le faltaba nada, al principio lo trataron como a un niño o un ratón blanco. Pero este guajiro no era bobo, como nadie en Banao. Consciente de su nuevo poder, que le hacía casi invulnerable (¿dónde iban a conseguir otro Fidel?), empezó a tratar con autoridad, y a veces con despotismo, a sus “subordinados”. Entre ellos, sus preferidos eran los que no sabían que el verdadero Fidel Castro había muerto y en realidad estaban frente a Miranda, cuyo único logro era cosechar (haber cosechado) los ajos y cebollas más grandes de Banao. Después se reía y les pedía perdón. Algunas noches se emborrachaba con Raúl y hacían cuentos. Ya en nota, el General abrazaba a Miranda y lo besaba –cosa que nunca pudo hacer con el Verdadero–, diciendo: “No puedo creerlo: eres cagaíto a El”. Y otras veces, la mayoría quizás: “No puedo creerlo: mando yo”.

 

En Banao, a 20 años de la desaparición de Miranda, aún lo extrañaban. Ya no en el bar Soledad, que ardió misteriosamente la madrugada del primero de enero de 1987, sino en los distintos garitos de mala muerte que lo suplantaron. También en el surco: donde el ajo, la cebolla, ya no eran tan grandes.

Algunos decían que Miranda descubrió que era maricón y se había mudado a La Habana. Otros, que le detectaron “un” cáncer y, como era hombre a todo y no tenía familia, se internó en el Escambray para morir allí y rebelarse contra sí mismo. Al menos una persona en el pueblo estaba segura de que los extraterrestres se lo habían llevado. Sólo Heriberto Pérez, que arrastró a Miranda desde el bar Soledad hasta su casa, le quitó las botas y lo acostó –la noche fatídica del aquel 26 de julio de 1986–, sabía la verdad. Borracho también, sabiendo que no sería capaz de despertarse a las cinco y media de la mañana –como hacía Miranda, a quien normalmente ayudaba en el surco de lunes a sábado–, Heriberto Pérez decidió armar su hamaca junto al arroyo del fondo, a pocos pies de la casa, y evitarse ir hasta la suya, que no estaba muy cerca, y también darle un chance a su caballo, al que por sana diversión le habían dado aguardiente y andaba un poco errático. Desde allí pudo ver cómo los militares se llevaban a Miranda, que gritaba:

–¡Debo un gallo, debo un gallo!

Cuando se fueron, Heriberto Pérez encontró entre la yerba media botella de leche casi fría y se la tomó.

 

Por casi veinte años, Miranda hizo lo que le pidieron. Aunque lo mantenían al margen de las decisiones y no le dejaban leer el Granma, a él le importaba poco: amasó una fortuna suficiente como para comprar Banao y llenarlo de vacas de Canadá, las mejores. Los familiares del verdadero Fidel Castro se encariñaron tanto con él, que no sólo le permitieron ayudar con los nombres de “sus” nuevos descendientes, jugar con ellos, salir en videos caseros, sino que hasta le dejaban permanecer con el control remoto en las noches, algo que nunca le fue permitido al Fidel Castro real. Sin embargo, las reuniones con Raúl se hicieron más esporádicas. El verdadero gobernante en la sombra estaba aún resentido con su difunto hermano, y “el Nuevo” se lo recordaba con gravedad. A Miranda le gustaban el ron y la cerveza; a Raúl, el vodka: iban a terminar peleándose y ambos lo intuían. Ocurrió en el 2006. Esto dijo Miranda, y falló:

–¿Y por qué “Fidel” no se acaba de morir, tú das la cara y puedo regresar por fin a Banao, eh, tú?

 

Lo próximo que recuerda Miranda es que despertó en una bonita sala de hospital, llena de gente amable, y que le habían desviado el culo.

–Debo un gallo –dijo, y su enfermera sonrió.

Sobre el autor

Alcides Herrera

Alcides Herrera

Alcides Herrera, fundador del proyecto musical Los Bloomers y con presencia frecuente en la televisión de Estados Unidos, nació en Sancti Spiritus (centro de Cuba) en 1974. Es trovador y escritor. Poemas suyos han aparecido en diversas publicaciones fuera y dentro de Cuba. Empleado en el Centro de vuelo espacial Goddard, es graduado de la Universidad de la Calle (promoción de 1995, Malacabeza, Español Bastardo, Amán). Actualmente reside en Miami.

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1 comentario

  1. Torcuata Benavides
    Torcuata Benavides marzo 19, 01:57

    A pesar de todo lo que Miranda hacia igual que el coma andante, nunca le fue permitido operar el atari en jefe, que era un juego en cuya pantalla se veia toda Cuba desde arriba y con los mandos se podia poner a la gente a correr detras de las guaguas o se quitaba la luz en diversas cuadras aun en el mismo municipio.

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